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lunes, 2 de febrero de 2026
viernes, 12 de septiembre de 2025
viernes, 28 de febrero de 2025
jueves, 6 de febrero de 2025
martes, 10 de diciembre de 2024
REGRESIONES: Un Viaje por la Memoria Leonesa de los 80.
Vicente Muñoz Álvarez nos sumerge en un viaje nostálgico a través de su obra Regresiones, particularmente cuando se centra en su experiencia en León durante los años 80. Este periodo, marcado por profundos cambios sociales y culturales, se convierte en un lienzo sobre el que el autor proyecta sus recuerdos más vívidos y emociones más intensas.
León, en los años 80, era una ciudad en plena transformación. La transición hacia la democracia, la apertura económica y los cambios en los hábitos sociales dejaron una huella imborrable en la ciudad y en sus habitantes.
Los años 80 fueron una época de efervescencia juvenil, marcada por la música, la moda y la búsqueda de nuevas experiencias. El autor nos transporta a las calles de León, a los conciertos, a las fiestas y a los lugares de encuentro de la juventud leonesa, y describe los nuevos barrios, los edificios emblemáticos y los cambios en el paisaje urbano.
El Estilo de Muñoz Álvarez
y su Vinculación con León
El estilo de Muñoz Álvarez, caracterizado por su lirismo y su capacidad para evocar emociones, se adapta a la perfección para retratar la nostalgia y la melancolía asociadas a los años 80. A través de sus descripciones detalladas y sus reflexiones personales, el autor consigue que el lector se sienta transportado a esa época y a ese lugar.
Además, la estrecha relación de Muñoz Álvarez con León le permite ofrecer una visión muy personal y auténtica de la ciudad. El autor nos muestra los rincones más conocidos y los lugares más escondidos, creando una imagen viva y detallada del León de los 80.
Este libro, que ha sido publicado en varias ediciones, nos invita a un viaje introspectivo y emocional a través de la memoria, la identidad y las relaciones humanas.
A través de una prosa poética y conmovedora, Muñoz Álvarez nos presenta una serie de relatos que exploran temas como:
La infancia. El autor nos lleva a recordar momentos clave de su niñez, aquellos que han marcado su personalidad y su forma de ver el mundo.
El amor y las relaciones. Las relaciones amorosas, tanto las vividas como las perdidas, son un tema central en esta obra. A través de sus palabras, el autor nos muestra la complejidad y la belleza de los vínculos humanos.
La pérdida y el duelo. La muerte de seres queridos y los cambios que experimentamos a lo largo de la vida son abordados con sensibilidad y honestidad.
La búsqueda de la identidad. Muñoz Álvarez nos invita a reflexionar sobre quiénes somos y de dónde venimos, explorando las raíces de nuestra identidad.
La Música en las Regresiones
literarias de Muñoz Álvarez
En sus Regresiones, Muñoz Álvarez utiliza la música de manera creativa para enriquecer la experiencia del lector y facilitar la inmersión en las historias.
A través de descripciones detalladas de las piezas musicales que acompañan a los personajes en sus viajes interiores, el autor crea una atmósfera sonora que intensifica las emociones y los significados de las escenas.
La música a menudo se convierte en un personaje más en las narraciones de Muñoz Álvarez, influyendo en las acciones y las decisiones de los protagonistas, y se utiliza para sincronizar las emociones del lector con las de los personajes, creando una conexión más profunda entre ambos. A través de la música, Muñoz Álvarez explora la memoria colectiva y los arquetipos universales que se encuentran presentes en todas las culturas.
Principales influencias
Esta obra, cargada de vivencias personales y referencias culturales, refleja una amalgama de influencias que enriquecen su narrativa.
Howard Phillips Lovecraft: La "Torre y llave de Plata" mencionada en la novela es una clara referencia al universo lovecraftiano, con sus atmósferas opresivas y elementos sobrenaturales.
Literatura Beat: El espíritu rebelde y la búsqueda de experiencias límite de la generación Beat se sienten en la obra, especialmente en la descripción de la vida nocturna y los ambientes underground.
Cine negro: Las atmósferas oscuras y los personajes marginales del cine negro influyen en la creación de un ambiente decadente y misterioso.
Literatura autobiográfica: La novela es, en gran medida, un ejercicio de memoria y reflexión personal, lo que la acerca a la tradición de la literatura autobiográfica.
Rock and roll: La música rock, especialmente la escena underground leonesa de los 80, es un elemento central en la novela.
La cultura underground leonesa: La novela es una crónica de la cultura alternativa de León en los 80, con sus locales de música en vivo, fanzines y movimientos subversivos.
Regresiones de Vicente Muñoz Álvarez logra trascender el ámbito personal y conectar con la experiencia de otras generaciones que vivieron los años 80 de diversas maneras.
Los años 80 fueron una década marcada por cambios sociales, culturales y tecnológicos significativos en gran parte del mundo. La nostalgia por esta época, con sus sonidos, modas y eventos, es un sentimiento compartido por muchas personas, independientemente de su origen geográfico.
Regresiones aprovecha esta nostalgia y la canaliza a través de sus descripciones detalladas y evocativas.
La novela aborda temas como la búsqueda de identidad, la amistad, el amor, la rebeldía y la desilusión, que son experiencias comunes a la juventud de cualquier época. Al situar estos temas en el contexto de los 80, Muñoz Álvarez logra crear una resonancia particular con quienes vivieron esa década.
