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lunes, 6 de febrero de 2023
miércoles, 2 de mayo de 2018
LOS QUE VIENEN DETRÁS: Fragmentos (4)
Siempre me gustaron las sorpresas. Desde niño, cuando mi madre o mi hermana o mis amigos venían con sus regalos envueltos en papeles de colores... dedicatorias... lazos... cintas... Magia. Lo de menos, en realidad, es lo que hay dentro. Puede gustarte o no y eso no importa. Si eres buen simulador... precioso... me hacía falta... y tan bonito... Es bien sencillo, manipular a las personas, hacerlas creer mentiras, manejarlas, confundirlas, forzar sus sentimientos.... Pero eso sí: que no falte la magia. Si no hay magia no merece la pena ya estar vivo. A eso me refería antes, cuando hablaba de los paquetes de regalo, la emoción visual, el sentimiento, el colorido. Ahí está la clave: burlar al tiempo y distorsionar la realidad. Algo estupendo. Que vivir sea un juego de niños. Y seguir siendo siempre un cachorro.
Vicente Muñoz Álvarez,
de Los que vienen detrás y otros relatos
Prólogo por Hernán Migoya. Ilustraciones de Miguel Ángel Martín
(DVD ediciones, 2002)
viernes, 8 de diciembre de 2017
LOS QUE VIENEN DETRÁS: Fragmentos (3)
Comenzaba a anochecer y Rosa y Paco estaban cenando en la salita. Los niños ya se había acostado y ellos dos comían espaguetis y miraban el televisor. En el telediario, un reportero hablaba de un animal insólito y desconocido al que había atropellado esa mañana un camionero, una especie de perro, con genes de otras razas, que los expertos estaban estudiando.
- ¡Mutaciones! - dijo él con los carrillos llenos -. ¡Jodidas mutaciones! Va a llegar un punto en que nos hagamos monstruos, todos... Fíjate, coño, es increíble, el perro ese, parece un canguro o algo así... Debe ser la comida, o esta de mierda de atmósfera que respiramos...
Vicente Muñoz Álvarez,
de Los que vienen detrás y otros relatos.
Prólogo por Hernán Migoya. Ilustraciones de Miguel Ángel Martín
(DVD ediciones, 2002)
domingo, 8 de octubre de 2017
LOS QUE VIENEN DETRÁS según ANA GRANDAL
Vicente consigue que ninguna de sus historias nos sean ajenas. De alguna manera, tú también has caminado hacia la fábrica, te han despertado los jabalíes o has vendido poemas por los bares. Quizá sea así: de lo que estoy segura es que también yo veía figuras en los azulejos del baño.
Ana Grandal
viernes, 8 de septiembre de 2017
LOS QUE VIENEN DETRÁS: Fragmentos (2)
Había cuatro hombres y un gato en aquel bar.
Uno de ellos, el más viejo, se había sentado con un vaso de vino blanco en una esquina. No hacía nada. No hablaba ni escuchaba a los demás. Daba pequeños sorbos a su vaso de vino y liaba de vez en cuando un cigarrillo.
El dueño del local, un tipo canoso y algo gordo, estaba apoyado en la barra, frente al televisor, ensimismado en el desarrollo de un partido. Miraba a los jugadores y al balón y fumaba continuamente cigarrillos mientras acariciaba a un enorme gato gris que ronroneaba y movía la cola frente al mostrador.
El tercer hombre en el bar era un borracho de ojos tristes, un pobre diablo conocido por todos en el barrio, que bebía hasta perder cada noche el control. Sujetaba una copa de coñac barato entre sus manos y se tambaleaba hacia delante y hacia atrás procurando fijar su atención en el partido.
Y estaba finalmente el chico de la máquina tragaperras, un joven escuálido de pupilas vidriosas y dilatadas, que parecía estar poniéndose por momentos más y más nervioso. Introducía compulsivamente monedas en la máquina y pulsaba furioso el botón de arranque sin tener aparentemente mucha suerte.
Eran las diez y veinte de la noche y era invierno. Afuera estaba nevando y en el televisor los jugadores corrían frenéticamente tras el balón. Se caían, chutaban, zigzagueaban y driblaban al contrario, pero jamás lograban meter gol.
Vicente Muñoz Álvarez,
de Los que vienen detrás y otros relatos.
Prólogo por Hernán Migoya. Ilustraciones de Miguel Ángel Martín
(DVD ediciones, 2002)
miércoles, 7 de junio de 2017
LOS QUE VIENEN DETRÁS: Fragmentos (1)
Siguen hablando mientras yo aguardo sin decir nada frente a ellos. Mi padre, como de costumbre, me presentará al cliente después de haberse interesado por su vida un rato. Aprovechará cualquier silencio para hacerlo y dirá algo así como: Este es mi hijo, que me acompaña este viaje y que a lo mejor sigue conmigo. Estudió Derecho, pero se torció por el camino... Ya sabes lo mal que lo tienen hoy en día estos muchachos...
La fórmula se repite casi en idénticos términos en cada tienda que visitamos y frente a cada nuevo cliente desde que empecé con él la ruta. Ya estoy acostumbrado. Al principio, las primeras semanas, me molestaba escuchar siempre lo mismo, esa coletilla absurda de Estudió Derecho, pero se torció por el camino, que me resultaba trasnochada y falsa. Pero luego, con el paso de los días, me fui también acostumbrando a eso. Como a dormir en hostales baratos y comer cada día en un sitio distinto. Un trabajo como otro cualquiera. Y una rutina a la que por obligación hay que acoplarse.
Vicente Muñoz Álvarez,
de Los que vienen detrás y otros relatos.
Prólogo por Hernán Migoya. Ilustraciones de Miguel Ángel Martín
(DVD ediciones, 2002)
lunes, 19 de abril de 2010
NOCHE VACÍA
Cesare Pavese
Es, quizás, una noche como la mayoría, como tantas y tantas otras noches en las que me despierto sudoroso, sin motivo aparente, y también sin motivo aparente, siempre sin motivo aparente, comienzo a sentirme vacío... Permanezco tumbado en la cama con los ojos abiertos, inmóvil en la oscuridad total del cuarto, sintiendo cómo, poco a poco, pese a intentar retenerlo, se me va escapando el sueño. Más o menos, con escasa variación, sobre la misma hora: entre las tres y media y las cuatro. Y comienzo a sentir entonces una soledad que no logro explicarme, que no logro entender, una especie de agobio u opresión por haberme vuelto a despertar en plena noche con la certeza de que no será, el que viene, un amanecer tranquilo, a fuerza de pensar en el tiempo expropiado, en tantas y tantas horas perdidas intentando recobrar el sueño esquivo y dando, una y otra vez, vueltas al mismo proceso. En realidad, pienso, intentando dormir se vuelve siempre a lo mismo, o se suele al memos tener la sensación de haber estado dando vueltas a las mismas cosas, a las mismas viejas historias que, poco a poco, inevitablemente, se van deformando. Y de esta manera, o parecida, a fuerza de divagar una y otra vez sobre lo mismo, me voy deshinchando, me parece como que en el fondo fueran de otro, esos recuerdos, haciéndome sentir cada vez más desolado y haciéndome, asimismo, pensar en la muerte: la muerte como consumación de la nada, como consumación del vacío. Aunque por otra parte, y quizás para agravar aún más la situación, mi mujer duerme a mi lado, duerme plácidamente cada noche a mi lado, y por alguna oscura razón su plácido sueño hace que me sienta en la cama insoportablemente solo. Esa extraña soledad, pienso, que embarga al insomne al contemplar al durmiente y de la que éste nunca o casi nunca llega realmente a saber, esas horas en las que sus sueños, su respiración y sus movimientos son controlados por el que a su lado se desgasta despierto, por el que a su lado, lentamente, envejece despierto. Así es que, lejos de representar cualquier compañía o solaz, la presencia de mi mujer en la cama me resulta más bien turbadora, quizá por su serena armonía, por su perfecta quietud que, de algún modo, por alguna morbosa asociación de ideas, se me antoja en ocasiones cadavérica y fría. Tan cadavérica y fría como la de mi propio cuerpo, tumbado boca arriba, que a veces, en plena cavilación insomne, no logro tampoco identificar. Me parece el de otro, mi cuerpo, escrutando inmóvil la noche, custodiando las horas vencidas y acechando en la oscuridad cualquier movimiento. Me parecen de otro mi memoria y mi cuerpo, y me parece una extraña la mujer que duerme a mi lado, mi propia mujer, como falta de vida, a la que siento cada vez más distante, más y más distante en el laberinto gris de los sueños... Tengo incluso miedo a veces, cuando ella se me acerca inconsciente, a palpar su rostro en la penumbra y descubrir unos rasgos distintos, unas facciones cambiadas que me arrojen de pronto encima todo el terror de la noche... Aunque ese es sólo uno más de mis miedos, otra de las muchas obsesiones que atormentan mi mente agotada en las horas de insomnio... Están también esos pasos que de vez en cuando me parece escuchar, pisadas tenues, ominosas, que recorren lentamente la casa mientras dormimos... Está el miedo a las vísceras, a los merodeadores, a las tormentas, a la soldedad, a la vejez, a la agonía… Y está también mi propio corazón cansado, consumido, que en los momentos de mayor paroxismo se me antoja descompasado y a punto de dejar de latir... Pequeñas fobias, pienso, adquiridas a fuerza de invocar noche tras noche al sueño formulándome las mismas preguntas y acudiendo, desesperado, a los mismos recuerdos.
