jueves, 6 de febrero de 2014

TRÍO DE ASES en VALLADOLID


Vicente Muñoz Álvarez presentará este viernes una antología dedicada a Céline


En `El Descrédito. Viajes narrativos en torno a Louis-Ferdinand Céline´, una treintena de autores reflexionan sobre la obra de este polémico autor una vez transcurridos cincuenta años de su muerte

Laura Fraile, Valladolid, Jueves, 06 de Febrero de 2014

Para muchos es uno de los mejores autores del siglo XX, responsable de grandes obras como `Viaje al fin de la noche´ o `Muerte a crédito´. Para otros, es un autor a despreciar por su colaboracionismo durante la II Guerra Mundial con el régimen pronazi de Vichy. Él es Louis-Ferdinand Céline (1894-1961), un escritor al que la editorial Luperalia ha decidido dedicar una antología que ha sido conducida por Vicente Muñoz Álvarez y Julio César Álvarez, personas que asistirán este viernes a las 20 horas de la tarde a la librería A pie de Página para presentar esta obra.

"Esta antología no es un tributo a Céline. Lo que pretende es plasmar la diversidad y el pluralismo de visiones que hay en torno a él", comienza explicando Vicente, para el que este escritor francés es un autor de cabecera decisivo tanto en lo que respecta a su formación como a su manera de entender la escritura. Según explica, su primer acercamiento a Céline se produjo cuando tenía 24 años. "En esa época era prácticamente imposible conseguir obras suyas, aunque autores como Henry Miller o los pertenecientes a la generación beat siempre lo mencionaban. Mi madre solía comprar libros a través del Círculo de Lectores, y ahí fue donde vi que habían editado Viaje al fin de la noche. Lo compré y recuerdo que me deslumbró. Lo leí como tres o cuatro veces. A partir de ahí seguí buscando otras obras de este autor con tesón, tanto en rastros como en ferias del libro antiguo", indica Vicente, que afirma que ésta es la quinta antología que coordina.

En esta obra participan autores como Miguel Sánchez-Ostiz, Mario Crespo, Celia Novis, José Ángel Barrueco, Óscar Esquivias, Isabel García Mellado, Patxi Irurzun, Joaquín Piqueras, Adriana Bañares, Gsús Bonilla, Alfonso Xen Rabanal o Enrique Vila-Matas. "Hemos hecho una selección muy fina de personas que conocieran su obra. Todas ellas incorporan diferentes puntos de vista que van desde la ficción al ensayo o la experiencia personal. Hemos tratado de ofrecer una visión panorámica en la que se incluyan desde personas que lo apoyan a ciegas (rozando el fetichismo) hasta personas que lo critican y machacan a conciencia", continúa Vicente.

La otra persona responsable de esta antología es Julio César Álvarez, quien recuerda que la primera vez que leyó una obra de Céline (en este caso, también fue Viaje al fin de la noche) tenía 17 años. "Técnicamente me deslumbró. Al leerlo tuve la sensación de que contaba las cosas de otra manera. Creo que es uno de los autores de mayor calidad literaria del siglo XX. Autores como Sartre o Miller son herederos de su estilo, un estilo demoledor, perteneciente a una literatura rompedora", indica. Julio César, que al igual que Vicente incluye su visión sobre este autor en el prólogo de este libro, reconoce el "desafío que se plantea" ante una persona "moralmente monstruosa" pero con una "calidad literaria inmensa".


Una vez finalizada la presentación de esta obra, Vicente Muñoz Álvarez acudirá al bar La Curva para presentar dos de sus poemarios. El primero de ellos será `Canciones de la gran deriva´, un libro publicado en 1999 por el Ateneo Obrero de Gijón y que ahora vuelve a publicarse a través de la editorial Origami, que se ha encargado de revisar y ampliar esta primera edición. "Fue mi primer poemario publicado, y creo que fue premonitorio de lo que nos vendría: la crisis, la desigualdad económica, el paro... Lo escribí cuando acabé la carrera y cuando empecé a opositar. Habla de ese periodo que pasa hasta que te ubicas geográficamente, laboralmente o sentimentalmente", describe Vicente.

En el libro pueden encontrarse poemas como `Crónicas de fin de siglo´, en el que este autor leonés se refiere a esas "lánguidas mañanas tristes al filo de otro tiempo, cuando te levantabas con resaca y al desayunar leías el periódico buscando algún trabajo". En `Uno de tantos´ se describe como un licenciado en paro preparando oposiciones que, tal y como refleja en `Ciertas fobias´, tiene miedo a la rutina, a la vejez o a la desidia. Poemas, en definitiva, que se resisten a vivir "en un mundo donde los cuerdos sueñan con comprar lo antes posible un piso a plazos", tal y como escriben los versos de `Por el sistema´.

Vicente Muñoz Álvarez, que reconoce que lleva alrededor de cinco años sin venir a recitar a Valladolid, también leerá algunos de los poemas de `Animales perdidos´, su último poemario hasta la fecha, publicado por la editorial canaria Baile del Sol. Prologada por José Ángel Barrueco, esta obra está dividida en tres partes: `Infierno´, `Purgatorio´ y `Cielo´. "Este libro cuenta el tránsito entre dos personas que han sido muy importantes en mi vida. Arranca en el año 2006, cuando me separé de mi anterior pareja y tuve que dejar nuestra casa en el pueblo para vivir en un apartamento en la ciudad. En él recorro varios años de tránsito hasta mi actual pareja", aclara Vicente.

En `Infierno´, según explica, se describe como un hombre solo de 40 años que, tras 17 años de relación, siente que debe reiniciar su vida desde cero. "En él están mis sensaciones de abandono, soledad e indefensión, contadas desde un tono crítico y melancólico", describe este poeta. En `Sujeto de experimentación´, uno de los poemas pertenecientes a esta primera parte, Vicente escribe sobre las dificultades para llegar a fin de mes, pero también acerca de los recibos de la luz, de la comida basura, del miedo. En `Terminal Sur´, en cambio, centra su mirada en una mujer de 50 años que está haciendo cola en la estación de autobuses y que, llorando, se lamenta de una soledad equiparable a la que siente ese hombre sin brazos pidiendo limosna en la puerta de la FNAC al que Vicente describe en `Calderilla´. Poemas, en resumen, que se lamentan de esas ciudades en las que "nadie conoce a nadie" y en las que "todos estamos muertos, asustados, cansados, frustrados, deprimidos, neuróticos, engañados" (como refleja `2012: vida en la tierra´), un mundo "podrido" al que "sólo lo salva el amor", aunque sólo "a veces".