La novela también reflexiona sobre el paso del tiempo y los cambios que experimentamos a medida que envejecemos. Esta temática universal permite que lectores de diferentes edades se identifiquen con los personajes y sus reflexiones.
Booktrailer
A la venta en LcLibros
jueves, 25 de julio de 2024
FRENESÍ GÓTICO (y los Maestros antiguos)
También por aquella época, a mediados de los años 80, deslumbrado por Los Mitos de Cthulhu, comencé a escribir mis primeros relatos... Me veo ahora bajo el flexo de mi escritorio intentando trasladar mis ensoñaciones y quimeras al papel, desesperándome por encontrar la palabra justa y el ritmo adecuado, enfrentándome a mis primeros retos y esforzándome en emular torpemente a mis viejos maestros... Todo lo cual daba como resultado una prosa barroca y retorcida, anacrónica a más no poder, truculenta, romántica y gótica, pero que a mí me parecía en aquellos días visionaria y tremenda... Lógico, por supuesto, teniendo en cuenta mis lecturas de entonces: Poe, Maupassant, Hoffman, Huysmans, D'Annunzio, Lautréamnot, Baudelaire, Wilde, y la trinidad gótica por excelencia: Horace Walpole, con El castillo de Otranto, Matthew Gregory Lewis, con El Monje, y Charles Maturin, con Melmoth el errabundo... Lecturas todas, por supuesto, magníficas e imprescindibles, pero quizás no las más adecuadas para escoger como modelo de iniciación a la escritura a finales del siglo XX... No importaba, lo cierto es que ya comenzaba a sentir cada vez más arraigado el impulso de expresarme por escrito y trasladar mis fantasías al papel, y me aplicaba en aprender los rudimentos básicos del oficio, cómo construir una historia, perfilar los personajes, montar los diálogos, describir los paisajes, cómo desarrollar la trama y ponerla fin, utilizando manuales de estilo, apuntándome a talleres literarios por correo (postal) y leyendo frenéticamente, todo por la causa, lograr algún día escribir como aquellos maestros que tanto admiraba (sin sospechar que muchos años después, una vez leído y asimilado aquello, lo iba a desmontar todo dentro de mi cabeza y a construir del caos resultante mi propia poética)... De aquel entonces, entre los dieciocho y los veintipico, en pleno frenesí gótico, datan mis primeros relatos, que conservo como oro en paño en viejas carpetas: Mirella, La transmutación, Despertar de Otoño, La casa del olvido, La danza de las Xanas, etc, etc... Sólo por los títulos podéis ya imaginaros de qué iba la cosa: una prosa recargada y obsoleta, farragosa y absolutamente infumable... Pero allí en cualquier caso estaba yo, aprendiz de poeta, emborronando y rompiendo como un poseso cuartillas, entregándome al oficio como a un ritual y dándolo todo para lograr llegar a ser algún día un verdadero escritor...
Vicente Muñoz Álvarez,
de Regresiones
Nueva edición ampliada en LcLibros:
jueves, 23 de mayo de 2024
ESTE ES MI HIJO (Que estudió Derecho y se torció por el camino)

Acostumbrado a la férrea disciplina de los PP. Agustinos durante más de una década (desde los cinco a los diecisiete años: de párvulos a selectividad), la Universidad, donde no era obligatorio ya ir clase y se podían conseguir sin dificultad los apuntes, fue una especie (otra) de liberación... Apenas pisé el Campus el primer curso, después de asistir a algunas clases y aburrirme como nunca antes, ni siquiera en el colegio, lo había hecho... Oh, la Facultad de Derecho, qué rancio aroma a podrido, qué compañeros más austeros y formales y anodinos (a diferencia de los de Biológicas o Veterinaria, mucho más hippies y enrollados), qué jerga tan imposible, la jurídica, qué asignaturas tan densas y tediosas (Romano, Natural, Político, Civil), qué complicado me resultaba entenderlas y, lo más importante (en realidad lo único importante), memorizarlas... Eran los tiempos, además, de Veredicto final y la Movida y la noche leonesa, y de mis primeros amores e intensas lecturas e intentos de escritura, y me planteé muy seriamente dejarlo... Pero el caso es que, más por no contrariar a mi familia que por ninguna otra cosa, no lo dejé, y contra viento y marea seguí allí, en la Facultad estudiando Derecho, hasta que siete años después, con muchos desvelos y resacas a cuestas, obtuve la licenciatura... Todo ello para tirarlo todo por la borda tiempo después, tras otros tres años de preparar oposiciones y hacer la P.S.S. (Prestación Social Sustitutoria: de la mili) y ponerme a vender zapatos con mi padre... “Este es mi hijo, que estudió Derecho y se torció por el camino”, solía decir para presentarme a los clientes las primeras campañas, y yo me lo tomaba muy a pecho y le decía que no era verdad, que sí había terminado Derecho y que eso no era exactamente torcerse por el camino... Más bien, pienso, me enderecé, comprendí que ese, el Derecho, no era mi mundo ni espíritu, y decidí, como desde entonces he hecho siempre, seguir mi propio camino...