Como ahora, en este instante, sufriendo en la cama el mismo ciclo: este despertar súbito en la oscuridad del cuarto, tras un sueño escaso y ligero, turbador, y esta indefensión posterior frente a la noche, este escuchar los mismos ruidos, la respiración de la casa y las pisadas furtivas en el piso de arriba, este sentirme despersonalizado e impropio, como atrapado en otro cuerpo, y este temor infundado a mi propia mujer, capaz de transformar su rostro en sueños. Pero sobre todo, frente a todo ello, o quizás a causa de ello, este intenso y asfixiante vacío que me incapacita para eludir mis propios fantasmas y aventar mis propios miedos... Este insoportable vacío que, sin motivo aparente, me hace despertar sudoroso en mitad de la noche dejándome a solas frente al tiempo y sometiéndome a un inútil desgaste...
Aquí estoy, tumbado en la cama con los ojos abiertos, esperando impaciente la primera luz del día, la salvación que, por lo general, implica para mí la mañana. Porque, en realidad, pienso tras consultar por enésima vez mi reloj, lo peor ya ha pasado, ya queda poco, está ya a punto de amanecer…
Y de este modo, o parecido, es como cada noche, sin motivo aparente, me veo arrastrado a recorrer semejante camino hasta encarnarme otra vez en mi cuerpo y recobrar en él la calma, el aplomo necesario para tantear de nuevo a mi mujer dormida y enfrentarme otra mañana al mundo con la esperanza de que la próxima, tal vez, será una noche tranquila, no alterada, en la que quizás logre conciliar del todo el sueño...
La gozosa y esquiva placidez del sueño.
La gozosa y esquiva placidez del sueño.
Vicente Muñoz Álvarez, de Los que vienen detrás y otros relatos (DVD ediciones, 2002 - reedición 2009).
Ilustración by Miguel Ángel Martín, del fanzine Vinalia Trippers.
jueves, 4 de marzo de 2010
UNA EXTRAÑA PROPUESTA

La muy recomendable Revista Groenlandia incluye en su número 7, entre otros muchos textos de interés, el relato Una extraña propuesta, perteneciente a mi libro Los que vienen detrás (DVD ediciones), ilustrado por Miguel Ángel Martín, que transcribo a continuación.
UNA EXTRAÑA PROPUESTA
Aquella era mi primera novia formal y la primera con la que verdaderamente había descubierto el sexo. Yo tenía diecisiete años y ella quince y llevábamos ya unos cuantos meses juntos, revolcándonos en la cama de sus padres (que casi siempre, por motivos de trabajo, estaban fuera) y practicando desinhibidamente todo tipo de acrobacias sexuales. Ambos habíamos tenido previamente experiencias un tanto frustrantes y encontrarnos así, vírgenes y totalmente dispuestos, había sido una revelación. Ibamos a su casa por las tardes, al salir de clase, le metíamos unos buenos lingotazos a las botellas del mueble bar y veíamos durante un rato las películas porno que sus padres escondían en el dormitorio para poner en práctica a continuación todo lo que acabábamos de aprender.
La tarde en que aquel tipo se nos acercó, en cambio, su madre estaba en casa y habíamos estado magreándonos (supongo que con bastante descaro) casi enfrente del portal, recostados en un banco del paseo. Fue entonces cuando apareció aquel hombre, moreno, muy delgado, de unos treinta años, y nos hizo aquella extraña propuesta.
- Qué hay, chicos, ¿ cómo va eso ? - preguntó.
Pero nosotros no dijimos nada. Nos quedamos observándole con esa arrogancia propia de la adolescencia, sin pronunciar una sola palabra, invitándole con nuestro silencio a que se fuera.
- Mirad - dijo -, no quiero molestaros ni nada de eso, pero os llevo un rato observando y me gustaría proponeros un trabajo, algo sencillo, que os puede hacer ganar mucho dinero...
- ¿ A qué te refieres ? - pregunté.
- Bueno, puede os que suene algo raro, pero soy productor de películas eróticas y he pensado al veros que tal vez pudiera interesaros trabajar conmigo, dejarme filmar algunas tomas mientras os divertís un poco… Nada complicado… casi como lo estábais haciendo hace un momento…
- ¿ Pero de qué coño va el tío este - dijo ella - , quién se ha creído que somos ?
- Espera, por favor - añadió él -, déjame terminar… La cosa es más sencilla de lo que imagináis, son videos caseros, de difusión muy restringida, que se comercializan sólo fuera de España… Algo discreto. Nadie se enterará nunca y, por supuesto, no tenéis que cambiar de pareja: vosotros dos, unas tomas rápidas y un montón de pasta a cambio…
- ¿ Cuánta pasta ? - pregunté.
- Pongamos cien mil pelas por sesión, en metálico, justo al terminar las tomas. Lo hacéis en mi estudio frente a las cámaras y os lleváis luego el dinero…
Nos quedamos los tres callados un instante, él esperando nuestra reacción y nosotros intentando asimilar su propuesta.
Y entonces ella dijo:
- Ni hablar, yo paso, busca a cualquier otro…
- ¿ Y tú ? - me preguntó -. No parece que lo tengas tan claro…
- Ya has oído lo que ha dicho: si ella pasa no hay nada que hacer...
- Está bien, de acuerdo, no quiero insistir. De todos modos, si cambiáis de opinión la propuesta sigue en pie. Podéis localizarme por las tardes en mi estudio - dijo apuntándonos la dirección en un papel -, sólo tenéis que pasar a verme y charlamos del asunto un rato… Creo que podríais hacerlo muy bien…
- Conforme - dije -. Si cambiamos de idea pasaremos a verte. Pero ahora nos tenemos que ir…
Fue la última vez que le vimos. Al menos en carne y hueso. Estuvimos hablando de ello unas cuantas semanas, dándole vueltas, discutiendo a veces y fantaseando (sobre todo yo) con la posibilidad de ganar fácilmente aquel dinero, hasta que una mañana ella vino a buscarme al Instituto y me enseñó un titular del periódico.Allí estaba aquel hombre, con su piel morena y sus ojos saltones, acusado de corrupción de menores, estupro, violación y no sé cuántos cargos más. Le habían sorprendido filmando amordazada y desnuda a una quinceañera en su estudio, lleno de cintas pornográficas y artilugios sexuales de los más perversos gustos (así lo específicaba literalmente el periódico). Al parecer, convencía a adolescentes para ir a su casa, prometiéndoles grandes sumas, y les filmaba allí con la intención de vender luego las películas en el extranjero. Y después les amenazaba con denunciarles a la policía o enviarle a sus padres las cintas, abusando de ellos y obligándoles a rodar más películas. Un negocio, sin duda, de lo más lucrativo.
Todavía algunas veces, años después, recuerdo aquella historia. Conservo en casa el titular del periódico y pienso a menudo en lo que hubiera sido de nosotros si hubiéramos decidido ir entonces al estudio de aquel tipo, qué habría pasado, cómo habríamos reaccionado y en qué habría degenerado finalmente aquella aventura. Pero lo cierto es que jamás volvimos a saber nada de él (pese a que intentamos seguir su rastro en la prensa) y en lo sucesivo nos hicimos más celosos de nuestra intimidad, perdiendo en parte la pasión y pureza de aquellos primeros encuentros.
De todos modos, esa novia con la que tanto aprendí se esfumó hace tiempo de mi vida, como tantas y tantas cosas más. Aunque, a diferencia de las que vinieron después, quizás por ser la primera, conservo todavía de ella un recuerdo especial.
Tenlo en cuenta, tú que sabes, si por casualidad lees algún día este relato.
La tarde en que aquel tipo se nos acercó, en cambio, su madre estaba en casa y habíamos estado magreándonos (supongo que con bastante descaro) casi enfrente del portal, recostados en un banco del paseo. Fue entonces cuando apareció aquel hombre, moreno, muy delgado, de unos treinta años, y nos hizo aquella extraña propuesta.
- Qué hay, chicos, ¿ cómo va eso ? - preguntó.
Pero nosotros no dijimos nada. Nos quedamos observándole con esa arrogancia propia de la adolescencia, sin pronunciar una sola palabra, invitándole con nuestro silencio a que se fuera.
- Mirad - dijo -, no quiero molestaros ni nada de eso, pero os llevo un rato observando y me gustaría proponeros un trabajo, algo sencillo, que os puede hacer ganar mucho dinero...
- ¿ A qué te refieres ? - pregunté.
- Bueno, puede os que suene algo raro, pero soy productor de películas eróticas y he pensado al veros que tal vez pudiera interesaros trabajar conmigo, dejarme filmar algunas tomas mientras os divertís un poco… Nada complicado… casi como lo estábais haciendo hace un momento…
- ¿ Pero de qué coño va el tío este - dijo ella - , quién se ha creído que somos ?