La segunda parte de este poemario, `Purgatorio´, incluye poemas más breves, sin título, que pretenden transmitir "esa atmósfera que hay cuando el dolor empieza a suavizarse y estabilizarse", en palabras de su autor. "Es una fase de abstracción, en la que ni sientes ni padeces", continúa. En esta parte Vicente se pregunta qué fue del niño que fue, se harta de la rutina, muestra su odio al conformismo, siente la imperiosa necesidad de estar solo. Finalmente, en `Cielo´ se vislumbra un final feliz gracias a la llegada de una mujer que entra en su vida "tras cinco años de purgatorio". El poemario alcanza al fin un tono positivo en el que se reflejan las ideas de dos cabezas "llenas de proyectos locos". La tormenta ha pasado...

Vicente Muñoz Álvarez, que combina la poesía con el ensayo y la novela, viene impulsando desde el año 1996 la revista Vinalia Trippers, proyecto del que también forman parte Silvia D. Chica, Alfonso Xen Rabanal y H. Valdez. Esta publicación, que en su último número rindió homenaje al 'Spanish Quinqui', está pendiente de sumar un nuevo monográfico a su colección que previsiblemente saldrá a la luz este verano. Asimismo, este escritor publicará próximamente tres obras más: un poemario llamado `Días de ruta´ en el que combinará la prosa y la poesía, la segunda parte de un libro sobre cine titulado `Cult movies´ y una novela, llamada `Regresiones´, en la que Vicente recuperará algunos episodios de su infancia.

NOTICIA RELACIONADA:


Laura Fraile,
en Último Cero


XXX ( For your pleasure)


rodaban de mano en mano en clase como las canicas a finales de los años 70, aquellas chabacanísimas pero muy excitantes revistas, antes de que llegaran los videclubs con sus salas exclusivas dedicadas al tema, y por supuesto mucho antes de que internet llenara nuestras pantallas y retinas de todo tipo de especialidades y excesos... las más elegantes, Playboy y Penthouse, un poco mainstream y chic, pero descafeinadas, y las más bizarras, Macho, Gozo, Lib o, ya rizando el rizo, a precios astronómicos, Private, Nuit, Pleasure o Hard, y muchas otras que ya no recuerdo... doce o trece años, tendríamos, antes de ser hombres, de adolescentes salidos y granujientos, cuando aquellas revistas ajadas y pegajosas rulaban lujuriosamente por nuestras manos, con toda la clandestinidad que ello implicaba, remordimientos y dudas, miedo y represión, pero una libido insaciable y difícil de controlar... desnudos discretos, comedidos y artísticos (y muy hippies también), o inefables escenas que más bien nos traumatizaban, fichas de ajedrez, frutas y hortalizas, animales y hasta (lo recuerdo perfectamente) surtidores grasientos de gasolina penetrando y alienando, todo ello, lo reconozco, poco aconsejable para adolescentes haciéndose adultos, pero tremendamente eficaz para satisfacer nuestro morbo... rulaban de mano en mano como las pesetas en la Transición, y nos las llevábamos a casa a escondidas y buscábamos el momento oportuno para desahogarnos con ellas en soledad y luego las cambiábamos por otras más ajadas y pegajosas aún, más perversas y decadentes todavía (siempre cabía un plus en depravación), antes de haber tocado ni siquiera el pelo a una chica, a los doce o trece años, recién salidos del cascarón, manda huevos lo que es la llamada del sexo y el cambio de muda, hasta dónde podíamos entonces llegar... escondites estratégicos aquí y allá, entre los libros de clase, al fondo de armarios y en los servicios, y hasta mi peña de aquel entonces y yo en la Isla de los Conejos (no va de coña, os lo juro), aquel inhóspito islote en el Pantano de Luna, al que llegábamos en verano en barca de remos, en lo alto de la cima, ocultas en una grieta de la roca para nuestro exclusivo disfrute y placer...

dónde queda ya
todo aquello

no la libido
ni el sudor

sólo la nostalgia
permanece


Vicente Muñoz Álvarez

miércoles, 5 de febrero de 2014

MICROSCOPIOS (La lente de diamante)


los microscopios, en aquella época, otra de mis grandes pasiones: también por culpa o gracias al laboratorio de los P.P. Agustinos donde, en séptimo de EGB, me topé con ellos por primera vez: mediados los años 70 el niño inquieto que hace cuatro décadas fui observando a través de aquellas lentes otros mundos... oh, aquella pasión infantil, aquel arrebato, aquella ilusión por las cosas a los, calculo, nueve o diez años, el descubrimiento de aquel laboratorio del que no me canso de escribir, lleno de todo lo que más me gustaba, animales disecados y acuarios y fósiles y minerales y fetiches de tierras lejanas y todo tipo de tentaciones y desafíos para una mente curiosa... allí, en cada pupitre, teníamos nuestro microscopio, y allí observé por primera vez a través de una lente lo que mis ojos a simple vista no lograban ver: amebas, alas de mosca y de mariposa, tejidos de plantas y esporas, etc, etc... como abrir la puerta a una realidad paralela (antes, mucho antes de leer a Castaneda), cómo me gustaban aquellas clases en el laboratorio, quizás de mis mejores recuerdos de tantos años encarcelado en aquel presidio, las prácticas de Ciencias Naturales con el Padre Julián en séptimo de EGB... así, fascinado por aquella galaxia en miniatura, comencé a darle a mis padres la lata con los microscopios, hasta que conseguí que me regalaran el primero: un instrumento primitivo y tosco, muy de los años 70, con el que comencé a vislumbrar otros mundos, parajes increíbles en pequeñas motas de polvo o de moho, lo sorprendente de cualquier tejido sintético o vegetal o animal, sus diminutos recodos y celdas, y los secretos que lejos de nuestra mirada ordinaria escondían.... pero no era suficiente, el aumento de aquel microscopio no me bastaba, y seguí insistiendo hasta que al fin me regalaron otro más potente... y entonces sí, nuevas sorpresas, lo que antes solamente intuía pude verlo al detalle, gotas de sangre, glóbulos blancos y rojos, microorganismos de charca, cualquier cosa que se me ocurría la sometía a la mirada incisiva del aquella lente de cristal, siempre queriendo llegar más allá, más potencia, nuevas visiones, pero siempre, también, limitado por los aumentos del microscopio...  creo que en el fondo buscaba algo intangible, fuera del mundo, como vía de escape a la realidad tediosa y gris que vivía, puertas a otros sitios de poder, llaves de plata a dimensiones paralelas... hasta que tiempo después, ya de adolescente y en el mismo colegio, llegó a mis manos, en alguna antología de cuentos de horror, La lente de diamante, un inquietante relato de Fitz-James O'Brien que fue para mí una revelación, aquella sorprendente y romántica historia de un joven obsesionado con la microscopía que, después de un pacto con el diablo, se hace con el secreto de la lente universal y descubre, en el interior de una gota de agua, a su amor platónico, Anímula, la ninfa total, seductora, grácil y perfecta, musa en lo sucesivo de sus desvaríos... y comprendí que algo así, lejos de la percepción sensorial, debía estar buscando yo ya de niño tras todas aquellas lentes, algo imposible y etéreo que se me iba a escapar siempre de las manos... y aún más años después, ya rondando los treinta, la oscurísima y tétrica versión de ese mismo relato por Leopoldo María Panero en un memorable (y muy poco conocido) libro titulado El lugar del hijo (editado por Tusquets), que fue otra de mis lecturas de cabecera, donde se daba una vuelta de tuerca más al cuento de O'Brien para terminar de desvelarme las claves subconscientes de aquella pasión infantil: perseguir el ideal, el espejismo y la perla, tras la apariencia cotidiana de las cosas...

