lunes, 31 de octubre de 2022

UNA HISTORIA DE HALLOWEEN

 

Me acaba de venir a la cabeza ahora mismo, esta víspera lluviosa de Todos los Santos, leyendo en el salón de mi casa “Tierra de nadie”, de John Buchan, incluido en “El viento en el pórtico”, que ha publicado Valdemar, aquella mañana de enero bajo las cumbres nevadas, como un eco lejano enterrado ya hace tiempo en mi mente, aquella escalofriante sensación, y súbitamente me he levantado a contarlo.

Hará de esto unos veinte años, tal vez, no sé precisarlo con exactitud, cuando aún éramos jóvenes y la montaña tiraba de nosotros como imán del acero, y nada nos amedrentaba ni echaba nunca atrás. Andrés, mi compañero de rutas, y yo, una mañana, eso sí lo recuerdo, de enero.

Llevábamos planeándolo desde hacía ya varios meses, al descubrir en una caminata en primavera aquel refugio de cazadores al pie de una vertiginosa cima en el Valle de Luna, ir en pleno invierno a pasar una noche allí, y aunque había estado nevando los últimos días y sabíamos que llegar no iba a ser fácil, decidimos hacerlo.

Así que allí estábamos aquella tarde gélida y despejada de enero, subiendo con las mochilas la prolongada cuesta que, por una pista en medio de la montaña, conducía a aquel refugio de altura, conversando y echando los hígados, pero felices e ilusionados con nuestro plan.

Nos costó, ciertamente, lo suyo, llegar al refugio, tres o cuatro horas de ascenso fatigoso sobre la nieve y el barro, más aún con el lastre de las pesadas mochilas, cargadas con ropa de abrigo, esterillas, sacos de dormir y provisiones en abundancia, pero antes de que anocheciera, como estaba previsto, llegamos a nuestro destino.

Un refugio pequeño y sencillo, pero relativamente acogedor y bien equipado, con una mesa de madera, bancos corridos y una chimenea con una parrilla para cocinar y pasar la noche charlando y durmiendo al calor de un buen fuego.

Aunque la cosa se complicó nada más llegar, porque contábamos con que, como la vez anterior, cuando estuvimos allí en primavera, hubiera un generoso haz de leña seca junto a la chimenea, y no fue así, de modo que tuvimos que salir a buscarla por los alrededores y no resultó nada fácil encontrarla. La nieve cubría toda la pequeña meseta sobre la que se asentaba el refugio y nos costó un gran esfuerzo cortar y acarrear las pocas ramas de retama que sobresalían del hielo y algunos tablones húmedos que encontramos alrededor de la cabaña, desechos de la construcción del tejado. Pero finalmente, ya en plena noche y ateridos de frío, logramos con toda la leña que pudimos reunir encender un buen fuego y calentarnos junto a la chimenea.

Y luego, ya descansados y secos, fumamos y bebimos vino de nuestras botas y preparamos sin prisa la cena, una abundante ración de costilla y chorizo a la brasa que Andrés había llevado para la ocasión, y nos quedamos conversando hasta bien entrada la noche.

Extraña sensación, para el que la conozca, dormir en esa abrumadora soledad, en medio del monte nevado, bajo una vertiginosa cima rocosa, lejos de la civilización y totalmente aislados del mundo... Extraña y placentera a la vez, ese silencio y esa quietud, el cielo protector sembrado de estrellas, la nieve rodeándolo todo, el fuego crepitando y la leña mojada emitiendo lastimeros sonidos, como sollozos de niño, como llamadas de auxilio... E incómodo también dormir sobre una esterilla en el suelo congelado, arrebujados en nuestros sacos de invierno, escuchando los aullidos lejanos de los lobos en el corazón del bosque y el silbido del viento colándose por las rendijas de la puerta y de las ventanas... Pero a eso exactamente habíamos ido allí, para hacer al día siguiente una travesía bajo el macizo de las dos Ubiñas, y pese al frío y lo improvisado de nuestros catres, disfrutamos de la cena y de la experiencia.

Aunque es ahora, en este punto en concreto, justo a la mañana siguiente, cuando llego a lo que realmente quería contaros, por lo que he dejado la lectura del relato de Buchan y me he levantado súbitamente a escribir.

Como siempre -es mi hábito y costumbre-, me desperté temprano, sobre las siete, y como sabía que Andrés no lo haría hasta al menos las nueve, me vestí y salí a dar un paseo de reconocimiento por los alrededores.