Vicente Muñoz Álvarez,
de Regresiones
Nueva edición ampliada en LcLibros:
martes, 12 de marzo de 2024
H.P. LOVECRAFT (Y la Llave de Plata)
Fue sin duda H.P. Lovecraft el autor con el que definitivamente me enganché a la lectura, a los dieciséis o diecisiete años, fascinado por los Mitos de Cthulhu y sus relatos de horror cósmico... Hubo antes algunos otros: Edgar Allan Poe (y muy en especial La Caída de la Casa Usher, que desde entonces he releído docenas de veces), Jack London, Joseph Conrad, Emilio Salgari, Robert Louis Stevenson, etc, pero fue Lovecraft el que me contagió por primera vez de literatura hasta el tuétano, sus sorprendentes y tenebrosos relatos, su estilo anacrónico y su prodigiosa imaginación, aquellas ciudades enterradas o sumergidas, su panteón de divinidades impías, los Primigenios y los Arquetípicos, el Necronomicon, el Árabe loco Abdul Alhazred, sus héroes melancólicos y solitarios, sus conjuras contra la Tierra, sus mutaciones y transformaciones, sus visiones y sueños, su matemática no Fue sin duda H.P. Lovecraft el autor con el que definitivamente me enganché a la lectura, a los dieciséis o diecisiete años, fascinado por los M euclidiana, sus seres híbridos y deformes y su aversión por el mar... Devoré en poco tiempo todos sus libros y comencé a la par a abordar a otros autores del círculo, Arthur Machen (inolvidables El gran dios Pan, El polvo blanco o La colina de los sueños), Algernoon Blackwood (escalofriantes Los sauces y Antiguas brujerías), August Derleth, Lord Dunsany, Ambrose Bierce, etc, que a su vez me fueron llevando a otros autores y círculos, del simbolismo al decadentismo (con J.K.Huysmans y Al revés, otro libro que me deslumbró, como principal exponente) y después al minimalismo y al realismo sucio y a la literatura beat y a Céline y a Thomas Bernhard y a Carlos Castaneda (santísima trinidad), y así sin parar, de libro en libro y de autor en autor, hasta el día de hoy... Uno de los ensayos de Lovecraft en concreto, El horror en la literatura, se convirtió por aquel entonces en mi libro de cabecera, un catálogo impagable de autores y obras imprescindibles del género, con el que accedí a docenas de apasionantes lecturas... Y algunos de sus relatos grabados a fuego en mi mente: El ser en el umbral, La ciudad sin nombre, El templo, Las ratas de las paredes, Las montañas de la locura, Los sueños de la casa de la bruja, La llave de plata (con la que estas regresiones tienen tanto que ver), etc, etc... Cuántas apasionantes veladas con aquellos libros (casi todos de Alianza) ajados por el uso en mis manos, encarnado en sus personajes y empapado de horror cósmico hasta la médula, mientras en el colegio, contraste absoluto, estudiábamos a Góngora y Quevedo y El Cantar del Mío Cid, lecturas que, muy al contrario, provocaban en los alumnos tedio y rechazo... Pero en mi caso daba lo mismo, Lovecraft lo había conseguido, me había ganado para la causa, yo era ya un lector empedernido, quimérico y soñador, que además comenzaba por simpatía hacia los autores que admiraba a escribir sus primeros relatos, y nada me iba ya a separar del camino de la Literatura... Gracias H.P.L. por haberlo logrado...
Vicente Muñoz Álvarez,
de Regresiones
Nueva edición ampliada en LcLibros:
viernes, 9 de febrero de 2024
MICROSCOPIOS (La lente de diamante)
Los microscopios, en aquella época, otra de mis grandes pasiones... También debido al laboratorio de los PP. Agustinos, donde me topé con ellos por primera vez: mediados los años 70 el niño inquieto que hace cuatro décadas fui observando a través de aquellas lentes otros parajes y mundos... Aquella pasión infantil, aquella ilusión por las cosas a los, calculo, once o doce años, el descubrimiento de aquel laboratorio del que no me canso de escribir, lleno de todo lo que más me gustaba, animales disecados y acuarios y minerales y fetiches de tierras lejanas... Allí, en cada pupitre, teníamos nuestro microscopio, y allí observé por primera vez a través de una lente lo que mis ojos a simple vista no lograban captar: amebas, alas de mosca y de mariposa, tejidos de plantas y esporas, etc, etc... Como abrir la puerta a una realidad paralela (antes, mucho antes de leer a Castaneda), cómo me gustaban aquellas clases en el laboratorio, quizás de mis mejores recuerdos de tantos años encarcelado en aquel presidio, las prácticas de Ciencias Naturales en séptimo de EGB... Así, fascinado por aquella galaxia en miniatura, comencé a darle a mis padres la lata con los microscopios, hasta que conseguí que me regalaran el primero: un instrumento primitivo y tosco con el que comencé a vislumbrar otros universos, paisajes increíbles en pequeñas motas de polvo o de moho, lo sorprendente de cualquier tejido sintético o vegetal o animal, sus diminutos recodos y celdas y los secretos que, lejos de nuestra mirada ordinaria, escondían.... Pero no era suficiente, el aumento de aquel microscopio no me bastaba, y seguí insistiendo hasta que al fin me regalaron otro más potente... Y entonces sí, nuevas sorpresas, lo que antes solamente intuía pude verlo al detalle, gotas de sangre, glóbulos blancos y rojos, microorganismos de charca, cualquier cosa que se me ocurría la sometía a la mirada incisiva de aquella lente de cristal, siempre queriendo llegar más allá, más potencia, nuevas visiones, pero siempre, también, limitado por los aumentos del microscopio... Creo que en el fondo buscaba algo intangible, fuera del mundo, como vía de escape a la realidad tediosa y gris que vivía, sitios de poder, llaves que abrieran las puertas a dimensiones paralelas... Hasta que tiempo después, ya de adolescente, llegó a mis manos, en alguna antología de cuentos de horror, La lente de diamante, un inquietante relato de Fitz-James O'Brien, que fue para mí una revelación, aquella sorprendente historia de un joven obsesionado con la microscopía, que después de un pacto con el Diablo, se hace con el secreto de la lente universal y descubre, en el interior de una gota de agua, a su amor platónico, Anímula, la ninfa total, seductora, grácil y perfecta, musa en lo sucesivo de sus desvaríos... Y comprendí que algo así, lejos de la percepción sensorial, debía estar buscando yo ya de niño tras todas aquellas lentes, algo imposible y etéreo que se me iba a escapar siempre de las manos... Y aún más años después, ya rondando los treinta, la oscurísima y tétrica versión de ese mismo relato por Leopoldo María Panero en un memorable libro titulado El lugar del hijo, que fue otra de mis lecturas de cabecera, donde se daba una vuelta de tuerca más al cuento de O'Brien para terminar de desvelarme las claves subconscientes de aquella pasión infantil: perseguir el ideal, el espejismo y la perla, tras la apariencia cotidiana de las cosas... También en ello, pluma en mano, continúo...