también en ello

pluma en mano

continúo


Vicente Muñoz Álvarez



martes, 4 de febrero de 2014

À REBOURS (El club de los poetas muertos)


a J.K.Huysmans
& a los hermanos muertos

pasan cosas que erosionan
que desgastan que duelen

pasan cosas que envejecen
que frustran que hieren

como peces
chapoteando
en el barro

remando
contracorriente

una
y otra vez

como insectos 
estrellándose contra las ventanas
de todas las mentes del mundo

buscando
la perla

una
y otra vez

las conjuras
de los necios

y las tumbas
y las flores marchitas
sobre las tumbas

sin lápida
ni epitafio

de tantos
poetas muertos


Vicente Muñoz Álvarez

RUMBO AL INFINITO (Habitación voladora)



no recuerdo exactamente cuándo ni cómo ni por qué comenzó aquella fantasía o ensoñación infantil, calculo que sobre los diez o doce años, pero lo cierto es que con el paso del tiempo se ha convertido en un clásico de mi repertorio íntimo de visiones, recurrente y sintomático de mi personalidad... lo que yo llamaba la habitación voladora, que consistía en la quimera de imaginar mi habitación por los aires, como una especie de nave o platillo volador surcando el cielo, despegando a mi antojo del edificio donde vivíamos, Carmen 12, y sobrevolando en silencio la ciudad (los motores no hacían ruido, propulsados por la energía de mi cabeza), Ordoño II, la Pícara, Lancia, la Plaza de Toros, el río Bernesga, y luego, ascendiendo poco a poco, el resto del país y del planeta hasta alcanzar el espacio exterior... solos mi perro (que aún no tenía, pero deseaba más que ninguna otra cosa) y yo en aquella habitación voladora, llena de provisiones y libros y discos y todo lo necesario para mi confort, asomados a la ventana para observar el mundo a nuestros pies, ciudades y valles y mares y montañas y pueblos, sin rumbo ni destino fijo, sólo ensoñando y leyendo en las alturas manejando telepáticamente la nave de aquí para allá, atravesando la estratosfera y observando ensimismados desde el espacio exterior la Tierra o descendiendo a ras del suelo para contemplar más de cerca la vida que, voluntariamente, habíamos dejado atrás... nunca fui un niño insociable o huraño, a lo sumo melancólico, pero por algún motivo que desconozco (los psicólogos tendrán mucho que añadir) esa era mi fantasía favorita de aquella época, horas y horas observando la inmensidad del planeta sin ningún fin u objetivo, sólo por el placer de volar en aquella nave propulsada por la energía de mi cabeza...

pluma en mano

de un modo u otro

en ella sigo


Vicente Muñoz Álvarez

lunes, 3 de febrero de 2014

DE CARTÓN PIEDRA (Fiesta de los maniquíes)


siniestros maniquíes de los años 70, hieráticos y lascivos, hipnóticos y seductores, rígidos y tentadores, maniquíes de tiendas de saldo y peluquerías de barrio, perversos maniquíes enquistados dentro mi cabeza... pienso ahora en aquellos años, cuando era niño, y directamente me vienen a la memoria, como una metáfora de aquel régimen represivo, inmovilista y podrido, clavando sus ojos penetrantes en mí, sumisos y suplicantes, aquellos maniquíes inquietantes y aquella melancólica canción de Serrat, De cartón piedra (sobre todo un fragmento: no era como esas muñecas de abril, que me arañaron de frente y perfil, que se comieron mi naranja a gajos, que me arrancaron la ilusión de cuajo), que recurrente y asociada siempre a ellos resuena en mis oídos una y otra vez... maniquíes tenebrosos de El diablo se lleva a los muertos y Maniac, de El asesino de muñecas y Todos los colores de la oscuridad, de Trampa para turistas y El beso del asesino, o voluptuosos maniquíes de No es bueno que el hombre esté solo y Tamaño natural... maniquíes gimiendo y llorando y suplicando en mi subconsciente, su mirada nostálgica, su tristeza infinita, sus pestañas postizas, sus labios rojos y aquella estremecedora canción (yo le hablaba de nuestro futuro, y ella lloraba en silencio... os lo juro) sonando como un réquiem dentro de mi cabeza... 