Aún estaba amaneciendo, pero el paisaje, ya a esa hora, era magnífico y sobrecogedor: el circo impresionante de cumbres nevadas, los majestuosos hayedos y robledales cubiertos de blanco, los riachuelos sinuosos descendiendo estruendosamente de las colinas y, a lo lejos, la enorme mole de Peña Ubiña, como un tótem desafiante en el horizonte.

Respiré hondo, me desperecé y contemplé con mis prismáticos todo aquello extasiado, agradeciendo mi suerte y destino (y por supuesto la compañía de Andrés, perfecta siempre para ese tipo de escapadas y planes), y luego comencé a andar por la pista helada que, al pie de las montañas, se adentraba en el valle que teníamos enfrente.

Mi intención era simplemente dar un pequeño paseo y estirar un poco las piernas, como calentamiento para la ruta que haríamos después, hasta que Andrés se levantara, desayunáramos y comenzáramos juntos la travesía hasta la base de Peña Ubiña. Y eso justamente fue lo que hice, media hora o poco más, disfrutando relajado el paisaje, respirando el aire helado del monte y poniendo a tono mis piernas.

Pero algo no fue bien... Algo, de hecho, fue realmente mal... Algo siniestro, amenazante y oscuro que me desazonó por completo... Qué, no lo sé muy bien, pero sí que me estremeció y erizó la piel y el cabello, y aún hoy, después de tantos años, recuerdo con escalofríos...

Supongo que quien haya estado alguna vez solo en medio de las montañas lo haya experimentado: ese terror infundado que provoca a veces la naturaleza salvaje y agreste, ese sentirse minúsculo e indefenso bajo las rocas, esa sensación de vacío y de vértigo, de amenaza inminente, de ser aplastado como un mosquito por algo, víctima de algo, sacrificado por algo, no lo sé explicar de otra manera... Sin más y de pronto, sin motivo aparente, como una náusea desde lo más profundo de mis entrañas, recorriendo mi espalda y poniéndome la carne de gallina, esa sensación... No el miedo a los muertos ni a los vivos, a los lobos ni a cualquier otro animal, a una caída ni a un alud de nieve, ni siquiera el mismo miedo a morir, no, otro tipo de miedo, vago y difuso, infundado e inconcreto, pero abismal y feroz, lacerante y antiguo, primigenio y ancestral, a ser devorado por la naturaleza, simplemente abducido por ella, a esfumarte e integrarte en ella, a ser parte de la nieve y las rocas, a fusionarte con ellas... Tanto y tan intensamente, que se me atenazaron los músculos y agarrotaron las piernas, se me erizó el cabello y estremeció la espina dorsal, y salí corriendo, como alma que lleva el diablo, hasta llegar jadeante y sudoroso al refugio...

El caso es que así me sentí aquella mañana de enero en medio del monte, aterrorizado e indefenso, a punto de colapsar, de perder mi humanidad y extinguirme, de ser engullido por la naturaleza, y tal cual, esta víspera de Todos los Santos, para esta noche de Halloween, como entremés, os lo cuento: cuidaos del hechizo de las montañas, queridos drugos, esas antiguas brujerías con que a veces, sin previo aviso, te pueden seducir y hacer perder la razón, cuidaos...

Vicente Muñoz Álvarez

THE DARK AND THE WICKED

 

Si verdaderamente queréis pasar un mal-buen rato y aún no la habéis visto, amantes del cine de terror, os recomiendo esta aterradora película, The Dark and the Wicked (2020), de Bryan Bertino, un film lleno de espeluznantes sorpresas, que hará las delicias de los aficionados al género.

Con una banda sonora que eriza la piel (sin duda, uno de sus grandes logros), una puesta en escena convincente y una atmósfera perturbadora y malsana, Bertino logra transmitir pavor en estado puro, ese escalofrío que recorre silencioso la espalda y es la esencia misma del miedo.

Estructurada a modo de capítulos sobre los siete días de una semana, y partiendo de un argumento sencillo -dos hermanos que acuden a una granja para asistir a su padre moribundo-, The Dark and the Wicked nos introduce lentamente en una fantasmagórica espiral de desasosiego y espanto que, a medida avanza el metraje, pone los pelos de punta.

