LÁGRIMAS EN LA LLUVIA.
LOS CUENTOS CRUELES DE VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ
Si han llegado ustedes hasta aquí, atravesando las páginas que me preceden, ya habrán notado que, ahora, no son exactamente las mismas personas que abrieron la cubierta de este volumen. Atravesar los tres libros que lo forman: Perro de la lluvia, Los que vienen detrás y El merodeador, es atravesar también junto a su autor, Vicente Muñoz Álvarez, un territorio minado, un devenir en el tiempo y el espacio sembrado de trampas, de agujeros negros, de zonas (o interzonas) prohibidas, donde nuestra mente puede perderse y, quizás, quedar atrapada para siempre.
Los cuentos de Vicente Muñoz Álvarez no son inocentes artefactos literarios para pasar el rato —aunque, por supuesto, sirvan perfectamente para ello— son perlas a veces ensangrentadas cuyos destellos iluminan, siquiera brevemente, el lado oscuro de la experiencia y el ser humanos. En este sentido, se inscriben en la gran tradición del relato corto bien temperado para conseguir con el mínimo número de páginas, párrafos y frases, el máximo impacto en el lector desprevenido. Aquí se nota, también, que su autor es un poeta y conoce el valor de cada palabra, su peso simbólico y real, así como el de cada coma, cada punto, cada inspiración y exhalación, cada repetición y cada acento, para crear un ritmo interno en el texto que no solo acompaña lo narrado, sino que es también parte orgánica de la narración misma.
De Edgar Allan Poe, gran teórico y práctico del cuento moderno, a Raymond Carver, depurador de la realidad más sucia hasta dejarla limpiamente ante nosotros, ese lector omnívoro e insaciable que es Vicente Muñoz Álvarez ha aprendido y asimilado, que no imitado, la mejor técnica narrativa de los grandes y pequeños del género. Ese género aparentemente tan poco querido por muchos lectores actuales, que tan poco y mal parece venderse y que tanto cuesta hacer bien de verdad, aunque muchos crean lo contrario: el cuento corto. Pese a Poe, pese a Borges, pese a Chejov, Bierce, Gogol, Cortázar, O. Henry, Merimée, Dorothy Parker, Maupassant, Bradbury, Jean Rhys, Bioy y tantos otros y otras que encontraron en la distancia corta su ideal y el nuestro como narradores, hoy el cuento no goza de las simpatías de editores ni lectores.
Signo de los tiempos que vivimos y contra los que se rebela, como bien puede colegirse de su lectura, nuestro autor. Por el contrario, la brevedad, la concisión, la frase corta y la expresión justa, son el arsenal con el que Vicente Muñoz Álvarez desarma al lector y le deja frente a la verdad desnuda. Una verdad dura, dolorosa e incluso cruel, pero también por ello mismo catártica, justa y necesaria.
De una primera parte conformada por cuentos netamente crueles, donde el autor deja correr libremente la imaginación sadiana más perversa, salvaje y gráfica, jugando con el terror sangriento, la pornografía del dolor, la ciencia ficción distópica y el ahora tan de moda body horror, un Muñoz Álvarez bien conocido también por sus querencias cinéfagas de culto y amor a la pulp fiction, ofrece un cóctel extremadamente extremo y personal de Clive Barker, Cronenberg, Brett Easton Ellis, Marina de Van, el hard boiled americano, Kafka, William Burroughs, Boris Vian, y demás hierbas rojas, decadentes y despiadadas, para desnudar no tanto su mente enferma como la nuestra, pues de esta exhibición de atrocidades digna menos de Ballard que de Kraft-Ebbing, que se pinta en nuestra imaginación con los colores falsamente ingenuos de ese otro leonés desabrido, genial y virulento que es Miguel Ángel Martín, no puede sino derivarse una conclusión no por oscura menos cierta: en toda «buena» persona anida un asesino, un perverso pervertido, un psicópata sociópata, un perturbado fetichista, es decir: una «mala» persona. Pero, ojo, no en toda «mala» persona anida una persona «buena». No hay redención: solo placer y dolor, a menudo convertidos en uno y lo mismo.