Vicente Muñoz Álvarez


MI VIDA EN LA PENUMBRA

130.000 latidos

domingo, 2 de febrero de 2014

BODAS DE SANGRE


otra vez
Portugal

Guarda
y Viseu

todo aletargado
y dormido

como en un
sueño de opio

luna eterna
de miel

bodas
de sangre

en nuestros
corazones


Vicente Muñoz Álvarez

sábado, 1 de febrero de 2014

TABERNAS DE LA HAMMER (Saudade)


tabernas de la Hammer en Portugal, eso sí que son regresiones, como volver a la España profunda (la mía, la de los años 70), a las pelis de Terence Fisher y de León Klimovsky, eso sólo te lo encuentras allí, sobre todo en invierno, con niebla cerrada y en los pueblos y ciudades del norte (Almeida, Guarda o Viseu, por ejemplo, o Miranda y Brangaca también), tabernas de la Hammer como en Transilvania, afuera el frío cortante y dentro el calor y la nostalgia y el vino, todo onírico y evocador, como si la humanidad se hubiera extinguido y una estirpe de vampiros noble y decadente lo hubiera invadido todo, tabernas de la Hammer como guaridas de súcubos e íncubos amables en tiempos de crisis, como satélites solitarios en la infinitud, oliendo a chanfaina y a grelos, a vino del Duero, son esos instantes, pura magia, los que me mantienen en pie, algo anacrónico, siniestro e inocente a la vez, los paisanos mirándote sorprendidos, la ciudad desierta y la niebla afuera cubriéndolo todo, un libro en las manos (en este caso 26: Veintiséis, de José G. Cordonié, perfecto para la ocasión) y petiscos y bacalaos a natas y a lagareiro y pousadas y hospedarias y aguardentes y pequenos almoços en comedores decimonónicos y fortalezas ominosas y lluvia intensa y oblicua (siempre presente Pessoa) golpeando las ventanas de la furgoneta y Rodríguez y Tom Waits de banda sonora y toros negros como la noche recortados lánguidamente en el confín y paseos como de ensueño de opio y esas entrañables tabernas donde repostar refugiándose del temporal y del frío, marcianas y extrañas, con sus cubas añejas de madera, sus mesas diminutas, jarras colgando, animales disecados, ese silencio en el alma, esa saudade y esa quietud, y la sangre siempre que es vida, bálsamo eterno para el corazón...


Vicente Muñoz Álvarez

LECTURA EN VALLADOLID

EL DESCRÉDITO en VALLADOLID: Nota de prensa.


La antología El descrédito
se presenta en Valladolid

Vicente Muños Álvarez y Julio César Álvarez presentan el próximo viernes 7 de febrero a las 20 h. en la librería A pie de página (C/ Librería, 13), un proyecto conjunto, El descrédito. Viajes narrativos en torno a Louis-Ferdinand Céline (Lupercalia, 2013). Una antología con casi una treintena de autores (entre los que figuran Enrique Vila-Matas o Miguel Sánchez-Ostiz) sobre la figura de Céline, unos de los autores malditos por excelencia, y un magnífico punto de partida para dar cabida a relatos y ensayos que abordan su influencia y envenenado legado. 

Louis-Ferdinand Céline (1894-1961), autor de Viaje al fin de la noche o Muerte a crédito, fue sin duda uno de los más grandes y polémicos escritores del pasado siglo, una auténtica fuente de inspiración permanente para la prosa contemporánea. Sus panfletos antisemitas y su colaboración con el régimen pronazi de Vichy durante la Segunda Guerra Mundial le condujeron a la infamia y el descrédito, suscitando desde entonces las más controvertidas y apasionadas polémicas. Polémicas que aún hoy continúan vivamente. 

La presentación contará con la presencia de los antólogos y con varias de las firmas que dan forma a esta singular obra conjunta. Una combinación de perspectivas y estilos que ayudará a comprender y aproximarse, en la medida de lo posible, a la compleja figura de Céline. Más de cincuenta años después de su muerte, la prosa española contemporánea más actual (con autores como Alfonso Xen Rabanal, Carlos Salcedo o Bruno Marcos, y destacadas voces como José Ángel Barrueco, Mario Crespo, Gsús Bonilla, Isabel García Mellado, Miguel Baquero o Patxi Irurzun, entre otras muchas) intentan desentrañar su enigma, la combinación de una excelente calidad literaria y una incómoda monstruosidad moral.


jueves, 30 de enero de 2014

TERAPIA DEL CAMINO


Tal vez mi salvación
sea esta terapia del camino,
sentir la náusea en casa
y caminar, respirar hondo,
acelerar el paso,
escribir con la cabeza
(cómo sientes las palabras al andar),
ver el cielo azul intenso,
la calle y la vida
que fluyen
cadenciosamente alrededor,
agotarse, depurarse,
deshincharse hasta ahuyentar el tedio,
perderse entre la multitud,
ser uno más por algún tiempo
y vaciarse sin conflicto el alma
para poder reanudar luego otra vez
el arte pasivo de la ensoñación.


Vicente Muñoz Álvarez, de Canciones de la gran deriva (Origami, 2012).


martes, 28 de enero de 2014

REGRESIONES (Cuando éramos reyes)



solamente
mirar hacia atrás
sin ira

y describir
con nostalgia
lo que pasó

en la Transición
cuando éramos reyes
niños inocentes

para poder
comprender
lo que soy

qué hago
ahora
y aquí

por qué
me esfuerzo
en contaros esto


Vicente Muñoz Álvarez

lunes, 27 de enero de 2014

VOLVER AL COLINÓN (La Movida)


todo empezó con Los Cardiacos, el mítico grupo leonés, y aquella cinta de casete titulada Las discográficas no dan la felicidad, editada en 1979... yo tenía entonces trece años y escuché cientos de veces aquellos temas, Salid de noche, Volver al colinón, Chicas de Burda, Noches de Toisón, Lo tienes claro, Conexion, etc, hasta sabérmelos mejor (mucho mejor) que el padrenuestro... hasta entonces había escuchado clásicos del rock progresivo, Pink Floyd y Deep Purple sobre todo, algo de heavy y de rock, y por supuesto a los Beatles y a los Rolling y a Elvis, siempre presentes (además de a los cantautores antisistema de turno, Paco Ibáñez, Serrat o Moustaki, con los que nos bombardeaba a todas horas en casa mi hermana), pero a ningún grupo español del momento que, a mi juicio, mereciera realmente la pena... y entonces aparecieron Los Cardiacos con aquel formidable casete, que para mí (y para muchos otros de mi ciudad) fueron una auténtica revelación y la puerta a otros grupos de la entonces incipiente Movida... poco después, todos en tromba, fueron llegando Siniestro Total (y su irreverente ¿Cuándo se come aquí?), Gabinete Caligari (y su emblemático Que Dios reparta suerte, de mis favoritos), Loquillo y los Trogloditas, Kaka de Luxe, Brighton 64, Los Elegantes, Pistones, Polanski y el Ardor, Derrribos Arias (con su inolvidable Poch a la cabeza), Sindicato Malone, La Frontera, Decibelios (Oi! Oi! Oi!), Glutamato Ye Ye o Los Ilegales, y por encima de todos ellos Parálisis Permanente, con Ana Curra y Eduardo Benavente al frente, que se convirtieron en mi grupo de cabecera (quizás de un modo premonitorio de varias otras cosas: el haberles escuchado en su último bolo en La Tropicana, año 1983, justo antes del trágico accidente que le costó la vida a Eduardo... el descubrimiento, años después, de El canto de la Tripulación y de la poesía de El Ángel, decisiva en mi formación... y mi amistad reciente con Ana a raíz del último número de Vinalia Trippers, Spanish Quinqui)... el caso es que, volviendo al tema en cuestión, allí estaba de lleno metido yo, principios de los 80, con quince o dieciséis años yendo a ver a todos aquellos grupos a La Madrágora o La Tropicana y descubriendo fascinado la noche leonesa... aunque para hacerme con aquellos discos cometiera, algo muy habitual en mí, un irreparable error: vender todos los anteriores (joyas que luego he echado de menos e incluso he llegado de nuevo a comprar) en el Rastro a precio de saldo, y también las colecciones de cómics de superhéroes y de horror y muchas otras cosas que ya ni recuerdo, todo por la causa, para mí entonces sagrada, de la Movida... a ella, desde mi cada vez más efervescente ciudad, me lancé de cabeza, pertrechado de boogies de colores y de patillas largas, montando mi propio grupo, Veredicto Final, mezcla de ska y rock and roll y loquenossaliera, con el que disfruté aporreando la batería de muchas psicotrónicas aventuras...