Un ejemplo más de que no se necesitan grandes presupuestos ni efectos especiales para facturar una eficiente película de terror, sino buenas ideas y una atmósfera inquietante y lograda.

Ideal para videar a solas junto a la chimenea algún anochecer tormentoso.

Vicente Muñoz Álvarez

viernes, 28 de octubre de 2022

PRÓXIMAMENTE en LcLIBROS


Regresiones es para los que están y para los que no están. Incluso para los que ni estuvieron. Es un álbum temporal de fotos de otro mundo que no va a volver. Porque, lo bueno, que hubo mucho, son tatuajes en la piel. Unos son besos. Otros, cicatrices. Nunca se quitarán. Pero ahora aparecen en forma de páginas imperdibles y palabras de un francotirador que, lo dice, no quiere disparar a matar. Regresiones es un retrato urbano. Aquí no hay ni una sílaba dedicada a la manida seducción folclórica. Regresiones es una colección de impactos de alcance del día a día. De cuando los mandamientos se resumían en dos, porque nada era relativo: “Vivid en la calle, no paréis en casa”, o “La sangre aún me hierve cuando pienso en mi mala suerte”. Por ejemplo. Y hay ajuste y expiación en esto que también es un “gracias a la vida”.

Pacho Rodríguez

jueves, 27 de octubre de 2022

VISIÓN DEL ÁGUILA


Las hojas de los chopos hoy, de camino a Boñar, más hermosas y reveladoras que nunca, pura mística y ensoñación, como una catedral incendiada en el horizonte, un sendero iluminado hacia el cielo... Eso pensé yendo a Boñar esta mañana para intentar vender zapatos, últimos coletazos ya de la ruta, tras tantas noticias trágicas, muertes, guerras, inflación, sinrazón, hipocresía, mal gobierno y ausencias, eso, como terapia para no hundirme aún más, pensé... Y que necesitaba algo así también, ese contacto con la naturaleza y la tierra que al menos a mí tanto me sana, no las noticias manipuladas por el capitalismo, el control y la distopía, sino este sortilegio de otoño que nos regalan ahora mismo los bosques, las setas comenzando a asomar ya sobre el musgo, el olor de la yerba mojada y la visión del águila, esos misterios... Voy terminando la ruta visita a visita, como en un maratón hacia lo más profundo de mí, naufragio tras naufragio, ciudad tras ciudad y pueblo tras pueblo, intentando mantener la armonía y el tipo, y estas son, me dije mientras conducía, las cosas que ahora necesito: ese contacto con la pradera y los chopos, ese ocre iluminando los bosques, ese olor primigenio en las manos y estos milagros... Y que no hay camino sin curvas, tampoco, rosas sin espinas, poema sin sudor ni corazón sin sangre: esas pequeñas verdades que a menudo, con el volante en las manos, me tengo que recordar...

Vicente Muñoz Álvarez

Foto por Marlus Leon

miércoles, 26 de octubre de 2022

EL MERODEADOR: Fragmentos.

 


Me desperté a las 7:30 A.M., desayuné en la cocina leyendo el periódico, cogí la bolsa de la basura y salí de casa a pasear con los perros.

Al acercarme al contenedor, junto a la iglesia, y levantar la tapa para arrojar la basura, los escuché: allí estaban, al fondo, en una bolsa cerrada de plástico, maullando desesperadamente y moviéndose en su interior. Debía haber al menos cuatro. Cerré la tapa espantado.

Durante el paseo con los perros pensé en lo que hacer, si sacarlos de allí, del contenedor, de la bolsa, si llevarlos a casa, si matarlos yo mismo... Cualquier cosa antes que dejarlos morir de aquella manera... Pero no tuve valor para hacerlo.

Se lo dije a mi mujer al volver a casa, pero ella insistió en dejarlos allí.

No debemos tocarlos, dijo, no son nuestros, no podemos criarlos y matarlos sería también otra crueldad...

Intenté olvidarme de ellos.

Transcurrió el día, un día de verano caluroso y ardiente, asfixiante, comí y dormí la siesta, trabajé un rato en mi despacho y al salir otra vez con los perros y pasar junto al contenedor, los volví a escuchar: su maullido angustiado y profundo.

Pasé de largo e intenté, de nuevo, olvidarme de ellos. Pero a la mañana siguiente, al ir otra vez a arrojar la basura, volví a escucharlos al fondo del contenedor, sepultados ya entre otras bolsas, y sentí estremecimiento y rabia. No debían haberlos dejado allí. Debían haberlos matado al nacer, pero no debían haberlos dejado allí, en el contenedor, cociéndose al sol lentamente, soportando entre los desechos aquella agonía...