- Espera, por favor - añadió él -, déjame terminar… La cosa es más sencilla de lo que imagináis, son videos caseros, de difusión muy restringida, que se comercializan sólo fuera de España… Algo discreto. Nadie se enterará nunca y, por supuesto, no tenéis que cambiar de pareja: vosotros dos, unas tomas rápidas y un montón de pasta a cambio…
- ¿ Cuánta pasta ? - pregunté.
- Pongamos cien mil pelas por sesión, en metálico, justo al terminar las tomas. Lo hacéis en mi estudio frente a las cámaras y os lleváis luego el dinero…
Nos quedamos los tres callados un instante, él esperando nuestra reacción y nosotros intentando asimilar su propuesta.
Y entonces ella dijo:
- Ni hablar, yo paso, busca a cualquier otro…
- ¿ Y tú ? - me preguntó -. No parece que lo tengas tan claro…
- Ya has oído lo que ha dicho: si ella pasa no hay nada que hacer...
- Está bien, de acuerdo, no quiero insistir. De todos modos, si cambiáis de opinión la propuesta sigue en pie. Podéis localizarme por las tardes en mi estudio - dijo apuntándonos la dirección en un papel -, sólo tenéis que pasar a verme y charlamos del asunto un rato… Creo que podríais hacerlo muy bien…
- Conforme - dije -. Si cambiamos de idea pasaremos a verte. Pero ahora nos tenemos que ir…
Fue la última vez que le vimos. Al menos en carne y hueso. Estuvimos hablando de ello unas cuantas semanas, dándole vueltas, discutiendo a veces y fantaseando (sobre todo yo) con la posibilidad de ganar fácilmente aquel dinero, hasta que una mañana ella vino a buscarme al Instituto y me enseñó un titular del periódico.Allí estaba aquel hombre, con su piel morena y sus ojos saltones, acusado de corrupción de menores, estupro, violación y no sé cuántos cargos más. Le habían sorprendido filmando amordazada y desnuda a una quinceañera en su estudio, lleno de cintas pornográficas y artilugios sexuales de los más perversos gustos (así lo específicaba literalmente el periódico). Al parecer, convencía a adolescentes para ir a su casa, prometiéndoles grandes sumas, y les filmaba allí con la intención de vender luego las películas en el extranjero. Y después les amenazaba con denunciarles a la policía o enviarle a sus padres las cintas, abusando de ellos y obligándoles a rodar más películas. Un negocio, sin duda, de lo más lucrativo.
Todavía algunas veces, años después, recuerdo aquella historia. Conservo en casa el titular del periódico y pienso a menudo en lo que hubiera sido de nosotros si hubiéramos decidido ir entonces al estudio de aquel tipo, qué habría pasado, cómo habríamos reaccionado y en qué habría degenerado finalmente aquella aventura. Pero lo cierto es que jamás volvimos a saber nada de él (pese a que intentamos seguir su rastro en la prensa) y en lo sucesivo nos hicimos más celosos de nuestra intimidad, perdiendo en parte la pasión y pureza de aquellos primeros encuentros.
De todos modos, esa novia con la que tanto aprendí se esfumó hace tiempo de mi vida, como tantas y tantas cosas más. Aunque, a diferencia de las que vinieron después, quizás por ser la primera, conservo todavía de ella un recuerdo especial.
Tenlo en cuenta, tú que sabes, si por casualidad lees algún día este relato.
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Del volumen Los que vienen detrás y otros relatos. Vicente Muñoz Álvarez. Ilustraciones de Miguel Ángel Martín (DVD Ediciones, 2002. Reedicion 2009).
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miércoles, 18 de noviembre de 2009
CALOR

CALOR
Estamos sentados en un tablón de madera. A medio día. Andrés y yo. Fumando y bebiendo. Achicharrándonos bajo el implacable sol de agosto.
Ayer por la noche, ya un poco cargado, me lo dijo. Me propuso venir hoy a su pueblo a conocer la finca de su abuelo, que lleva meses ingresado en el hospital. Y aquí estamos ahora, aliviando la resaca de ayer con más cerveza y analizando las posibilidades del terreno.
Hay un pequeño tendejón de adobe lleno de aperos de labranza oxidados y una tabla dispuesta a modo de banco en el exterior. La tabla donde nos hemos sentado. El resto es un gran erial de maleza y zarzas secas que se extiende longitudinalmente hasta las afueras del pueblo.
A lo lejos, elevándose de entre las casas blancas, el campanario de la iglesia domina la llanura.
Andrés se lía un cigarrillo y abre otra cerveza. Mientras, sigue hablando de los posibles usos del terreno. Fantasea con la idea de montar allí una casa rural o un merendero.
Yo apenas le escucho. El sol, suspendido en lo alto, me ciega y me impide conversar con fluidez. Y el humo y la cerveza hacen el resto.
Durante unos segundos, como en un sueño, me abstraigo de la realidad. Contemplo el cielo azul y la condensación del calor en la tierra, que confiere al horizonte un aire espectral. Después, Andrés salta de la tabla y dice:
—Vamos a quemar la maleza.
Pero yo no digo nada. Estoy pegado como con cemento al banco, fundido en él, y veo muy difícil poder levantarme.
—Antes de pensar en nada hay que limpiar el terreno. Vamos, ayúdame —insiste—, será sólo un momento...
El plan, según me explica, es bien sencillo: él se coloca en un extremo de la finca y yo en el otro y, a continuación, prendemos fuego a la maleza y nos sentamos de nuevo hasta que se extingan las llamas. Así que, casi sin darme cuenta, agobiado por los mosquitos y el calor, me veo aplicando el mechero al espacio que me ha sido asignado.
La maleza está seca y arde bien. Se inflama como gasolina al contacto del fuego y se propaga en círculos concéntricos a mi alrededor. Pronto, toda la finca es una gran llamarada que se eleva por encima de nuestras rodillas sobre el suelo.
Andrés, entonces, regresa corriendo a mi lado y grita:
—¡No hemos pensado en la brisa! ¡No hemos pensado en la brisa y el fuego está avanzando hacia el pueblo!
Yo apenas reacciono. Me anula el calor. No sé qué decir. No sé qué hacer. Me quedo alelado observando la progresión veloz de las llamas mientras él busca en la caseta algo con lo que sofocar el incendio.
Es entonces cuando empiezan a sonar las campanas: un repiquetear intenso, enloquecido, que, como una llamada ancestral, despierta de su letargo al pueblo.
Andrés sale corriendo del tendejón con la cara desencajada y se planta a mi lado, mientras el fuego, imparable, prosigue su marcha.
Durante unos minutos escuchamos las campanas y contemplamos idiotizados la escena. Luego, como un disciplinado ejército, empiezan a llegar los vecinos. Unos pocos, primero, y más y más dispersándose por la llanura. Vienen corriendo con garrafas, con calderos, con palas, con mangueras, con mantas, con fumigadores, y nos miran con recelo y desprecio mientras, perfectamente organizados, forman una gran hilera alrededor del fuego.
Andrés y yo nos unimos avergonzados al grupo. A mí me ponen un azadón en las manos y a él un fumigador con el que se adentra en las llamas.
Durante algunas horas todo el mundo trabaja en cadena: corren los calderos, se cavan fosas, se agitan mantas, se oyen gritos.
Yo, junto a otro grupo, ayudo a excavar un surco de contención a la entrada del pueblo. Sudo a chorros. Estoy agotado. Y, de cuando en cuando, distingo a Andrés con el fumigador corriendo de aquí para allá.
Son casi las ocho cuando al fin logramos controlar el fuego. La gente, entonces, comienza a marcharse. Nadie dice nada, pero todos, niños y ancianos incluidos, nos miran como si fuéramos violadores o asesinos.
Sucios y abatidos nos sentamos en el banco a contemplar la finca, que ahora es sólo una mancha de ceniza humeando en el confín.
—Esto mismo me pasó hace tiempo — dice.
—¿A qué te refieres?
—Al incendio... Me pasó lo mismo hace unos años... Sólo que ese día estaba mi abuelo y entre los dos logramos detener las llamas... Me explicó entonces lo del viento y la brisa, pero, por lo visto, no asimilé bien la lección... Me pareció que hoy apenas soplaba...
Cierro los ojos. Me masajeo las sienes y me intento relajar un poco. El día ha sido de por sí bastante duro. No tengo fuerzas ni para contestar.
En el horizonte el sol comienza a extinguirse y, pese a todo, sigue haciendo calor. Mucho calor.
Efectivamente, apenas sopla viento.
Vicente Muñoz Álvarez, de Los que vienen detrás y otros relatos. Prólogo por Hernán Migoya. Ilustraciones de Miguel Ángel Martín (DVD ediciones, 2002 - Reedición 2009).
Estamos sentados en un tablón de madera. A medio día. Andrés y yo. Fumando y bebiendo. Achicharrándonos bajo el implacable sol de agosto.
Ayer por la noche, ya un poco cargado, me lo dijo. Me propuso venir hoy a su pueblo a conocer la finca de su abuelo, que lleva meses ingresado en el hospital. Y aquí estamos ahora, aliviando la resaca de ayer con más cerveza y analizando las posibilidades del terreno.
Hay un pequeño tendejón de adobe lleno de aperos de labranza oxidados y una tabla dispuesta a modo de banco en el exterior. La tabla donde nos hemos sentado. El resto es un gran erial de maleza y zarzas secas que se extiende longitudinalmente hasta las afueras del pueblo.