Vicente Muñoz Álvarez




domingo, 26 de enero de 2014

HISTORIAS PARA NO DORMIR (Los gritos)


una puerta chirriante abriéndose lentamente en la oscuridad... dos rombos en la pantalla... una luz espectral al otro lado... los créditos de Narciso Ibáñez Serrador presenta Historias para no dormir con redoble de tambores... y aquel espeluznante grito... a cuántos millones de españoles a finales de los 60 y principios de los 70 puso los pelos de punta aquella serie y, muy en especial, aterrorizó aquel escalofriante grito... a mí, por aquel entonces un niño, más que a ningún otro, hasta el punto de reproducirlo idéntico, según aseguran mis padres y hermana, durante años en mis pesadillas... jamás recordaba nada al despertar, ni los sueños ni el grito, pero decían que era clavado al de Historias para no dormir, espeluznante y aterrador... y allí estaban una y otra vez mis sufridos padres, a las tantas de la mañana amedrentados por mi grito (solamente uno, decían, pero agónico y prolongado) a la puerta de mi habitación, para comprobar que seguía durmiendo plácidamente en la cama... debieron ser, imagino, aquellas tremendas historias de Narciso Ibáñez Serrador las causantes, muchas inspiradas en relatos de Poe, y sobre todo los créditos de la serie, la puerta chirriante, los dos imponentes rombos (infalible reclamo en tiempos del Innombrable), los redobles de tambores y aquel escalofriante grito, que se clavó como un dardo envenenado en mi subconsciente... La espera, El tonel, La pesadilla, La zarpa, La promesa, La casa, El regreso... recuerdo con pavor aquellos cortometrajes en blanco y negro, siniestros como una noche sin luna, oscuros como aquella dictadura que agonizaba, para un niño melancólico e impresionable como yo, abono asegurado para sus pesadillas... me hipnotizaban aquellas historias de fantasmas y aparecidos, de brujas y de videntes, de corazones delatores, gatos negros y garras asesinas, con los ojos como platos clavados a la pantalla del televisor a los ocho o nueve años, fascinado por el género y volviendo locos a todos en casa con aquellos dichosos gritos... hasta llegar a un punto en que mis padres me prohibieron durante una temporada ver aquella serie y leer mis adorados cómics de terror, Vampus, SOS, Rufus, Dossier Negro, Espectro, etc, para intentar, cortando por lo sano, solucionar el problema... y sí, al parecer cesaron con el tiempo los gritos (no sé cómo ni cuándo ni por qué), pero la semilla (negra) de aquel programa, Historias para no dormir, y de aquellas lecturas germinó para siempre en mi mente de niño, convirtiéndome en lo que ahora soy, un friki del cine y la literatura de horror y un escribano temeroso de mis pesadillas...


Vicente Muñoz Ávarez

VIC by JUL

LONG WEEKEND


Vi primero el remake de Jamie Blanks de 2008 y, aunque no me entusiasmó demasiado, sí me pareció lo suficientemente inquietante como para decidirme a ver la película original de Colin Eggleston, otra joya olvidada del cine australiano, claustrofóbica y asfixiante donde las haya, original en su planteamiento y desarrollo y alejada de todo tipo de chiclés.

Cómo la naturaleza agreste se vuelve a veces contra el hombre, enfrentándole a sus fantasmas y miedos y sacando lo peor que lleva dentro, es lo que plantea Long Weekend (Largo fin de semana, 1978), sometiendo a una pareja con problemas de convivencia a un verdadero calvario de paranoias y dudas.

Ya desde el comienzo, a través de pequeños indicios, nos damos cuenta de que algo malo se avecina, aunque no tengamos ni idea de qué... El guion (en ambas versiones, original y remake, de Everett De Roche) nos lleva engañosamente de aquí para allá, generando ambigüedad y desconcierto, hasta centrarnos, ya bien avanzado el metraje, en la verdadera intención y drama de la película: la naturaleza enfrentada al ser humano y el infierno al que le puede arrastrar. 

Aunque mejor no dar muchas más pistas, para no desvirtuar el factor sorpresa del film (una de sus principales bazas), y dejaros a vosotros que descubráis de qué va la cosa y saquéis vuestras conclusiones.

Solamente una advertencia: si os gustan las playas desiertas, el bosque y el mar, el visionado de esta película os hará replantearos muchas cosas.