Vicente Muñoz Álvarez,
de Regresiones
Nueva edición ampliada en LcLibros:
jueves, 1 de febrero de 2024
TABERNAS DE LA HAMMER
Tabernas de la Hammer en Portugal, eso sí que son regresiones, como volver a la España profunda, sobre todo en invierno, con niebla cerrada y en los pueblos y ciudades del norte (Almeida, Guarda o Viseu, por ejemplo), tabernas de la Hammer como en Transilvania, afuera el frío cortante y dentro el calor y la magia, todo onírico y evocador, como si la humanidad se hubiera extinguido y una estirpe de vampiros decadente lo hubiera invadido todo, tabernas de la Hammer como guaridas de súcubos e íncubos en tiempos de crisis, como satélites solitarios en la infinitud, oliendo a chanfaina y a grelos, a vino del Duero, algo siniestro y entrañable a la vez, la ciudad desierta, un libro en las manos, y petiscos y bacalaos y hospedarias y aguardentes en comedores decimonónicos, y lluvia intensa y oblicua y toros negros recortados en el confín y paseos como de ensueño de opio y esas entrañables tabernas donde repostar refugiándose del temporal y del frío, con sus cubas añejas, sus mesas diminutas, jarras colgando, animales disecados, ese silencio en el alma, esa saudade y esa quietud... Y la sangre siempre que es vida, bálsamo eterno para el corazón...
Vicente Muñoz Álvarez,
de Regresiones
Nueva edición ampliada en LcLibros:
miércoles, 17 de enero de 2024
VOLVER AL COLINÓN
Todo empezó con los Cardiacos, el mítico grupo leonés, y aquella cinta de casete titulada Las discográficas no dan la felicidad, editada en 1979... Yo tenía entonces catorce años y escuché cientos de veces aquellos temas, Salid de noche, Volver al colinón, Chicas de Burda, Noches de Toisón, Lo tienes claro, hasta sabérmelos mejor (mucho mejor) que el padrenuestro... Hasta entonces había escuchado clásicos del rock progresivo, Pink Floyd y Deep Purple, sobre todo, algo de heavy y de rock, y por supuesto a los Beatles y a los Rolling y a Elvis, siempre presentes (además de a los cantautores antisistema de turno, Paco Ibáñez, Serrat o Moustaki, con los que nos bombardeaba a todas horas en casa mi hermana), pero a ningún grupo español del momento que, a mi juicio, mereciera realmente la pena... Y entonces aparecieron ellos, los Cardiacos, con aquel formidable casete, que para mí (y para muchos otros de mi generación) fue una auténtica revelación y la puerta a otros grupos de la entonces incipiente Movida... Poco después, todos en tromba, fueron llegando Siniestro Total (y su irreverente ¿Cuándo se come aquí?), Gabinete Caligari (y su emblemático Que Dios reparta suerte, de mis favoritos), Loquillo y los Trogloditas, Kaka de Luxe, Brighton 64, Los Elegantes, Pistones, Polanski y el Ardor, Derrribos Arias (con su inolvidable Poch a la cabeza), Sindicato Malone, La Frontera, Decibelios (Oi! Oi! Oi!), Glutamato Ye Ye o Los Ilegales, y por encima de todos ellos, Parálisis Permanente, con Ana Curra y Eduardo Benavente al frente, que se convirtieron en mi grupo de cabecera (quizás de un modo premonitorio de varias otras cosas: el haberles escuchado en su último bolo en La Tropicana, año 1983, justo antes del trágico accidente que le costó la vida a Eduardo; el descubrimiento, años después, de El Canto de la Tripulación y la poesía de El Ángel, decisiva en mi formación; y mi amistad reciente con Ana a raíz del último número de Vinalia Trippers, Spanish Quinqui)... El caso es que, volviendo al tema en cuestión, allí estaba de lleno metido yo, principios de los 80, con quince o dieciséis años, yendo a ver a todos aquellos grupos a La Madrágora y La Tropicana, y descubriendo fascinado la noche leonesa... Aunque para hacerme con aquellos discos cometiera, algo muy habitual en mí, un irreparable error: vender todos los anteriores (joyas que luego he echado de menos e incluso he llegado de nuevo a comprar) en el Rastro a precio de saldo, y también las colecciones de cómics de superhéroes y muchas otras cosas que ya ni recuerdo, todo por la causa, para mí entonces sagrada, de la Movida... A ella, desde mi cada vez más efervescente ciudad, me lancé de cabeza, pertrechado de boogies y patillas largas, y montando mi propio grupo, Veredicto Final, mezcla de ska y rock and roll y lo que nos saliera, con el que disfruté aporreando la batería de muchas psicotrónicas aventuras..