A lo lejos, elevándose de entre las casas blancas, el campanario de la iglesia domina la llanura.
Andrés se lía un cigarrillo y abre otra cerveza. Mientras, sigue hablando de los posibles usos del terreno. Fantasea con la idea de montar allí una casa rural o un merendero.
Yo apenas le escucho. El sol, suspendido en lo alto, me ciega y me impide conversar con fluidez. Y el humo y la cerveza hacen el resto.
Durante unos segundos, como en un sueño, me abstraigo de la realidad. Contemplo el cielo azul y la condensación del calor en la tierra, que confiere al horizonte un aire espectral. Después, Andrés salta de la tabla y dice:
—Vamos a quemar la maleza.
Pero yo no digo nada. Estoy pegado como con cemento al banco, fundido en él, y veo muy difícil poder levantarme.
—Antes de pensar en nada hay que limpiar el terreno. Vamos, ayúdame —insiste—, será sólo un momento...
El plan, según me explica, es bien sencillo: él se coloca en un extremo de la finca y yo en el otro y, a continuación, prendemos fuego a la maleza y nos sentamos de nuevo hasta que se extingan las llamas. Así que, casi sin darme cuenta, agobiado por los mosquitos y el calor, me veo aplicando el mechero al espacio que me ha sido asignado.
La maleza está seca y arde bien. Se inflama como gasolina al contacto del fuego y se propaga en círculos concéntricos a mi alrededor. Pronto, toda la finca es una gran llamarada que se eleva por encima de nuestras rodillas sobre el suelo.
Andrés, entonces, regresa corriendo a mi lado y grita:
—¡No hemos pensado en la brisa! ¡No hemos pensado en la brisa y el fuego está avanzando hacia el pueblo!
Yo apenas reacciono. Me anula el calor. No sé qué decir. No sé qué hacer. Me quedo alelado observando la progresión veloz de las llamas mientras él busca en la caseta algo con lo que sofocar el incendio.
Es entonces cuando empiezan a sonar las campanas: un repiquetear intenso, enloquecido, que, como una llamada ancestral, despierta de su letargo al pueblo.
Andrés sale corriendo del tendejón con la cara desencajada y se planta a mi lado, mientras el fuego, imparable, prosigue su marcha.
Durante unos minutos escuchamos las campanas y contemplamos idiotizados la escena. Luego, como un disciplinado ejército, empiezan a llegar los vecinos. Unos pocos, primero, y más y más dispersándose por la llanura. Vienen corriendo con garrafas, con calderos, con palas, con mangueras, con mantas, con fumigadores, y nos miran con recelo y desprecio mientras, perfectamente organizados, forman una gran hilera alrededor del fuego.
Andrés y yo nos unimos avergonzados al grupo. A mí me ponen un azadón en las manos y a él un fumigador con el que se adentra en las llamas.
Durante algunas horas todo el mundo trabaja en cadena: corren los calderos, se cavan fosas, se agitan mantas, se oyen gritos.
Yo, junto a otro grupo, ayudo a excavar un surco de contención a la entrada del pueblo. Sudo a chorros. Estoy agotado. Y, de cuando en cuando, distingo a Andrés con el fumigador corriendo de aquí para allá.
Son casi las ocho cuando al fin logramos controlar el fuego. La gente, entonces, comienza a marcharse. Nadie dice nada, pero todos, niños y ancianos incluidos, nos miran como si fuéramos violadores o asesinos.
Sucios y abatidos nos sentamos en el banco a contemplar la finca, que ahora es sólo una mancha de ceniza humeando en el confín.
—Esto mismo me pasó hace tiempo — dice.
—¿A qué te refieres?
—Al incendio... Me pasó lo mismo hace unos años... Sólo que ese día estaba mi abuelo y entre los dos logramos detener las llamas... Me explicó entonces lo del viento y la brisa, pero, por lo visto, no asimilé bien la lección... Me pareció que hoy apenas soplaba...
Cierro los ojos. Me masajeo las sienes y me intento relajar un poco. El día ha sido de por sí bastante duro. No tengo fuerzas ni para contestar.
En el horizonte el sol comienza a extinguirse y, pese a todo, sigue haciendo calor. Mucho calor.
Efectivamente, apenas sopla viento.
Vicente Muñoz Álvarez, de Los que vienen detrás y otros relatos. Prólogo por Hernán Migoya. Ilustraciones de Miguel Ángel Martín (DVD ediciones, 2002 - Reedición 2009).
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Gracias Groenlandeses
vic
lunes, 9 de noviembre de 2009
LOS QUE VIENEN DETRÁS
No hace mucho tiempo/ que iba al colegio lleno de libros y bolígrafos/ porque esperaba ser médico o profesor de historia. / Subía a un autobús naranja al mediodía/ para ir a sentarme a un banco de madera/ y escuchar desérticas palabras desde las bocas viejas.
Raúl Núñez
Llueve. Cae la lluvia. LLueve.
He dejado a mi padre a la entrada de la tienda, para evitar que se moje, y a continuación he ido a aparcar el coche junto a los soportales de la Plaza Mayor. Aún no conozco a este cliente, Ángel García, del que me ha venido contando algunas cosas mientras conducía: el artículo que suele comprar, que su hijo trabaja en un almacén y que su mujer murió el año pasado. Lleva siempre encima una libreta donde anota estos detalles íntimos, información confidencial de cada cliente que, según dice, ayuda a personalizar la venta. Así - añade -, tendrás algo de lo que hablar con cada uno, al margen de lo que puedas venderle.
Mi viejo. Pobre viejo. Treinta años velando por mí.
Arrastro en un carrito metálico cuatro de las nueve maletas que habitualmente llevamos, una o dos por cada fabricante, y la lluvia me golpea machaconamente el rostro. Hace frío. Está anocheciendo. Apenas hay gente en la calle. Pienso en mi casa, en mi perra, en mi escritura. Cuento mentalmente los días que llevo en carretera y los que aún me quedan para regresar. Recuerdo el malestar de los últimos años, la tensión continua de las oposiciones, los días tediosos bajo el flexo, las tardes asfixiantes de verano, el dilema entre escribir o estudiar, el conflicto, el desengaño, la frustración y el deterioro de los últimos meses, los complejos, la depresión, la dejadez...
Cuando llego a la tienda, el dueño y mi padre interrumpen bruscamente la conversación. Están sentados a un lado de la puerta, uno enfrente del otro, y se me quedan mirando en silencio mientras desmonto el carrito y coloco en una esquina las cuatro maletas.
Una escena extraña: las luces del local, salvo un pequeño fluorescente sobre el mostrador, están apagadas y ellos dos, olvidándose de mí, reanundan en voz baja la conversación.
- No se sabe hasta que no llega, da igual lo que te digan, lo que hayas oído... hasta que no llega no puedes hacerte a la idea...
- ¿ Y tu hijo ? - pregunta mi padre.
- Mi hijo está casado... vive su vida... Me viene a ver con su mujer de vez en cuando, pero lo malo es el día a día, cuando cierras la tienda y al llegar a casa vuelves a estar solo...
Estoy de pie junto a la puerta observando el decorado decadente del local mientras ellos dos siguen hablando: un mostrador blanco de madera, una horma oxidada en una esquina, un calendario del Real Madrid del año pasado, un cartel de deportivos Joma, un San Pancracio, una estufa de gas con una sola placa encendida y cajas, cientos de cajas de zapatos en las estanterías, amontonadas sobre el suelo y el mostrador.
- Yo creo - dice mi padre - que es peor para los que se quedan que para los que se van...
- No lo dudes... Los que se van dejan de sufrir, al fin y al cabo... Lo malo es para los que siguen aquí... Los que seguimos aquí...
- De todos modos no puede uno hundirse, Ángel, te jubilas dentro de poco, ya verás como entonces cambia todo, olvidas de una vez la tienda y te animas a hacer otras cosas...
- Yo ya no me animo a nada, no tengo ganas de hacer nada, de verdad... Te acostumbras a vivir con la misma persona, a hacerlo todo a su lado tantos años, y luego no eres capaz de vivir sin ella... Estás apático, como vacío... La soledad es lo peor que puede pasar...
Siguen hablando mientras yo aguardo sin decir nada frente a ellos. Mi padre, como de costumbre, me presentará al cliente después de haberse interesado por su vida un rato. Aprovechará cualquier silencio para hacerlo y dirá algo así como: Este es mi hijo, que me acompaña este viaje y que a lo mejor sigue conmigo. Estudió Derecho, pero se torció por el camino... Ya sabes lo mal que lo tienen hoy en día estos muchachos...
La fórmula se repite casi en idénticos términos en cada tienda que visitamos y frente a cada nuevo cliente desde que empecé con él la ruta. Ya estoy acostumbrado. Al principio, las primeras semanas, me molestaba escuchar siempre lo mismo, esa coletilla absurda de Estudió Derecho, pero se torció por el camino, que me resultaba trasnochada y falsa. Pero luego, con el paso de los días, me fui también acostumbrando a eso. Como a dormir en hostales baratos y comer cada día en un sitio distinto. Un trabajo como otro cualquiera. Y una rutina a la que por obligación hay que acoplarse.