Vicente Muñoz Álvarez

Trailer in You Tube:


viernes, 24 de enero de 2014

LOST IN SOPEÑA (Pura Vida)


una deuda pendiente de hace mucho tiempo saldada, haciendo cuentas hoy, así a lo tonto, casi quince años que no nos veíamos en nuestra salsa, la montaña, cuatro encuentros fortuitos aquí y allá en todo ese tiempo, pero los mismos buenos latidos, Carlos, mi colega de Grulleros, el que me descubrió al otro Carlos, a Castaneda, una de las pocas personas a las que puedo escuchar sin apenas hablar durante horas y de la que siempre aprendo, perdido y desnortado siempre, pero sabio e intenso siempre también, y vuelta a las regresiones, cómo coño pueden haber pasado quince años, es casi como si fuera ayer, y venga monte para arriba, líquenes, robledales, encinares, suertes, historias de motosierras, de salmones y osos, de viajes al Yukon y al Mackenzie, a Mauritania, a Marruecos, a Costa Rica (Pura Vida), a Venezuela, a Argentina, descensos en canoas por ríos olvidados y desafíos de todo género y tipo, uno de los escasos hombres a los que realmente admiro de este planeta, ahora más o menos tranquilo con su chica, enseñándome la casa que se está construyendo en Sopeña (y yo, que tras observar su estructura, amplias ventanas con vigas de madera cruzadas, todo vigas y cristal, le digo, ¿tipo Bariloche, no?, y él que sonríe y dice que sí, y la complicidad inmediata), y luego, después de rajar sin parar durante horas por ese sendero monte arriba bajo las peñas nevadas (Correcilla, Peña Galicia y Peña Valdorria), comida casera estupenda en una pequeña casa rural, garbanzos con bacalao, ternera guisada y vino tinto junto a la estufa de madera, y Wendy esperándonos fuera y más confidencias de vuelta a Sopeña, otro rato caminando por veredas de bosques antiguos, más regresiones, más recuerdos, ah, los viejos tiempos, los perros que conocimos, Piri, Mona (la madre de Wendy), Paco, Felipe, tantas personas e historias que quedaron atrás, y la deriva, claro, la de ambos, siempre presente, y las cicatrices y traumas y estigmas y los buenos y malos tragos, pero sobre todo los desafíos, el suyo y el mío, la naturaleza extrema y la literatura, ambos remando contracorriente estos tres lustros buscando a ciegas nuestro destino... 

sabía 
que me sentaría bien 
el paseo
hermanito


Vicente Muñoz Álvarez

EL RELATO


Hoy soy el punto de reunión de una humanidad tan sólo mía.