Los volví a escuchar, cada vez más débiles, por la noche y a la mañana siguiente, ya casi repleto el contenedor de bolsas. Llevaban dentro tres días.

Por la tarde, sobre las nueve, cuando en el horizonte el sol comenzaba a extinguirse, apareció por fin el camión de la basura y volcó en su interior la carga del contenedor.

Solo entonces pude respirar tranquilo.

No volveré a escucharlos, pensé. Pero me equivocaba.

Siguen ahí. Aún los sigo oyendo... moviéndose, agonizando, maullando... Siguen ahí dentro encerrados, asfixiándose, y no logro sacármelos de la cabeza...

Miau...miau...miau...

Vicente Muñoz Álvarez,
de El merodeador

Tercera edición revisada, a la venta en LcLibros:



lunes, 24 de octubre de 2022

VIENTO & CENIZA



qué difícil
para los que seguimos
decir adiós
a los que se van

vuela alto
que la tierra
te sea leve
descansa en paz

solo palabras
y lágrimas

viento y ceniza

qué corto el viaje
qué breve la vida
qué efímero todo

qué triste

Vicente Muñoz Álvarez

Foto por Marlus Leon

viernes, 21 de octubre de 2022

DESASOSIEGO & DERIVA



una balda de
mi biblioteca que
sintetiza la vida

el resto ceniza

Vicente Muñoz Álvarez

miércoles, 19 de octubre de 2022

RODRIGO CÓRDOBA QUE ESTÁS EN LOS CIELOS



La segunda época de Vinalia Trippers no hubiera sido posible sin el impulso y aliento del editor Rodrigo Córdoba: de él fue la idea de resucitar en el año 2009 el fanzine, él se encargó del diseño, la maquetación, la impresión y la distribución, y de volver a encender su llama... Plan 9 del Espacio Exterior, Trippers from the Crypt, Spanish Quinqui, Duelo al Sol, Helter Skelter y Del fondo, con sus correspondientes Poemash, Especial Raúl Núñez, Master of Horror, El Ángel, Deseo de ser Piel Roja, Santa Sangre y Dolores de Poesía en los bares, fueron las joyas que nos regaló, además de su generosidad y amistad, su casa y su corazón... Editor, también, de Zoográfico Ediciones, que catalizó a los mejores cerebros de nuestra generación, e impulsor de la más brillante cultura subterránea del foro, la notica de su trágica muerte nos deja huérfanos y de luto para toda la vida... Buen viaje, hermano, allá donde ahora estés: que la Tierra te sea leve.

Vicente Muñoz Álvarez

domingo, 16 de octubre de 2022

PRIMERAS PERLAS DEL BOSQUE



Qué impasse más revitalizante en la ruta, el de esta semana de permiso en mi guerra, jartito ya de zapatos y zapatillas, carreteras asfaltadas en dos direcciones y clientes y tiendas, estos melancólicos días que, como una bendición en la ruta, he podido gozar... Y de nuevo de cabeza, nada más desconectar de Babilonia, a las sinestesias y la ensoñación: las hojas caídas de los chopos que huelen a sol, Ramos Sucre que me sabe a membrillo, Cansinos Asséns de color amarillo, y estos lánguidos atardeceres de lectura y convalecencia en la terraza de mi hogar, rodeado de guindillas y chiles rojos como la sangre, abrasándome por adelantado el paladar y trasladándome a la Pousada de Sao Bartolomeu, en Bragança, donde nada más licenciarme, como cada noviembre al terminar la ruta, junto a la chimenea de su salón brindaré... Qué desorden de los sentidos más placentero, me digo sonriendo y saboreando el momento, intentando no pensar en el calzado y las tiendas, y qué gozosa la vida a veces, dejándose simplemente llevar, paseando sin prisa por el bosque, leyendo a los maestros antiguos y sintiendo el otoño, como un sortilegio, pasar... Pero sobre todo, y tocante a analogías y correspondencias, las primeras perlas del bosque esta mañana junto al río, mis queridas setas de chopo: sin haber llovido aún, como perlas brillando en la tierra, fragantes y hermosas, puro milagro dentro de mí... Ahí, como una ofrenda, os las dejo...