- Lo que lucharíamos mi mujer y yo por salir adelante, por sacar la tienda a flote y pagarle a nuestro hijo una carrera, y ya ves, ella bajo tierra antes de tiempo y él descargando cajas en un almacén...
- ¿ Y el negocio qué tal ? - pregunta mi padre cambiando de tema - : ¿ Cómo va la venta ? Porque la cosa esta campaña está muy fea, cada vez peor...
- Peor es decir poco: no se vende una mierda. Según era esta tienda... Ya no hay gente en el pueblo, casi todos se han ido a la ciudad y los que quedan prefieren comprar allí, ya sabes, las malditas superficies... Nos están dando la estocada final...
- La cosa está mal en todas partes, Ángel, no sólo en los pueblos... Vas cubriendo la ruta y lo vas viendo, locales que cierran, impagados, grandes superficies, mercadillos... Se está poniendo feo, el asunto, la gente ya no compra en tiendas pequeñas... Todo está cambiando muy rápido...
- Ya lo ves, mira el negocio... Tengo hasta las luces apagadas porque aquí no entra ni un alma. Y acuérdate de cómo era antes, no hace tanto, ocho o diez años... No dábamos abasto, mi mujer y yo... A ver si me jubilo de una vez y empiezo a cobrar del Estado, porque aquí ya no hay nada que hacer...
- Para lo que nos va a quedar - dice mi padre -. Toda la vida cotizando de autónomos y somos después los que menos cobramos... Cualquier empleado al jubilarse va a ganar más que nosotros, así que ya ves tú cómo está el tema...
- Es una vergüenza...
- Y no te cuento ya para los que vienen detrás, estos chavales... Estos sí que lo van a tener claro... Ya ves mi hijo - añade mi padre girándose hacia mí -: estudió Derecho, pero se torció por el camino...
Ya está. La frase clave acaba de ser pronunciada y yo, como un buen chico, sonreiré tímidamente al cliente y asentiré en silencio a los consejos que seguramente me dé durante algunos minutos: que no desespere, que no soy el único, que siga estudiando, que oposite o que, en el peor de los casos, siga con mi padre en el gremio. Y sólo después de este protocolo triste que, de modo parecido, se repite con cada nuevo cliente, yo, muy discretamente, procederé a abrir las maletas y a colocar cuidadosamente las muestras sobre el mostrador para que luego ellos acuerden la venta y enfilar el coche rumbo a otra ciudad, a otra plaza, a cualquier pueblo, aprendiendo de mi padre este oficio que él siempre quiso evitar para mí.
- Mi hijo está peor que tú - dice Ángel mirándome por vez primera a los ojos -. Hizo Magisterio, pero no encontró trabajo. Lo intentó todo, pero no sirvió de nada... Y ahora está cargando cajas en un almacén. Al menos tú estás con tu padre, pero él ni siquiera eso... Ya ves cómo estamos aquí...
- Sí, la verdad es que no puedo quejarme - digo -, la cosa no está como para elegir...
- Ya sabes cómo es esto, Ángel - añade mi padre -, aquí sólo el que tiene padrino se bautiza...
- Ya lo sé, qué me vas a decir... Pero venga, vamos a trabajar, que os estoy haciendo perder tiempo... Necesito poca cosa, además. El invierno fue malo y ha sobrado toda la mercancía... Cuatro pares para surtir y listos.
Mi padre, entonces, se levanta de la silla y dice:
- Venga, hijo, vamos a enseñarle a Ángel las muestras...
Vicente Muñoz Álvarez, de Los que vienen detrás y otros relatos. Prólogo por Hernán Migoya. Ilustraciones de Miguel Ángel Martín (DVD ediciones, 2002. Reedición 2009).
.Llueve. Cae la lluvia. LLueve.
He dejado a mi padre a la entrada de la tienda, para evitar que se moje, y a continuación he ido a aparcar el coche junto a los soportales de la Plaza Mayor. Aún no conozco a este cliente, Ángel García, del que me ha venido contando algunas cosas mientras conducía: el artículo que suele comprar, que su hijo trabaja en un almacén y que su mujer murió el año pasado. Lleva siempre encima una libreta donde anota estos detalles íntimos, información confidencial de cada cliente que, según dice, ayuda a personalizar la venta. Así - añade -, tendrás algo de lo que hablar con cada uno, al margen de lo que puedas venderle.
Mi viejo. Pobre viejo. Treinta años velando por mí.
Arrastro en un carrito metálico cuatro de las nueve maletas que habitualmente llevamos, una o dos por cada fabricante, y la lluvia me golpea machaconamente el rostro. Hace frío. Está anocheciendo. Apenas hay gente en la calle. Pienso en mi casa, en mi perra, en mi escritura. Cuento mentalmente los días que llevo en carretera y los que aún me quedan para regresar. Recuerdo el malestar de los últimos años, la tensión continua de las oposiciones, los días tediosos bajo el flexo, las tardes asfixiantes de verano, el dilema entre escribir o estudiar, el conflicto, el desengaño, la frustración y el deterioro de los últimos meses, los complejos, la depresión, la dejadez...
Cuando llego a la tienda, el dueño y mi padre interrumpen bruscamente la conversación. Están sentados a un lado de la puerta, uno enfrente del otro, y se me quedan mirando en silencio mientras desmonto el carrito y coloco en una esquina las cuatro maletas.
Una escena extraña: las luces del local, salvo un pequeño fluorescente sobre el mostrador, están apagadas y ellos dos, olvidándose de mí, reanundan en voz baja la conversación.
- No se sabe hasta que no llega, da igual lo que te digan, lo que hayas oído... hasta que no llega no puedes hacerte a la idea...
- ¿ Y tu hijo ? - pregunta mi padre.
- Mi hijo está casado... vive su vida... Me viene a ver con su mujer de vez en cuando, pero lo malo es el día a día, cuando cierras la tienda y al llegar a casa vuelves a estar solo...
Estoy de pie junto a la puerta observando el decorado decadente del local mientras ellos dos siguen hablando: un mostrador blanco de madera, una horma oxidada en una esquina, un calendario del Real Madrid del año pasado, un cartel de deportivos Joma, un San Pancracio, una estufa de gas con una sola placa encendida y cajas, cientos de cajas de zapatos en las estanterías, amontonadas sobre el suelo y el mostrador.
- Yo creo - dice mi padre - que es peor para los que se quedan que para los que se van...
- No lo dudes... Los que se van dejan de sufrir, al fin y al cabo... Lo malo es para los que siguen aquí... Los que seguimos aquí...
- De todos modos no puede uno hundirse, Ángel, te jubilas dentro de poco, ya verás como entonces cambia todo, olvidas de una vez la tienda y te animas a hacer otras cosas...
- Yo ya no me animo a nada, no tengo ganas de hacer nada, de verdad... Te acostumbras a vivir con la misma persona, a hacerlo todo a su lado tantos años, y luego no eres capaz de vivir sin ella... Estás apático, como vacío... La soledad es lo peor que puede pasar...
Siguen hablando mientras yo aguardo sin decir nada frente a ellos. Mi padre, como de costumbre, me presentará al cliente después de haberse interesado por su vida un rato. Aprovechará cualquier silencio para hacerlo y dirá algo así como: Este es mi hijo, que me acompaña este viaje y que a lo mejor sigue conmigo. Estudió Derecho, pero se torció por el camino... Ya sabes lo mal que lo tienen hoy en día estos muchachos...
La fórmula se repite casi en idénticos términos en cada tienda que visitamos y frente a cada nuevo cliente desde que empecé con él la ruta. Ya estoy acostumbrado. Al principio, las primeras semanas, me molestaba escuchar siempre lo mismo, esa coletilla absurda de Estudió Derecho, pero se torció por el camino, que me resultaba trasnochada y falsa. Pero luego, con el paso de los días, me fui también acostumbrando a eso. Como a dormir en hostales baratos y comer cada día en un sitio distinto. Un trabajo como otro cualquiera. Y una rutina a la que por obligación hay que acoplarse.
- Lo que lucharíamos mi mujer y yo por salir adelante, por sacar la tienda a flote y pagarle a nuestro hijo una carrera, y ya ves, ella bajo tierra antes de tiempo y él descargando cajas en un almacén...
- ¿ Y el negocio qué tal ? - pregunta mi padre cambiando de tema - : ¿ Cómo va la venta ? Porque la cosa esta campaña está muy fea, cada vez peor...
- Peor es decir poco: no se vende una mierda. Según era esta tienda... Ya no hay gente en el pueblo, casi todos se han ido a la ciudad y los que quedan prefieren comprar allí, ya sabes, las malditas superficies... Nos están dando la estocada final...
- La cosa está mal en todas partes, Ángel, no sólo en los pueblos... Vas cubriendo la ruta y lo vas viendo, locales que cierran, impagados, grandes superficies, mercadillos... Se está poniendo feo, el asunto, la gente ya no compra en tiendas pequeñas... Todo está cambiando muy rápido...
- Ya lo ves, mira el negocio... Tengo hasta las luces apagadas porque aquí no entra ni un alma. Y acuérdate de cómo era antes, no hace tanto, ocho o diez años... No dábamos abasto, mi mujer y yo... A ver si me jubilo de una vez y empiezo a cobrar del Estado, porque aquí ya no hay nada que hacer...