Vicente Muñoz Álvarez,
de Regresiones
Nueva edición ampliada en LcLibros:
martes, 2 de enero de 2024
SALONES RECREATIVOS (Rituales de iniciación)
Salones recreativos en el León de finales de los años 70, con sus mesas ajadas de billar y de ping pong y sus futbolines y máquinas primitivas de pinball, salones recreativos en los que me crié, con sus jefes (siempre de mala hostia y una riñonera de cuero llena de monedas en la cintura), sus matones y gorrones y pardillos y buscavidas, sus pequeños ambigús y lolitas y tribus y pandillas... El México, en una bocacalle de Ordoño II (Territorio visón), el Parque, en Bernardo del Carpio, el Charly, en Julio del Campo, el Picos (luego Tijuana), en Villa Benavente, y otros muchos cuyo nombre ya no recuerdo en cada barrio, en Pinilla, en el Crucero, en Las Ventas (Territorio comanche), en San Claudio y en San Mamés... Salones recreativos de la era predigital, adictivos y peligrosos, aquellas interminables partidas en viejas mesas de billar con los tapetes zurcidos y descoloridos, los palos astillados, las luces macilentas, las máquinas de una y cinco y finalmente (ya en los 80) de veinticinco pesetas, las veces que te tragaban la moneda, el jefe renegando abriéndolas y arreglándolas y dándote cambio, los mirones apostados a los lados comentando las jugadas, los manguis tramando siempre algún palo, las jukebox con los éxitos de la temporada (Los Chunguitos, Las Grecas, Georgie Dann, Los Brincos, Los Bravos, Daniel Magaz, Tequila, Fórmula Quinta, etc), el olor a ambientador barato, los perritos acartonados y las hamburguesas, las hostias (como panes) entre pandillas, las carteras y carpetas con los ídolos de turno, las colillas y cáscaras de pipas tapizando el suelo, los cigarrillos sueltos, el humo asfixiante, los camellos y yonquis y trapicheros... Salones recreativos de mi adolescencia, mundos paralelos con códigos y leyes propias, cuántas horas en sus máquinas intentado dominar sus técnicas, luchando por conseguir una partida gratis o una bola extra, cuántas monedas e ilusiones perdidas, atardeceres opresivos de la dictadura y festivos de la Transición, besos robados, cigarros compartidos, conjuras y venganzas y confidencias y luchas de tribus y clases... Vaya graduación...
Vicente Muñoz Álvarez,
de Regresiones
Nueva edición ampliada en LcLibros:
jueves, 23 de noviembre de 2023
RARO Y EXTRAÑO (Esperando a Godot)
Realmente raro y extraño todo: la poesía, el trabajo, la vida, el amor y el desamor, realmente extraños... Cómo se suceden los ciclos, las estaciones, las grietas y los conjuros... Pero a la vez, también, realmente dulce el camino, los gestos y las sonrisas... Realmente extraño todo, esta noche oscura del alma que me atraviesa ahora mismo la piel... Todo me parece raro y extraño, pero hay cosas que dulcifican el viaje, esperando a Godot, esperando a Godot... Y así pasa la vida, no entendemos casi nunca nada, la penumbra lo envuelve todo, raro y extraño el camino, porque cuando más desesperado estás llega el milagro y cuando más iluminado estás vuelve el naufragio... La noche es rara y devora la piel, la piel es extraña y acoge o rechaza, es rara la vida y somos todos extraños, los unos para los otros, nosotros para nosotros, pero al borde del abismo, desde galaxias lejanas, algo o alguien vela siempre por ti... Todo raro y extraño, extraño y raro el viaje, y el corazón, bajo las costillas, latiendo como un pez abisal, todavía...
Vicente Muñoz Álvarez,
de Regresiones.
Nueva edición ampliada en LcLibros:
miércoles, 27 de septiembre de 2023
FIESTA DE LOS MANIQUÍES
Siniestros maniquíes de los años 70, hieráticos y lascivos, hipnóticos y seductores, rígidos y tentadores, maniquíes de tiendas de saldo y peluquerías de barrio, perversos maniquíes enquistados en mi cabeza... Pienso ahora en aquellos años, cuando era niño, y directamente me vienen a la memoria, como una metáfora de aquel régimen represivo, inmovilista y podrido, clavando sus ojos penetrantes en mí, sumisos y suplicantes, aquellos maniquíes inquietantes y aquella melancólica canción de Serrat, De cartón piedra (sobre todo un fragmento: no era como esas muñecas de abril, que me arañaron de frente y perfil, que se comieron mi naranja a gajos, que me arrancaron la ilusión de cuajo), que recurrente y asociada siempre a ellos resuena en mis oídos una y otra vez... Maniquíes tenebrosos de El diablo se lleva a los muertos y Maniac, de El asesino de muñecas y Todos los colores de la oscuridad, de Trampa para turistas y El beso del asesino, o excitantes y voluptuosos maniquíes de No es bueno que el hombre esté solo y Tamaño natural... Maniquíes gimiendo y llorando y suplicando en mi subconsciente, su mirada nostálgica, su tristeza infinita, sus pestañas postizas, sus labios rojos y aquella estremecedora canción (yo le hablaba de nuestro futuro, y ella lloraba en silencio, os lo juro) sonando como un réquiem dentro de mi cabeza...
