viernes, 27 de diciembre de 2013

TRITONES & SALAMANDRAS (La extraña pareja)


fue también aquel curso, séptimo de EGB, cuando me hice con dos de mis más preciadas mascotas: un tritón (jaspeado) y una salamandra... el primero, el tritón, me lo regaló Don Julián, el profesor de Ciencias Naturales, después de hacerme prometerle que le cuidaría... se lo habían llevado al laboratorio unos alumnos y lo mantenía en un tarro de cristal, a la espera de encontrarle dueño... y ahí estaba yo, hipnotizado por sus pequeños ojos de fuego, su rugosa piel verde y negra y sus torpes movimientos, dispuesto a llevármelo a casa... me explicó cómo cuidarlo, Don Julian, construyéndole un terrario húmedo, reproduciendo su hábitat natural y alimentándolo a base de gusanos e insectos... y yo me lo tomé muy en serio (como casi todo a aquella edad) y le construí, siguiendo las instrucciones de un manual sobre anfibios, un terrario de madera y cristal, con ramas, cortezas, yedra y musgo, donde se sintió inmediatamente integrado, hasta el punto de atreverse pronto a comer de mi mano... le llevaba, sobre todo, lombrices de tierra, fáciles de encontrar, y se las acercaba a la boca con los dedos, hasta que aparatosamente, con un giro brusco del cuello, las atrapaba y las engullía... su compañera, la salamandra, llegó poco tiempo después... la encontré en una de mis excursiones al campo en busca de fósiles y minerales, en la garganta de Piedrasecha (también llamada Los Calderones, cerca de la Magdalena), en la orilla del río... más fascinante aún que el tritón, negra y amarilla, de piel gomosa y suave, con unos diminutos dedos palmeados, indefensa y conmovedora... y al terrario que me la llevé también, junto al tritón, para que le hiciera compañía... aquella extraña y bien avenida pareja en la terraza del salón de mi casa, ocultos siempre en sus cuevas, solícitos a mi llamada, cuánto les echo de menos... no sé calcularlo con exactitud, pero al menos siete u ocho años les tuve conmigo, hasta que la madera del terrario, por la humedad, comenzó a deteriorarse y finalmente a pudrirse y decidí devolverles al bosque... les llevé de vuelta a Piedrasecha y justo en el mismo sitio donde había encontrado a la salamandra tiempo atrás, les dejé en libertad... con sus torpes pasos lentos se perdieron bajo la hojarasca de la orilla del río y jamás volví a saber de ellos... aunque siempre pensé (o quise y quiero pensar, distorsionando como terapia el pasado y los sentimientos) que hubieran preferido quedarse conmigo... 

para ellos
este recuerdo


Vicente Muñoz Álvarez

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