- Para lo que nos va a quedar - dice mi padre -. Toda la vida cotizando de autónomos y somos después los que menos cobramos... Cualquier empleado al jubilarse va a ganar más que nosotros, así que ya ves tú cómo está el tema...
- Es una vergüenza...
- Y no te cuento ya para los que vienen detrás, estos chavales... Estos sí que lo van a tener claro... Ya ves mi hijo - añade mi padre girándose hacia mí -: estudió Derecho, pero se torció por el camino...
Ya está. La frase clave acaba de ser pronunciada y yo, como un buen chico, sonreiré tímidamente al cliente y asentiré en silencio a los consejos que seguramente me dé durante algunos minutos: que no desespere, que no soy el único, que siga estudiando, que oposite o que, en el peor de los casos, siga con mi padre en el gremio. Y sólo después de este protocolo triste que, de modo parecido, se repite con cada nuevo cliente, yo, muy discretamente, procederé a abrir las maletas y a colocar cuidadosamente las muestras sobre el mostrador para que luego ellos acuerden la venta y enfilar el coche rumbo a otra ciudad, a otra plaza, a cualquier pueblo, aprendiendo de mi padre este oficio que él siempre quiso evitar para mí.
- Mi hijo está peor que tú - dice Ángel mirándome por vez primera a los ojos -. Hizo Magisterio, pero no encontró trabajo. Lo intentó todo, pero no sirvió de nada... Y ahora está cargando cajas en un almacén. Al menos tú estás con tu padre, pero él ni siquiera eso... Ya ves cómo estamos aquí...
- Sí, la verdad es que no puedo quejarme - digo -, la cosa no está como para elegir...
- Ya sabes cómo es esto, Ángel - añade mi padre -, aquí sólo el que tiene padrino se bautiza...
- Ya lo sé, qué me vas a decir... Pero venga, vamos a trabajar, que os estoy haciendo perder tiempo... Necesito poca cosa, además. El invierno fue malo y ha sobrado toda la mercancía... Cuatro pares para surtir y listos.
Mi padre, entonces, se levanta de la silla y dice:
- Venga, hijo, vamos a enseñarle a Ángel las muestras...
Vicente Muñoz Álvarez, de Los que vienen detrás y otros relatos. Prólogo por Hernán Migoya. Ilustraciones de Miguel Ángel Martín (DVD ediciones, 2002. Reedición 2009).
http://dvdediciones.com/firmas_vmunoz.html
¡ Solicítalo ya en tu librería !
miércoles, 23 de septiembre de 2009
LOS QUE VIENEN DETRÁS en El Laberinto de Noé.
LOS QUE VIENEN DETRÁS Y OTROS RELATOS
VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ
Ilustraciones de MIGUEL ÁNGEL MARTÍN
Prólogo de HERNÁN MIGOYA
DVD ediciones, 2009
Los que vienen detrás y otros relatos se publicó por DVD ediciones en el año 2002 y reúne varios de los cuentos que durante los 90 publicó Vicente Muñoz Álvarez en el fanzine Vinalia Trippers, ilustrados por Miguel Ángel Martín y prologados por Hernán Migoya.
Ahora se reeditan, también por DVD ediciones, para disfrute de los lectores.
Excluidos, perdedores (todos somos perdedores), marginados, outsiders (fuera de ley/fuera de la sociedad), fracasados (voluntarios o no) en un mundo competitivo e inhumano; jóvenes soñadores en búsqueda de “la perla azul”, anticonsumistas y aquellos que buscan una vida diferente, son los protagonistas de estos cuentos de Vicente Muñoz Álvarez. Junto a ellos, algunas historias de niños y adolescentes, con toda su crudeza, que marcan el paso del tiempo.
Algunos de los cuentos desprenden una maravillosa nostalgia, una saudade que impregnará al lector. Otros trasmiten la desolación, el hastío, el desencanto de personajes perdidos en la selva social. En alguno de ellos, el lector sentirá las palabras de Vic dirigidas directamente a su entrecejo (“¿Quién quiere saber lo que es la magia?”).
Destaca en su técnica narrativa la utilización de las descripciones, la adecuación de tonos narrativos con el fin que persigue en cada uno de los cuentos, el manejo excelente de los diálogos. Algunos de los cuentos, como “El juego”, utilizan el “cierre travelling” (a lo Aldecoa), de forma que tal como se inicia el relato cierra el cuento abandonando la historia con dos o tres descripciones que vienen a decir que la vida sigue.
Cuentos que viajan de polo a polo, de la ternura a la crudeza, que contienen joyas enigmáticas como “¿Quién quiere saber lo que es la magia?”, donde el protagonista nos invita a reírnos del mundo; realistas como “Yo fui un objetor frustrado adolescente” en el que trata de abrir los ojos a los jóvenes; o “Los que vienen detrás”, cuento que da título al libro y en un tono nostálgico nos muestra la inercia de la vida. Los que vienen detrás son los hijos, por ellos continúan luchando los padres.
Pero hay que llegar hasta el final y leer “Un cofre lleno de recuerdos”.
El personaje (el propio Vicente Muñoz) cuenta su vida, sus recuerdos, su eterna lucha en busca de “la perla azul”, el creer saberlo todo en la adolescencia, la huída de la masa siendo masa, envejecer y darse cuenta que la vida es insustancial, dejarse llevar, ser masa, también mina poco a poco. Vicente Muñoz sale del sueño de la perla azul de la mano de una mujer, con la que quiere vivir hasta el final de sus días. Sabe ya que el mundo es una mierda y que es imposible luchar con él para ganarle, pero lo lleva en la sangre “De niño soñaba que talaba árboles con un enorme cuchillo afilado y postes de teléfono y montañas”, y ahora ya no es un adolescente, ahora asume que el mundo es basura, lo sabe y deja de torturarse por ello. El mundo es basura, vale, asumido, pero que se prepare, porque no voy a dejar de luchar contra él.
Podríamos decir que este relato contiene una sinopsis del libro.
Una escritura pulcra, medida, sin florituras, al servicio de buenos argumentos y planteamientos estructurales perfectos, hacen de este libro una lectura recomendable.
Pero hay un valor añadido a este volumen de cuentos: el mágifico prólogo de Hernán Migoya, que en sí mismo es un cuento de una profundidad asombrosa; y las ilustraciones de Miguel Ángel Martín, uno de los mejores grafistas del momento
Esteban Gutiérrez Gómez, de El Laberinto de Noé.
http://ellaberintodenoe.blogspot.com/2009/09/los-que-vienen-detras-y-otros-relatos.html
VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ
Ilustraciones de MIGUEL ÁNGEL MARTÍN
Prólogo de HERNÁN MIGOYA
DVD ediciones, 2009
Los que vienen detrás y otros relatos se publicó por DVD ediciones en el año 2002 y reúne varios de los cuentos que durante los 90 publicó Vicente Muñoz Álvarez en el fanzine Vinalia Trippers, ilustrados por Miguel Ángel Martín y prologados por Hernán Migoya.
Ahora se reeditan, también por DVD ediciones, para disfrute de los lectores.
Excluidos, perdedores (todos somos perdedores), marginados, outsiders (fuera de ley/fuera de la sociedad), fracasados (voluntarios o no) en un mundo competitivo e inhumano; jóvenes soñadores en búsqueda de “la perla azul”, anticonsumistas y aquellos que buscan una vida diferente, son los protagonistas de estos cuentos de Vicente Muñoz Álvarez. Junto a ellos, algunas historias de niños y adolescentes, con toda su crudeza, que marcan el paso del tiempo.
Algunos de los cuentos desprenden una maravillosa nostalgia, una saudade que impregnará al lector. Otros trasmiten la desolación, el hastío, el desencanto de personajes perdidos en la selva social. En alguno de ellos, el lector sentirá las palabras de Vic dirigidas directamente a su entrecejo (“¿Quién quiere saber lo que es la magia?”).
Destaca en su técnica narrativa la utilización de las descripciones, la adecuación de tonos narrativos con el fin que persigue en cada uno de los cuentos, el manejo excelente de los diálogos. Algunos de los cuentos, como “El juego”, utilizan el “cierre travelling” (a lo Aldecoa), de forma que tal como se inicia el relato cierra el cuento abandonando la historia con dos o tres descripciones que vienen a decir que la vida sigue.
Cuentos que viajan de polo a polo, de la ternura a la crudeza, que contienen joyas enigmáticas como “¿Quién quiere saber lo que es la magia?”, donde el protagonista nos invita a reírnos del mundo; realistas como “Yo fui un objetor frustrado adolescente” en el que trata de abrir los ojos a los jóvenes; o “Los que vienen detrás”, cuento que da título al libro y en un tono nostálgico nos muestra la inercia de la vida. Los que vienen detrás son los hijos, por ellos continúan luchando los padres.
Pero hay que llegar hasta el final y leer “Un cofre lleno de recuerdos”.