De ahí, pasamos a un interludio donde, como señala José Ángel Barrueco en su prólogo, reina un cierto realismo sucio, amparado por el estro de Carver, pero hacia el que apuntan también algunas facetas de otros autores de influencia admitida y muy queridos por el propio autor: Henry Miller, Charles Bukowski, Jack Kerouac —y con él la insoslayable presencia fantasmal de la beat generation al completo—, Joseph y Philip Roth e incluso reminiscencias de Hemingway, Nathanael West o Sherwood Anderson, así como de Hammett, Chandler, Horace McCoy y los maestros de la original novela negra americana, que tanto y tan cerca están del propio realismo usamericano, sucio o no. Todo ello pasado por la trituradora de lo kafkiano, pero no tanto como influencia literaria en sí como en la mucho más personal y dolorosa esencia de una experiencia, una percepción kafkiana del mundo moderno, con toda su deshumanización, consumismo, corporativismo, mediocridad y adocenamiento, sonido y furia embrutecedores y esclavizantes.
Inevitable, pues, que la tercera y última parte, que puede entenderse también como una novela corta en la que cada relato funciona de forma perfectamente independiente tanto como a la manera de breves capítulos de la misma, sea ya una suerte de autoficción (ese inclasificable animal que ahora también todos los creadores tienen de mascota, a menudo famélica y maltratada), donde narrador y escritor, personaje y persona, se funden y confunden a través de una poética sucesión de estampas psicológicas, instantáneas cotidianas y momentos dramáticos, travestidos en angustiosa confesión existencial por una prosa en primera persona, implacable consigo misma, que exhibe desinhibidamente sus debilidades, fallas, torpezas, errores y absurdos, su angst y su pathos, utilizando una serie de acordes narrativos que recorren todo el espectro (nunca mejor dicho) de los sentimientos más enfermizos, mórbidos y depresivos que pueden hacer mella, y a menudo la hacen, en el espíritu demasiado sensible del artista, del escritor, del creador... o de quien al menos intenta serlo por auténtica e íntima necesidad.
Bajo la sombra de Thomas Bernhard —autor favorito también de Thomas Ligotti— la experiencia vivida del autor se ficcionaliza convirtiéndose en pesadilla obsesiva, digna a veces de algún atormentado personaje de Poe, como el hipersensible Roderick Usher, perseguido y acosado por pasos invisibles, maullidos de gatos agonizantes, ruidos callejeros, ladridos en la noche y, sobre todo, por el irreprimible, inasible, indomable ir y venir de una mente inquisidora e inquisitorial, incansable, que no puede parar de pensar y de pensarse, de elucubrar, torturarse y buscar respuestas a preguntas que no las tienen ni tendrán nunca. Una pesadilla eternamente insomne que muchos de los que nos dedicamos, de una u otra forma, a la creación literaria y artística sabemos más real que el peor de los fantasmas góticos de M. R. James o de los dioses arcanos de Lovecraft. De la crueldad inicial del autor para con sus personajes y lectores, pasamos a una no menos despiadada crueldad final consigo mismo, de una sinceridad desarmante, que no duda en desnudar su alma, sus miserias y sus miedos. Una visión implacable, construida sobre el tambaleante edificio del existencialismo de Sartre y el absurdo kafkiano de lo familiar y cotidiano, contra los que nuestro autor/narrador/personaje lucha aferrándose desesperadamente a la metafísica chamánica de Castaneda, a la espiritualidad de Osho y la práctica del yoga, pero que quizá solo encuentre verdadero consuelo, finalmente, en el gesto redentor de devolver un delfín varado a las aguas del océano, salvándolo de una muerte cierta. Quizá nada de lo que haga el escritor, nada de lo que haga el artista, pueda compararse con ese simple, sencillo y al mismo tiempo trascendental gesto.
Los cuentos de Vicente Muñoz Álvarez, entre la pulp fiction y el realismo poético, entre la fantasía cruel y una cotidianidad no menos cruel, de engañosa prosa sencilla, clara y directa, producto de un depurado proceso de elaboración literaria que se adivina a veces doloroso y difícil, son una demostración a contracorriente — hijo de la contracultura, al fin y al cabo, pero de la de verdad, no de la que hoy se dice tal— del valor y la fuerza expresiva del relato en un mundo de pesados e interminables novelones, tan voluminosos como vacíos de significado. Sus cuentos son, sin duda, como lágrimas que se perderán en la lluvia… Pero esa lluvia nos empapa y nos cala, dejando en nosotros un poso real y verdadero, pasando a formar parte de nuestra experiencia y nuestra vida. Si ya has cruzado a través de sus mares de palabras, sabrás perfectamente a qué me refiero.
Jesús Palacios,
epílogo a Nunca volverá a ser ahora (Trilogía de la lluvia),
de Vicente Muñoz Álvarez
(Efe Eme Ediciones, 2026)
















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