Fernando Pessoa


Sí, ya lo sé, soy consciente... debería empezar este relato con algo así como Nueve menos diez de la mañana, nuestro hombre abre los ojos... Pero es que le veo todavía ahí dormitando, a nuestro hombre, de entre los desechos, y pienso ahora en vosotros, lectores, cálidamente en vuestras casas, junto al radiador, dispuestos a pasar el tiempo, relajaros, olvidar vuestro presente, tanto estrés... Para eso es la literatura, me diréis, una vía de escape, una evasión... Y nuestro hombre ahí en el suelo, en esa infecta estación abandonada... Y yo aquí, bajo el flexo, dando pistas, sobre el ordenador, desde mi fracaso... estudios, oposiciones, artículos, licenciaturas... y luego este sarcasmo que da risa... O junto a nuestro hombre en la estación, también, muerto de frío, observando, apuntando, hilando cabos... Ubicuo en todas partes: en mi casa, con mi pluma, y en la vuestra, confortablemente apalancados, o en un bar o en el metro o en cualquier parque: omnipresente, como todo aquel que escribe. Y sí, le veo justo ahora, desperezarse ya entre los desechos, desplacentarse de los sueños, despertar al mundo, mover primero un brazo y abrir después los ojos... Os parecerá sencilla, la cosa.... Amodorramiento, pereza, sueño, me diréis, pero no tan trágico, el asunto...Veinte años deambulando por las calles, durmiendo en parques y portales, dando tumbos, trasegando vino tinto, peleón, y escapando de su casa a los catorce, las palizas del viejo, borracho igual que ahora lo es él, los huesos rotos, la cabeza volada, el reuma atroz y una herida en el costado de la paliza más reciente, todos juntos, con esvásticas y botas negras, pum, zas, bum, y nuestro hombre echo una pena, sangrando como un perro y maldiciendo a gritos su destino... Sí, ya lo sé, el que mal empieza mal acaba, me diréis, lo que nos contaban nuestros padres, claro, y los maestros... Pero deberíais verle como yo le veo ahora, en este instante, desde mi casa, insomne, bajo el flexo, ubicuo en todas partes siempre, el escritor... Deberíais verle ahora, como un niño, temblando, tiritando, envuelto en trapos... Aunque bueno, el caso es que ya ha abierto los ojos, os decía, y sí, efectivamente son las nueve menos diez de la mañana de este día neblinoso y frío... Le duele la cabeza por el vino de la otra noche, pero se levanta milagrosamente y enciende un cigarrillo, que para otra cosa no tendrá, pero para tabaco y vino siempre, imprescindible, pasaporte anticipado al más allá, piensa, y se acerca a la ventana rota a pasos lentos y ve una vez más el descampado, las vías oxidadas cubiertas de verdín y de maleza, basura en todas partes, sillones calcinados, frascos rotos, jeringuillas, ropa usada, la cloaca donde vive, la estación de tren y esa escarcha brillante que todo lo cubre y que le hace tiritar de nuevo y recordar aquel campo de niño, el de su padre, que madre nunca tuvo, y aquella tierra que había que sembrar y arar para poder comer cuatro tomates, patatas, gallinas, conejos, cambia el agua, toma, trae... y bofetón al canto, a nuestro hombre, un niño por aquel entonces, junto a su padre, alcohólico y sádico a fuerza de beber vino barato, con aquellas manos toscas, sucias, desabrochándose el cinturón... Ve la escarcha, os decía, y tiene frío, un temblor reumático y profundo, incurable, que tiene su origen en esa triste vida al raso, en la falta de calor, de mineral, de vegetal y carne y vitaminas y pastillas... Que no os creáis que a todo el mundo le cubre el Estado su agonía, qué va, este Estado de Bienestar, dicen algunos... de eso nada, eso para los asalariados y empresarios, no para los vagabundos locos... Pero bueno, ya me estoy yendo... hay que seguir, situaros, centraros en la acción, digo... Así que ahí que le tenemos ya, apurando el cartón de vino y moviendo torpemente brazos y piernas mientras va entrando en calor... Que se mira en el espejo roto, nuestro hombre, y se ve tan consumido que ya ni se reconoce, la barba chamuscada, los granos, las ojeras, el rostro hinchado, abotargado, como el de su padre, y sucio, que hasta le entran ganas de acostarse y no volverse a levantar, de terminar, de poner fin a todo y se acabó... Pero no, no es el momento, pienso, y se incorpora y se remoja un poco el pelo, la cara, se enjuaga la boca y se arregla la ropa, esos pantalones sucios y ese jersey roto, la bufanda y el abrigo que robó en el almacén aquella noche, bien borracho, forrado y calentito que es un lujo... Que otros vagabundos, se recuerda, aparecen muertos cualquier amanecer de invierno, quietos, con los ojos abiertos, congelados, y esa cara de placer que les caracteriza... Sale de su madriguera y le tenemos ya en la calle, una mañana oscura y tétrica, dejando atrás su hogar, bonitas ruinas que ya quisieran otros, la de veces que ha tenido que luchar por ellas, la de heridas y problemas que le han dado... Pero claro, es que un hogar es un hogar y hay que lucharlo, defenderlo de incursiones varias, perros famélicos, vagabundos locos y borrachos... Conque ahí está, decía, embutido en su abrigo y caminando hacia el centro a pasos lentos, atravesando ese descampado que congela el alma, esa caricatura de estación, reducto de yonquis, ladrones, putillas baratas y asesinos, pisando con sus botas esa escarcha blanca, cristalina, y sintiendo su beso helado al caminar...Y venga otro cigarro... y esa tos... La cabeza dando vueltas, pensando a ver cómo se dará el día, su dichoso padre muerto, aquella herida borboteante frente al pozo, sus gritos, sus lamentos, amenazas, y nuestro hombre que le arroja al fondo, al padre, después de darle esos tres golpes de gracia por la espalda... Y a escapar corriendo, luego, hacia el norte, bien distante, sin pistas, a esfumarse, a perderse entre la multitud, sin futuro y sin identidad... Y así, flashback viene y va, le tenemos ya frente a su puesto en la ciudad, esa oficina de correos bulliciosa, con el brazo estirado y la palma de la mano abierta balbuciendo compasiones, susurrando cualquier cosa, lo que sea, lo que le viene en gana, esperando reunir ese presupuesto indispensable para el bocadillo y el cartón de vino y cigarrillos, sus necesidades, poca cosa.... Pero tranquilo, me digo, sin prisas, sin carreras, que para eso, para el habituallamiento, faltan aún muchas monedas... Y nuestro hombre que sigue suplicando y tiene frío, le tiemblan las manos, se le llena la barba de agua helada, tiene los ojos inyectados en carmín y parpadea con fuerza y tirita y da pequeños brincos, viene, va y recibe de vez en cuando una limosna, de señoras mayores, sobre todo, o de mediana edad, cincuenta, sesenta, con sus abrigos de piel y sus collares, que se acercan, abren su cartera y le dan unas monedas, y él que sonríe estúpidamente y dice gracias, señora, Dios se lo pague, pese a que para él nunca ha existido Dios, ni ahora ni nunca, huérfano de madre y con aquel padre borracho, aquella tierra baldía y el dolor de espalda, el hambre, las palizas, el sudor, el cinturón, los golpes y aquel pozo...Y la señora respetable que se va, con sus tacones altos, toc toc, y esas pantorrillas ya algo hinchadas, en la línea descendente de la edad, siempre hacia abajo, pensando que ya ha cumplido su deber piadoso en la tierra... Y nuestro hombre que mira ahora en sus bolsos, cuenta las monedas, diez, cuarenta y cinco, ochenta, y que lleva ya más de dos horas en la niebla frente al frío y necesita urgentemente echar de nuevo un trago... Conque se escapa al bar de enfrente a pasos lentos, que es su andar, que tampoco está para otra cosa, y pide vacilante ese vino tinto que se le sube pronto a la cabeza con el estómago vacío y que le da valor y fuerza para seguir, para sobrevivir, para aguantar, para salir del bar y suplicar de nuevo unas monedas, el niño que le insulta, el ejecutivo que mira hacia otro lado, la mujer que piensa pobre hombre, el guardia que le observa, que no le quita ojo, y sobre todo esa joven de la malla negra que marca tan desafiante su culo al caminar, sus nalgas intocables, comprimidas, tentadoras... Yo la veo también, a la chica, bajo el flexo, y veo asimismo a nuestro hombre, que por un momento se olvida de su vida y de su aspecto y que se excita pensando en la última vez que pudo acostarse con una mujer, años atrás, en aquella cama sucia de un hostal barato, aquella putilla idiotizada dueña de un hermoso cuerpo en vías de extinción, de consunción, de desesperación, a fuerza de agujas hipodérmicas y abscesos en la piel, sus pechos blancos, en la cama, tan caliente... Y la chica de la malla negra que desaparece allá a lo lejos y nuestro hombre que respira fuerte, bien profundo, y recibe de cuando en cuando unas monedas hasta llegar a ese irrisible presupuesto, a ese mínimum de subsistencia que va a mantenerle en pie otra jornada más... Así es que se va resoplando helado hacia el supermercado y compra allí dos cartones de vino y embutido y una barra de pan y se va con todo al parque, se tumba en un banco y empieza a comer y a beber ansiosamente hasta que pronto está borracho, cierra los ojos, cabecea y vuelve a ver a su reina heroinómana en la cama, en aquel hostal barato, abierta de piernas, bañada en sudor frío, libidinosa y escuálida, haciendo prestidigitación con su velludo sexo, jugando con sus labios, toda ella magia, malabar... Aunque después todo se esfuma sin previo aviso, así de pronto, y se le aparece una vez más su padre desde el pozo, cubierto de algas y enmohecido, la cara, las manos, la cabeza sangrante y el dedo índice acusador: tú, tú, hijo mío, carne de mi carne, sangre de mi sangre... a tu pobre padre viudo... Y su cuerpo hinchado y rosa que se acerca, musgoso, mojado, corrompido, la brecha en la cabeza, el índice acusador... y sobresalto... y sudor frío... Nuestro hombre que se despierta, se frota los ojos, mira a su alrededor, se incorpora y echa a andar, casi a correr de miedo y frío, que el día no está para siestas, sale del parque, enciende un cigarrillo, otro más, se planta de nuevo en la oficina, cinco menos veinte de la tarde, y se coloca en su puesto con la mano extendida suplicando unas monedas hasta que oscurece al fin y la calle y la oficina van quedándose vacías y él, que no soporta más el frío, se acerca nuevamente al Super y compra otro cartón y sale, lo abre, bebe y comienza a caminar sin rumbo y a buscar su cena a oscuras ahora que ya casi no hay gente, curiosos preguntándose qué buscará entre los desechos, en la basura, introduciendo las manos y removiendo entre colillas, mondas de naranja, compresas, verduras, cáscaras de huevo, botellas rotas y cristales que se clavan en sus dedos hasta dar al fin, milagrosamente, con ese resto de chuleta o de manzana casi entera que come furtivamente por el camino....Y venga otro trago de vino, uno más, bamboleante en plena noche, borracho ya del todo hacia su casa desolada en la estación, con el culo de aquella chica bailando en sus ojos y cien estrellas rojas, verdes y amarillas a su alrededor, preguntándose por qué no ha podido él tener suerte, como el resto, una mujer, una casa, hijos formales, coches, libros, planes de jubilación... por qué, por qué él no y otro cualquiera sí... Se va tambaleando a la estación, decía, tropezando en los bordillos de las aceras y en las alcantarillas y haciendo grandes eses sin saber que yo le sigo, que llevo detrás de él todo el día desde mi soledad e insomnio desnudando su cabeza, ese montón de curvas locas, sus neuronas, sus secretos, el horror de su padre muerto o el miedo a esa paliza gratuita a cargo de los diablos que arroja la noche, encarnación del mal, con cadenas, botas de colores, esvásticas y todo el odio concentrado de su generación de falsos sueños...