El personaje (el propio Vicente Muñoz) cuenta su vida, sus recuerdos, su eterna lucha en busca de “la perla azul”, el creer saberlo todo en la adolescencia, la huída de la masa siendo masa, envejecer y darse cuenta que la vida es insustancial, dejarse llevar, ser masa, también mina poco a poco. Vicente Muñoz sale del sueño de la perla azul de la mano de una mujer, con la que quiere vivir hasta el final de sus días. Sabe ya que el mundo es una mierda y que es imposible luchar con él para ganarle, pero lo lleva en la sangre “De niño soñaba que talaba árboles con un enorme cuchillo afilado y postes de teléfono y montañas”, y ahora ya no es un adolescente, ahora asume que el mundo es basura, lo sabe y deja de torturarse por ello. El mundo es basura, vale, asumido, pero que se prepare, porque no voy a dejar de luchar contra él.
Podríamos decir que este relato contiene una sinopsis del libro.
Una escritura pulcra, medida, sin florituras, al servicio de buenos argumentos y planteamientos estructurales perfectos, hacen de este libro una lectura recomendable.
Pero hay un valor añadido a este volumen de cuentos: el mágifico prólogo de Hernán Migoya, que en sí mismo es un cuento de una profundidad asombrosa; y las ilustraciones de Miguel Ángel Martín, uno de los mejores grafistas del momento
Esteban Gutiérrez Gómez, de El Laberinto de Noé.
http://ellaberintodenoe.blogspot.com/2009/09/los-que-vienen-detras-y-otros-relatos.html
jueves, 17 de septiembre de 2009
LOS QUE VIENEN DETRÁS en Punto de Libro


La revista Punto de Libro incluye en su número 7 (Septiembre) la siguiente reseña de Los que vienen detrás y otros relatos, cuya reedición podéis encontar ya en las librerías:
Desde las páginas de este fanzine intentamos reseñar tanto las obras más conocidas y vendidas como aquellas otras que no gozan de excesivo aparato publicitario, pero que por su calidad u originalidad merecen ser destacadas. En esta ocasión os presentamos un libro de relatos de un autor cuya voz no suena demasiado alto en los círculos literarios, pero que narra con una originalidad que le hace merecedor, al menos, de tenerse en cuenta.
Somos conscientes de que no gustará a todos los lectores. Su excesiva crudeza, la manera casi ruda de abordar temas como la violencia o el sexo, pueden incomodar a los lectores más tradicionales. Pero si se tiene estómago para soportar algún momento de exceso verbal, se reconocerán en los relatos de Vicente Muñoz Álvarez muchas situaciones cotidianas de violencia: violencia verbal, violencia física, violencia sexual, violencia psicológica… En ocasiones, violencia contra los demás, pero en la mayoría de los casos, violencia contra uno mismo. Una violencia que casi siempre tiene su origen en el reconocimiento de una existencia gris, monótona, estereotipada, que no satisface y de la que se busca la salida más fácil… o la más difícil.
Los que vienen detrás y otros relatos
Vicente Muñoz Álvarez
DVD Ediciones
Ilustraciónes de Miguel Ángel Martín
Ilustraciónes de Miguel Ángel Martín
Prógolo de Hernán Migoya
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Toni Martínez: Punto de Libro
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lunes, 6 de julio de 2009
LOS QUE VIENEN DETRÁS según Ángel González.
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Los que vienen detrás, empujan; y lo hacen fuerte y metódicamente, desde el principio de los tiempos. El animal que hay en mí. En este caso tú: Vicente Muñoz. Tú que vives y reinas entre los negociados del calzado porque te torciste con acierto, que estuviste a punto de ser víctima cuando aquel tipo vio cómo os besabais, tú que vives entre los bares donde se vende y se compra y también se hace: POESÍA. La transacción. Sed contra Silencio. Oficio contra El Sistema. Enquistado. Carcinómico. Es justicia que se cuente; que los niños no encuentren el odio de la jeringuilla dentro de los coches abandonados, que no lo copien de la tele. Que, en definitiva, cuando el ocaso se cierna sobre cualquiera de nosotros, seamos felices en la soledad y en la pareja; en el sexo de los ricos rozándose contra los desgastados. Los que no tienen más que soledad. Hay que joderse lo que vale todo. Y cuánto hay que pagar por vivir. Vivir de esta forma, porque en la penumbra es otra cosa.
Yo, ya huelo el agua del pozo, por poner un ejemplo. Pero también Ego, me equivoco. Es humano, demasiado humano y aquí no vale la filosofía del martillo porque esto es real. El golpe se da en la cabeza…, y cómo suena: suena a suciedad, suena a Hombre y no lo entendemos. El tiempo corre en nuestra contra por marginales, anormales, chivos expiatorios. Vi tu sonrisa en los labios mientras ocurría aquello de la denuncia. Yo acuso. Estamos empezando a ver la luz al final del túnel. A lo mejor estamos ya muertos. O en la Gloria, Vicente. En la Gloria.
Ángel González González
http://angelgonzalezgonzalezpoeta.blogspot.com/
Yo, ya huelo el agua del pozo, por poner un ejemplo. Pero también Ego, me equivoco. Es humano, demasiado humano y aquí no vale la filosofía del martillo porque esto es real. El golpe se da en la cabeza…, y cómo suena: suena a suciedad, suena a Hombre y no lo entendemos. El tiempo corre en nuestra contra por marginales, anormales, chivos expiatorios. Vi tu sonrisa en los labios mientras ocurría aquello de la denuncia. Yo acuso. Estamos empezando a ver la luz al final del túnel. A lo mejor estamos ya muertos. O en la Gloria, Vicente. En la Gloria.
Ángel González González
http://angelgonzalezgonzalezpoeta.blogspot.com/
Los que vienen detrás y otros relatos
Vicente Muñoz Álvarez. Ilustraciones de Miguel Ángel Martín. Prólogo de Hernán Migoya (Dvd Ediciones, 2002).
http://www.dvdediciones.com/firmas_vmunoz.html
jueves, 4 de junio de 2009
LOS QUE VIENEN DETRÁS: Ya en las librerías.
LOS QUE VIENEN DETRÁS
Y OTROS RELATOS
de
VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ
Prólogo de HERNÁN MIGOYA
Ilustraciones de MIGUEL ÁNGEL MARTÍN
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Y OTROS RELATOS
de
VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ
Prólogo de HERNÁN MIGOYA
Ilustraciones de MIGUEL ÁNGEL MARTÍN
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Los que vienen detrás y otros relatos reúne algunos de los mejores cuentos de Vicente Muñoz Álvarez, en los que se expresa una crítica a la sociedad de la soledad y la incomunicación en la que estamos sumergidos.
Vicente Muñoz Álvarez se ha consolidado como uno de los narradores más potentes en la distancia corta, al tiempo que como un dinamizador del mundo literario mediante su labor de antólogo en Golpes, Ficciones de la crueldad social (junto a Eloy Fernández Porta), Tripulantes (con David González), Resaca/Hankover (con Patxi Irurzun) y 23 Pandoras.
Vicente Muñoz Álvarez se ha consolidado como uno de los narradores más potentes en la distancia corta, al tiempo que como un dinamizador del mundo literario mediante su labor de antólogo en Golpes, Ficciones de la crueldad social (junto a Eloy Fernández Porta), Tripulantes (con David González), Resaca/Hankover (con Patxi Irurzun) y 23 Pandoras.
Solicítalo ya en tu librería
http://www.dvdediciones.com/firmas_vmunoz.html
http://www.dvdediciones.com/firmas_vmunoz.html
jueves, 14 de mayo de 2009
LOS QUE VIENEN DETRÁS: De nuevo en las librerías.

Esta es la faja que DVD Ediciones ha diseñado para montar sobre la reedición de Los que vienen detrás y otros relatos, que en breve podréis encontrar ya en las librerías.
Fue en su día un gran honor ser ilustrado por Miguel Ángel Martín y es hoy, 7 años después, un enorme placer regresar con él al ruedo.
Más que en ninguna otra aventura (Vinalia, Tripulantes, Hankover, 23 Pandoras), ambos nos dejamos en este libro la piel...
Para todos vosotros de nuevo,
queridos drugos:
Los que vienen detrás
& otros relatos
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lunes, 27 de abril de 2009
LOS QUE VIENEN DETRÁS: Reedición & Prólogo.


MIEDO Y HASTÍO EN VEGA DE ESPINAREDA O UN HOMBRE PARADO AL LADO DE LA AUTOPISTA, MIRANDO LOS COCHES PASAR
En ''Las locas aventuras de Bill y Ted 2'' (creo que fue en la secuela, aunque bien pudiera equivocarme), una de esas estúpidas comedias americanas que a mí tanto me gustan (siempre he sentido debilidad por la estupidez), se sucede una escena que, en el momento de verla, me puso los pelos de punta, y aún hoy, varios años después, recuerdo como uno de los momentos más espeluznantes y terroríficos que jamás haya presenciado en mi edad adulta.
La escena en cuestión no se trata más que de la caída de los susodichos Bill y Ted a un pozo sin fondo. No recuerdo bien si se trata del camino al infierno o a la muerte (que aparecerá más adelante personificada en una burda e impagable parodia de tan respetable e irrespetuosa figura en ''El séptimo sello''): tanto da. El caso es que, tras toda una serie de imaginativas aventuras de Keanu Reeves (Bill o Ted) y su compañero actor del que nadie se acuerda (el otro), ambos caen a un abismo negro y profundo que parece no tener fin.