Vicente Muñoz Álvarez,
de Regresiones
Nueva edición ampliada en LcLibros:
lunes, 4 de septiembre de 2023
REGRESIONES en REVISTA QUIMERA
Vicente Muñoz Álvarez regresa a los lugares comunes de su infancia, adolescencia y juventud a la búsqueda de los materiales con los que forjó su carácter y la forma personal que tiene de entender la vida. Regresiones no es una sucesión de historias o anécdotas de aquellos tiempos, es mucho más que eso. Con un estilo visceral, Vicente Muñoz Álvarez trascribe sobre el papel lo que le llega al recuerdo de lo que entonces era su vida. Y lo hace en forma de pequeñas píldoras, de dosis medidas pero llenas de intensidad. Se suceden las enumeraciones de lugares, de amigos, de garitos, de bandas, de lecturas, de momentos que le hicieron ser como es, añadiendo una nueva pieza al puzle personal que contiene en el interior: el puzle de su alma.
El edificio siniestro que provocaba las más terribles pesadillas, las noches de sábado viendo el festival de Eurovisión, aquél juguete que le permitió saber que la imaginación no tiene límites, la crueldad de la manada frente el niño diferente, los severos correctivos en el colegio religioso, televisión española y UHF, Historias para no dormir que conseguían su perverso efecto, el poder de viajar más allá de las estrellas sin salir de la habitación, la fascinación por las rocas y los animales de acuario, la atracción por el horror, la curiosidad satisfecha con un microscopio, el poder de los nunchacos, el hogar en los salones recreativos, pijos, frikis y manguis, revistas eróticas para adultos con las páginas pegadas, los irrepetibles y libertarios años 80, las bandas y la movida de León, los héroes salvajes que no tuvieron miedo a la aguja, las noches eternas, el estallido de la cultura subterránea, la universidad que huele a humedad frente a «aquí tengo una batería y ganas de golpear», el triste encanto del perdedor y el deseo de ser maldito, la fórmula secreta bajo la lengua, el poder de la amistad, cuarenta y dos maletas llenas de zapatos de un solo pie.
Las tres primeras partes del libro (La dictadura –estigma–, La transición –fiesta– y Los 80 –héroes–) son fogonazos de recuerdos no censurados que esconden las claves de lo que Vicente Muñoz Álvarez es hoy en día. La impresión que da el libro en una relectura es que nos dibuja con sus enumeraciones una figura interior que apenas está esbozada sobre el papel, pero que contiene todo lo necesario para identificarle. Como si fuese un iceberg, nos muestra un diez por ciento de su contenido para decirnos que abajo, detrás o dentro de él, está el noventa por ciento restante.
La cuarte parte del libro (Días extraños –temblor–) nos sitúa en la realidad del autor leonés en el momento justo de volcar sobre el papel los recuerdos durante varios meses del año 2014. Esta es la parte que justifica lo que ha llegado a su cabeza, el porqué de la búsqueda, la necesidad de agarrarse a algo, de tener una brújula que le oriente en el ciclo del cambio que está viviendo. Pero en realidad, Vicente Muñoz Álvarez lo que busca es reafirmarse a pesar de todo y de todos, y proclamar que sus valores (soledad, fidelidad, amistad, dioses de las montañas y del bosque, tribu, proyectos, escritura, literatura, verdad) son los que le hacen vivir y son los que le sacan del abismo, y que esos valores están dentro de los tres capítulos anteriores, que aquellos años estuvieron bien, que fueron vividos con intensidad, pero que por delante hay más madera que quemar porque faltan todavía muchas hogueras. «Perseguir el ideal, el espejismo y la perla, tras la apariencia cotidiana de las cosas… también en ello / pluma en mano / continúo.»
La huida hacia adelante, el exorcismo de la escritura de este libro, le afirma en su lucha «para evadirme del otro horror, el auténtico y verdadero: esta sociedad podrida que el hombre ha creado, la hipocresía, la política y el capitalismo…»
A modo de colofón se añade una quinta parte al libro (Coda), donde los amigos de entonces narran historias en las que el autor leonés es actor principal, y que contienen los valores y los lugares comunes que Vicente Muñoz ha mencionado anteriormente, entretejiendo y reafirmando las sensaciones del autor, cerrando el círculo de forma perfecta.
Como dice Julio César Álvarez en el prólogo, Regresiones es «un canto al tiempo que no volverá. De ahí su increíble magnetismo.»
Al fin y al cabo la vida se compone de regresiones, de tensiones no resueltas.
Esteban Gutiérrez Gómez,
en Revista Quimera Nº 380-381, Julio 2015.
Nueva edición ampliada en LcLibros:
viernes, 25 de agosto de 2023
MIXTURA (De blues)
Mézclalo todo dentro de ti, tus sentimientos, tu vida y pasión, tu pasado y tus experiencias, tus regresiones y fantasmas y miedos, tu ira y tu felicidad, las personas que has amado y las que te han amado a ti, lo que queda ya atrás, mezcla literatura y música, poesía y cine, sequía y lluvia, amor y desamor, arte y ensoñación, mezcla tus fobias, obsesiones y recuerdos, infiernos y cielos, los 70 con los 80 y los 90 también, mézclate tú con ello, intégrate y disgrégate, tus amigos de hoy y los de ayer, los corazones que te iluminaron, los cuerpos que te dieron placer, las pieles que acariciaste, las que te hicieron sufrir, lo que hay y lo que fue... Y luego quédate con la esencia, lo que eres aquí y ahora, estos latidos, este presente, este momento... Hora, por tanto, de arrancar de nuevo...