Es de noche. En la estación. Hace frío y nuestro hombre ha encendido una pequeña hoguera entre las ruinas. Bebe. Apura a grandes sorbos su tercer cartón de vino mientras observa como hipnotizado esas sombras largas y distorsionadas que proyectan las llamas en la oscuridad, esos cuerpos famélicos y horribles, de asesinos, de merodeadores y monstruos, hasta que le va venciendo el sueño, se le cierran los ojos, cabecea y se baba y vuelve a abrirlos, ve de nuevo chispas rojas que se elevan, que gravitan, que dan vueltas, figuras extrañas, crepitantes, y se tumba en el suelo y se arrebuja todo en trapos hasta que se queda al fin dormido... Y entonces yo me acerco y veo su cara de niño asustado iluminada por la luz de esa fogata que se extingue, veo sus párpados morados, su rostro hinchado, le veo soñar inquietamente, borracho, enfermo, helado, acurrucado en su abrigo y tembloroso frente al frío, desahuciado, solo, esperando que amanezca... Y miro a mi alrededor y pienso que allí, en la estación, ya no hago nada, que no puedo hacer nada, que en realidad yo no soy nada, licenciado, escritor, periodista, representante, ventrílocuo, opositor... y decido yo también intentar dormir un rato, apagar ya de una vez el flexo y acostarme... sosegarme... poner punto final.


Vicente Muñoz Álvarez, de El Merodeador (Baile del sol, 2007).

Ilustraciones by Toño Benavides.



miércoles, 22 de enero de 2014

URGENCIA DE SER (Yo mismo)


fingir
estar
figurar

frente
a babilonia

urgencia
de ser

yo mismo


Vicente Muñoz Álvarez

ACID TEST (Freedom)


progresivo
ácido
regresivo
sin dueño
ni amo
libre
y poeta

sobre todo
poeta

pero 
sin disfraz

pon tú
la etiqueta


Vicente Muñoz Álvarez

TEMPORAL


la lluvia la nieve
el viento el granizo
la supervivencia
la helada

y el corazón
bombeando
dentro

aún

venciendo
al frío


Vicente Muñoz Álvarez

BUFFALO: Freedom.

lunes, 20 de enero de 2014

H.P.LOVECRAFT (Y la Llave de Plata)


fue sin duda H.P. Lovecraft el autor con el que definitivamente me enganché a la lectura, a los quince o dieciséis años, fascinado por los Mitos de Cthulhu y sus relatos de horror cósmico... hubo antes algunos otros, Edgar Allan Poe (y muy en especial la Caída de la Casa Usher, que desde entonces he releído docenas de veces), Jack London, Joseph Conrad, Emilio Salgari, Robert Louis Stevenson, etc, pero fue Lovecraft el que me contagió por primera vez de literatura hasta el tuétano... sus sorprendentes y tenebrosos relatos, su estilo anacrónico y su prodigiosa imaginación, aquellas ciudades enterradas o sumergidas, su panteón de divinidades impías, los Primigenios y los Arquetípicos, el Necronomicon, el Árabe loco Abdul Alhazred, sus héroes melancólicos y solitarios, sus conjuras contra la Tierra, sus mutaciones y transformaciones, sus visiones y sueños, su matemática no euclidiana, sus seres híbridos y deformes y su aversión por el mar... devoré en poco tiempo todos sus libros y comencé a la par a abordar a otros autores del círculo, Arthur Machen (inolvidables El gran dios Pan, El polvo blanco, El sello negro o La colina de los sueños), Algernoon Blackwood (escalofriantes Los sauces, Antiguas brujerías o La casa vacía), August Derleth, Lord Dunsany, Ambrose Bierce, etc, que a su vez me fueron llevando a otros autores y círculos, del simbolismo al decadentismo (con J.K.Huysmans y Al revés, otro libro que me deslumbrócomo principal exponente) y después al surrealismo y al minimalismo y al realismo sucio y a la literatura beat y a la lost generation y a Céline y a Thomas Bernhard y a Carlos Castaneda (santísima trinidad) y  así, sin parar, de libro en libro y de autor en autor, hasta el día de hoy... uno de los ensayos de Lovecraft en concreto, El horror en la literatura, se convirtió por aquel entonces en mi libro de cabecera, un catálogo impagable de autores y obras imprescindibles del género, con el que accedí a docenas de apasionantes lecturas... y algunos de sus relatos, grabados a fuego en mi mente: El ser en el umbral, La ciudad sin nombre, El templo, Las ratas de las paredes, Las montañas de la locura, Los sueños de la casa de la bruja, La llave de plata (con la que, por cierto, estas Regresiones tienen mucho que ver), etc, etc... cuántas maravillosas veladas con aquellos libros (casi todos de Alianza) ajados por el uso en mis manos, sin dormir pero soñando (que diría el bueno de Poe), encarnado en sus personajes y empapado de horror cósmico hasta la médula... mientras en el colegio, contraste absoluto, estudiábamos a Góngora y Quevedo y Arcipreste de Hita y el Cantar del Mío Cid y las Cantigas de Alfonso X el Sabio, lecturas que, muy al contrario, provocaban en los alumnos tedio y rechazo... pero en mi caso daba lo mismo, Lovecraft lo había conseguido, me había ganado para la causa, el resto era coyuntural, yo era ya un lector empedernido, quimérico y soñador, que además comenzaba por simpatía hacia los autores que admiraba a escribir sus primeros relatos, y nada me iba ya a separar del camino de la literatura...

gracias H.P.
por haberlo
logrado


Vicente Muñoz Álvarez