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En realidad, el abismo no tiene fin. Bill y Ted reaccionan primero gritando horrorizados y haciendo aspavientos espasmódicos en el aire, con los ojos cerrados, mientras a su alrededor sólo hay caída y negrura totales, a la espera del choque final contra el fondo. Poco a poco, sus gritos ceden paso a leves gemidos, dado lo irreversible de la caída. Al final, puesto que nunca acaban de chocar contra lo que sea que aguarda al término de aquel descenso, paulatinamente van abriendo los ojos, mirando a su alrededor con curiosidad y, en un sarcasmo digno de las obras maestras del género, disfrutando incluso con el vuelo sin motor, planeando y haciendo piruetas.
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Me pareció y aún me sigue pareciendo la mejor definición de la vida que haya contemplado en imágenes. Está todo: el acto reflejo del terror que te invade al imaginar el impacto final, la muerte que te espera; el pánico ante esa cuenta atrás, que se expresa en todo tipo de gestos y ademanes inconscientes y descontrolados, y que me recordó muchísimo a todas las acciones que realizamos y todas las decisiones, en último término banales, que tomamos a lo largo de nuestra vida; y la felicidad que sólo sobreviene con la aceptación de nuestra mortalidad, y que nos permite disfrutar del trayecto mientras éste dura. El terror no lo provoca el saber que el trayecto es corto o largo, sino el imaginar la inevitabilidad de su conclusión. Asimismo, toda actividad humana me parece en gran medida el conjunto de gestos, a veces desesperados, a veces resignados, a veces patéticos y otras veces excelsos, que efectuamos involuntariamente ante la presión que provoca la eterna presencia de la muerte en nuestras conciencias, como medio de encontrar trascendentalidad más allá de lo efímero de nuestras vidas/ caídas: la búsqueda del arte, del amor, de la familia, de algo que sea fijo, que no varíe jamás, en un mundo definido, construido y destruido, por el tiempo.
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Pero nuestros votos de inmortalidad son siempre pura quimera.
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Siempre que pienso en Vicente Muñoz Álvarez, nunca recuerdo que no lo conozco en persona. Nuestra amistosa relación epistolar y de intercambio de obras se remite ya a varios años atrás, y para mí, de una manera muy sencilla y perfecta, ha sido desde un primer momento una especie de hermano mayor (el ser en cierta forma paisanos fortalece esa noción) que descubre el sendero que luego uno mismo va a transitar a continuación (o más bien lo redescubre: uno emplea cantidades ingentes del tiempo de su vida desenterrando las cosas verdaderas, que suelen ser fáciles de reconocer porque siempre hay algún cabrón intentando echarles de nuevo tierra encima). Yo también soy un soñador; y también soñaba cuando era niño y viajaba y, tras mi ventanilla, talaba los postes, los árboles y las montañas con una espada gigante. Pero él siempre va por delante, abriéndose paso en la jungla de las ideas con el machete de su talento.
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Vicente es para mí un poeta mucho antes que un narrador. En realidad, es el único poeta que probablemente haya leído con goce pleno, reconociendo sin pudor mi auténtica ignorancia y falta de práctica en el medio. Quizá sea porque me reconozco tanto en sus textos que nada en su forma me es extraño, exótico o indescifrable. Y, también, porque es un poeta que escribe con sencillez, que no busca filigranas caligráficas ni espectacularidades vacuas que nos despisten y hagan apartar nuestros ojos de la carretera. Vicente siempre sabe hacia dónde conduce: adónde va con su obra, y adónde nos lleva.
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En este compendio de quince relatos, Vicente habla de todos nosotros como seres individuales y sociales, y de nuestro lugar en este mundo y en nuestra propia mente y en nuestra alma. Y a medida que uno los va leyendo, parece que los relatos van cada vez a mejor. O quizá sea sólo nuestra mirada, que se va afinando y afilando gracias a que Vicente, con la sabiduría del perro viejo y arrabalero, nos dice cómo y dónde debemos mirar, hasta parecerse la nuestra a la suya propia.
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Bien saben mis enemigos que siempre he odiado la literatura social. Creo que el único compromiso que un creador debe tener es consigo mismo. Sin embargo, Vicente nos lleva a través del suyo a uno global de forma natural y lógica.
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Igual que en la escena cinematográfica que acabo de describir, en la obra de Vicente, asuntos como los repentinos estallidos de violencia que pueblan algunas de sus páginas, no suponen más que los coletazos y coces que lanza la razón humana en el proceso de doma de la vida. Todos, tarde o temprano, terminamos siendo domados por ella, y la muerte nos conduce de las riendas al sacrificio.
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Sin embargo, no es la violencia el tema que más me interesa en la literatura de Vicente. Pues la violencia es tan sólo el ruido y los muertos necesarios de una contienda existencial mucho más ambiciosa y terrible: la lucha con la propia vida. Vicente se rebela como hombre y escritor a la preasignación de una existencia humana que, tomada por modélica en nuestra sociedad, se basa en la repetición y la rutina. Y la repetición y la rutina no son más que las puertas que cruzamos cada día para zambullirnos presurosos y agradecidos en el olvido que proporciona el hastío. A partir del momento en que aceptamos la repetición y la rutina y las insertamos en nuestro modus operandi como partes innegociables de nuestro quehacer vital diario y cotidiano, nos escudamos tras dicho hastío para contemplar, con una falsa sensación de invulnerabilidad, de estar a salvo, la vida, que parece terminar sólo para los demás. La repetición y la rutina y, como inevitable respuesta a ellas, el hastío, son las orejeras que nos ponen para que el animal avance manso y no salga desbocado por la tangente.
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Por la reiteración a la inmortalidad.
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Lo malo de todo esto es que, con los años, uno comienza a ser consciente de sus limitaciones, de lo que va a ser y de dónde nunca va a pasar. Pero, para entonces, probablemente, ya nos dé igual.
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Vicente Muñoz Álvarez, de manera valiente y, sí, también asustada, quiere desafiar con su obra al hastío: no olvidemos que es el miedo a ser engullido por aquél lo que muchas veces nos hace reaccionar. Vicente quiere mirar cara a cara a la muerte, descubrir en el fondo de esos ojos vacíos si hay alguna luz o alguna chispa de su esquiva perla azul, algo, cualquier cosa que motive o justifique esa andadura gris y sumisa a la que nos quieren abocados.
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Vicente es, básicamente, un rebelde.
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Al terminar la lectura de su manuscrito, este compendio de hechos, instantes y sensaciones que sin duda usted va a disfrutar aterrorizado (asistido asimismo por el tercer leonés en discordia, el dibujante Miguel Ángel Martín, capaz de convencer a la mismísima Parca de que es mucho más útil y efectivo un escalpelo que una guadaña), se me ocurre la idea malsana de que, tras compartir la mirada de su autor a la muerte y a la vida, quizá Vicente y yo jamás lleguemos a vernos en persona.
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Pero no importa.
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Ya nos conocemos.
Hernán Migoya
Prólogo a Los que vienen detrás y otros relatos. Vicente Muñoz Álvarez, ilustraciones de Miguel Ángel Martín (DVD Ediciones, 2002).
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Próximamente
Los que vienen detrás
de nuevo
en vuestras librerías,
de la mano de DVD Ediciones.
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domingo, 19 de abril de 2009
FIRMA INVITADA en DVD Ediciones


Vicente Muñoz Álvarez,
autor de El merodeador
y Los que vienen detrás
Para esta firma invitada, el autor nos ha elegido dos relatos pertenecientes a sus libros El merodeador (Baile del sol, 2007) y Los que vienen detrás (publicado por DVD Ediciones). Nos los presenta con las siguientes palabras:
Los que vienen detrás y otros relatos (DVD ediciones, 2002) reúne varios de los cuentos que durante los 90 publiqué en el fanzine Vinalia Trippers, ilustrados por el maestro del comic subterráneo español Miguel Ángel Martín y prologados por Hernán Migoya.
Estética cruda e hiperrealista, crítica social, ultraviolencia, amor y desamor y crueldad y ternura se dan cita en sus páginas, conformando un libro heredero del espíritu pulp y el realismo sucio norteamericano del siglo xx, del que Miguel Ángel y yo nos consideramos deudores.
El merodeador (Baile del sol, 2007) describe una visión: la de un narrador enfrentado en soledad a sus propios fantasmas.
Durante casi una década, huyendo del esplín de la ciudad, viví en viejas casas de pueblo aisladas y me dediqué, entre otras cosas, a escribir una ficción relacionada con mis percepciones y experiencias de ese cambio de entorno y lapso de vida, cuando menos, alienante y confuso. Lo que en principio iba a ser un retiro creativo y una expansión sensorial, se convirtió paulatinamente en una especie de laberinto de tinieblas y cárcel de sombras que, finalmente, me forzó a regresar de nuevo a la ciudad...
Novela gráfica (monocroma y turbadoramente ilustrada por Toño Benavides) fragmentada y en construcción, diario existencial, monólogo interior, libro de ensueños... El merodeador narra el desasosiego bernhardiano de aquellos días y la sensación de vaciamiento y deriva, de extrañamiento, que a partir de entonces se hizo habitual en mí.
Podéis acceder a la web de
DVD Ediciones
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