Vicente Muñoz Álvarez,
de Regresiones
Nueva edición ampliada en LcLibros:
jueves, 17 de agosto de 2023
"REGRESIONES": LA RECUPERACIÓN DE UN TIEMPO QUE NO VOLVERÁ
Además de editor, Vicente Muñoz Álvarez (León, 1966), es un incansable cultivador de la entera gama genérica: poesía, narrativa corta y larga, ensayo. Un escritor esponja o todoterreno, como se considera él mismo. El pasado año publicó la “novela” de los años 70, 80 y 90 de la capital leonesa, en la que, con indudable acierto, amalgama su propia biografía y el retrato de su generación, reflejados en el trasfondo, para la mayoría de los lectores poco conocido, de una ciudad: León. Un libro que era una deuda pendiente con su propia conciencia literaria, escrito desde una distancia temporal suficiente, que le otorga al escritor la necesaria perspectiva para valorar con criterio ajustado y al mismo tiempo relativista, los acontecimientos de aquellos años en la ciudad vivida, gozada o padecida, que de todo hay en cualquiera experiencia vital.
El libro es lo que dice el título: regresiones a los espacios de la infancia y de la juventud, sobre todo. Memorias de un superviviente en una ciudad gris, hecha color gracias a los comics, las viejas arquitecturas, los cromos y las teleseries, como se ha escrito.
Regresiones no es narrativa fácil de encasillar. Algo así como un híbrido entre novela y libro de memorias. Crónica de vivencias reales y sentimentales en la ciudad de uno: León, la de Vicente Muñoz Álvarez. Una crónica que echa a andar extrañamente con el primer contacto con la muerte, en una tarde-noche invernal, a la edad de cuatro o cinco años, con una terrible sensación de náusea y desconsuelo, tras escuchar de sus padres qué era morir. A continuación, una medida sucesión de secuencias vivenciales en las que el escritor recupera su infancia, vivida y soportada con inocencia infantil durante la dictadura: los sabores de las manzanas de caramelo de los años 70; los juguetes que desarrollarían sus tendencias ensoñadoras; el intercambio de cromos al pie de la Casa Botines, el palacio mítico y tenebroso donde se instalan los abuelos, y que retorna con frecuencia en estas regresiones; la particular Casa Usher del niño al lado del siniestro cine Mari, siempre presente en las pesadillas del escritor y germen de la afición por la literatura y cine de terror; la deuda pendiente con el colegio de los Agustinos y su terrible dinámica educacional; las series de televisión, partes entrañables de una educación sentimental; la fascinación por Cría cuervos, la película de Saura que “me traslada empáticamente a otro mundo y tiempo, una infancia/adolescencia de penumbra imprecisa” (página 51), con el tristísimo tema de Jeanette Por qué te vas, que se instalará para siempre en su corazón; los terrores difícilmente asimilables en la infancia, como los que le generó la casona de la descuartizadora del Portillo.
Las recuperaciones de la “fiesta” de la Transición, para los adolescentes de entonces con el desmadre del punk, el destape, el cine alternativo, el underground… y la Pura Vida (Movida). Y los ojos del adolescente que navegan todavía por un maravilloso mundo poblado de tritones, salamandras, monos marinos…E incontables héroes y superhéroes que, más que ninguna otra cosa, serán lo que deje en el cerebro adolescente la llamada Transición. También la lluvia de aquellos días percibida desde la penumbra de las aulas y pasillos del colegio frailuno, “metáfora del tedio infinito”; los festivales de Eurovisión, “sangre para la máquina de la dictadura, nueva carne para la de la Transición” (página 83); aquellos primeros latidos de cine erótico y pornográfico que disipaban la libido de la pandilla de adolescentes; las revistas que rulaban cargadas de lujuria por las manos adolescentes; el inicio cabrón en la vida adulta.
Y con los 80, la explosión de la Movida que en León comenzó con los Cardiacos. Y acto seguido llegarían en tromba incontables grupos que atruenan la noche leonesa e imponen los acordes de la iniciación musical del autor; el enganche a la lectura con H. P. Lovecraft y el inicio de la escritura de los primeros relatos también bajo el influjo del gran innovador del relato de terror.
Y así, regresión tras regresión, Vicente Muñoz Álvarez, desocupa el baúl de sus recuerdos y visibiliza, para todos aquellos que nos acercamos a las páginas de este libro, lo que fue su despertar a la vida, su educación, también la sentimental y, en el último capítulo, Días extraños, lo que sería una apuesta suicida por la literatura. En una Coda final veinte escritores y músicos de la generación del escritor nos ofrecen su testimonio de lo vivido y de lo compartido.
Un libro pues de recuperación del tiempo ido, de “los tiempos maravillosos y lejanos que (salvo en mis regresiones) no volverán” (página 33). Escrito con tonalidad nostálgica, aunque al autor no le guste ese estado de ánimo escritural, pero sobre todo con mirada lúcida, evocadora, en un plausible ajuste de cuentas con los héroes y mitos personales del escritor, desde un tiempo que emerge de la dictadura, pero que muy pronto se transforma en un espacio mucho más abierto, libertario y creativo que el actual.
Libro eminentemente leonés, escrito con un estilo de prosa intenso, a veces furioso, esponjoso y dilatado siempre, y que, no obstante su localismo, no desagrada a aquellos lectores capaces de disfrutar con las recuperaciones vivenciales, escritas desde una cruda honestidad. Porque todos o casi todos nos hemos iniciado a la vida padeciendo y gozando de las mismas caricias y de similares cicatrices.
Francisco Martínez Bouzas
Nueva edición ampliada en LcLibros
viernes, 30 de junio de 2023
SESIONES DE ESPIRITISMO (A medianoche me llevaré tu alma)
Sobre las lápidas de las tumbas del cementerio de Mirantes de Luna, a medianoche, hacíamos espiritismo... La instigadora y médium de la pandilla era Chavela, alta, mística y desgarbada, aficionada a la magia y a la brujería e influenciada por el Doctor Jiménez del Oso, que por aquel entonces, finales de los años 70, presentaba en la televisión un programa de parapsicología titulado Más allá... Después de cenar con nuestros padres en el camping del Náutico, nos reuníamos en la fuente y ascendíamos la pronunciada cuesta que desde las ruinas de Mirantes (abandonado desde los años 50 debido a la construcción del embalse), por un camino de piedra entre las sabinas, conducía al viejo cementerio... Y allí, en aquel siniestro camposanto, a la luz de la luna y las velas, organizábamos las sesiones... Chavela, medio en trance, colocaba alrededor de un vaso, sobre una lápida, las veintisiete letras del abecedario recortadas en papel, nos pedía que entrelazáramos en círculo nuestras manos, colocaba el dedo índice sobre el vaso e invocaba con los ojos entornados a los muertos... Y entonces, a veces lentamente y otras a toda velocidad, dependiendo de la intensidad de su trance, el vaso comenzaba a moverse en espiral, señalando letras y componiendo amenazadoras palabras... Doce o trece años tendríamos entonces, aquellas noches de verano en el pantano de Luna, con el cielo sembrado de estrellas, las luciérnagas destellando entre los arbustos y los grillos cantando a nuestro alrededor, y allí, en aquel cementerio olvidado, realizábamos las sesiones... Casi siempre de guasa, es cierto, pero alguna que otra vez, también, amedrentados por las palabras que los espíritus nos iban revelando: quién y cuándo y cómo, por ejemplo, iba a fallecer primero, tendría una enfermedad o accidente, y lo más habitual, dónde estaban nuestros familiares muertos... A medianoche me llevaré tu alma, me llevaré tu alma, recuerdo que susurraba Chavela con voz cavernosa a menudo, para caldear el ambiente cuando veía que nos reíamos o no estábamos concentrados, y nosotros, entonces sí, nos cagábamos de miedo al escucharla... Aquellas palabras (que eran el título de una pavorosa película de José Mojica Marins) sí que nos daban miedo (y ella lo sabía y utilizaba), aquella lúgubre amenaza entonada como un mantra en la noche, no el vaso (manipulado descaradamente por ella) ni las profecías impostadas de los muertos ni las lápidas roídas del cementerio, sino aquellas ominosas palabras, a medianoche me llevaré tu alma, me llevaré tu alma, que aún resuenan en mi memoria, y seguramente en la de todos mis compañeros...
Vicente Muñoz Álvarez,
de Regresiones
(LcLibros, 2022)
domingo, 11 de junio de 2023
PARCHE (Estigma)
Me acordé de él el otro día, revisando esa joya del cine de culto titulada Thriller: A cruel picture (en la que se basó Tarantino para crear Kill Bill), al ver a Christina Lindberg, la protagonista, con un parche negro en el ojo... Recordé entonces al niño que a comienzos de los años 70 fui y el parche que tuve que llevar durante algún tiempo debido a un estrabismo infantil galopante, aquel parche en mi ojo izquierdo (el derecho, verde y nublado de tristeza) que me estigmatizaba y obligaba a dar a todo el mundo explicaciones, en el colegio sobre todo, y a soportar las mofas y burlas de mis compañeros de clase, desde entonces oveja negra del redil... Aquel parche redondo y negro como el fin de la noche, que con todo el cariño del mundo mi madre me hizo, parche de pirata, de lacra, de disidente, parche de paria... No tengo fotos con él, por desgracia, pero nunca lo olvido... En realidad, pienso, llevo todavía aquel parche en mi subconsciente, siempre ha estado ahí, solo que ahora me gusta llevarlo, ahora disfruto del estigma y la lacra, me singulariza entre el rebaño y me hace plenamente consciente de mi condición... Pero no entonces, a comienzos de los 70, con apenas cinco años, en aquella sociedad clasista e hipócrita, entre todas aquellas pirañas que buscaban con lupa cualquier debilidad o imperfección para lanzarse ávidamente a devorar a sus presas... Luego, tiempo después, no sé cómo ni dónde, mis padres consiguieron unas gafas de pasta con uno de los dos cristales ahumado, el izquierdo, que mejoraron un poco, solo un poco (seguían siendo de friki total, la verdad sea dicha) la situación y me ayudaron a corregir progresivamente y con paciencia aquel defecto en la vista... Hasta que con el paso de los años no tuve ya necesidad de llevar gafas, mi ojo estrábico pasó a ser solo vago, mi carácter se hizo fuerte y mi corazón rebelde, comencé a sacar partido de la diferencia y a creer cada vez más en mí, a enfrentarme a la vida y al mundo con la cabeza bien alta y a estar orgulloso de no ser como el resto... Quizás, pienso, fuera aquel parche en gran medida el causante de ser como soy, de no haber comulgado nunca con la mayoría y de ir siempre a tientas por la línea de sombra, buscando infatigable mi propio destino...
Vicente Muñoz Álvarez,
de Regresiones
(LcLibros, 2022)
martes, 6 de junio de 2023
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