Vicente Muñoz Álvarez

sábado, 15 de octubre de 2022

DE ANTIGUAS BRUJERÍAS, SINESTESIAS Y GAMONEU DEL VALLE

 

Una de las cosas que más me arrebatan de Asturias, de entre tantas y tantas, patria querida, son sus magníficos quesos, sin paragón en nuestra agostada piel de toro, y las sinestesias y correspondencias que, como un gran bosque de símbolos (que diría el bueno de Baudelaire) encierran... Y de entre todos ellos, y mira que los hay tremendos, uno en concreto: el Gamoneu del Valle... No sé si fue por lo atípico y apocalíptico del momento en que lo probé por primera vez, en plena pandemia, y por tener mi conciencia alterada y crispada como nunca antes entonces, todos los restaurantes de Gijón cerrados a las nueve de la noche y la necesidad de llevarme algo para cenar al hotel, pero jamás lo olvido: ese inconfundible e impresionante olor y sabor, primigenio y ancestral, a antiguas brujerías, ceniza y hogueras de noviembre en los campos, a cultura celta y al Gran Dios Pan... En la habitación de mi hotel frente al mar, contemplando romper las olas contra los muros de la Playa de San Lorenzo después de un nefasto día de trabajo intentando vender zapatos, y habiendo comprado por la mañana en el Mercado del Sur una cuña de Gamoneu para la noche, abrí una botella de vino y ese queso, y al probarlo, de repente, una experiencia supernatural: metido de lleno en ese fantástico relato de Algernon Blackwood, Antiguas brujerías (para mí, uno de los mejores de la literatura de terror de todos los tiempos), en esa pequeña ciudad francesa atestada de gatos y meigas que él  tan bien describe, embelesado por su sabor y encarnado, no sé cómo ni por qué, a modo John Silence, en ese relato... Soy un poco sensitivo y a menudo me suele pasar, ese tipo de asociaciones y revelaciones mágicas y literarias, esto que me recuerda a aquello o lo otro, menhires, piras sacrificiales, castros celtas, paisajes y crepúsculos, pero nunca de un modo tan intenso como aquella noche al probar ese queso, teletransportado como por arte de magia a ese inolvidable relato, a la evocadora aldea de Francia donde acontece, al olor de esas hogueras de noviembre en los campos y a aquel impresionante sabor a aquelarre y prodigio... Desde aquel día, por supuesto, compro un buen trozo cada vez que voy a trabajar a Gijón y nunca falla: su sabor ancestral ardiendo en mi paladar, las hojas de los álamos humeando en los páramos y meigas recortadas contra la luna ensangrentada al anochecer... Misterios del subconsciente...

Vicente Muñoz Álvarez

martes, 11 de octubre de 2022

LA TIERRA Y LA NADA



la modernización
o la involución

la manipulación
o la desinformación

la globalización
o la inquisición

y el pueblo

nosotros

último eslabón
de la saga

Vicente Muñoz Álvarez,
de La tierra y la nada:
Una antología poética de la España despoblada
(Bala de Perdida, 2022)

LA TIERRA Y LA NADA: Una antología poética de la España despoblada.

 

Existe la tentación de pensar que cuando se habla bien de la España no urbana se hace con el sempiterno soniquete de que se hace desde la máxima del «menosprecio de corte y alabanza de aldea». Hay algo de verdad en eso, la sociedad se aglutina en las ciudades y desde ellas solo se ven las virtudes del afuera cuando surge una necesidad de salir de las mismas. La pandemia que llegó sorpresivamente y que aún colea en nuestras vidas fue un toque de atención, una llamada general a entender que la vida del afuera puede ser incluso mejor que la de las grandes o pequeñas urbes.

La España despoblada es el afuera. Desde ahí la vida se ve y se vive de otra manera y, por lo tanto, los poetas que son y serán siempre hijos de su tiempo escriben acerca de lo que les rodea y desde una cosmovisión distinta.

Nacho Escuín

Próximamente en Bala Perdida

viernes, 7 de octubre de 2022

CASTAS & PARIAS



Yo soy anarquista por vocación, nacido en León, igual que Durruti, y en principio y con todo lo que ello implica, nunca en mis 56 años de vida he comulgado con ningún gobierno que nos quiera teledirigir, y menos aún reeducar, da igual su ideología, no juego en su liga... Pero sí soy autónomo, paria ahora mismo del sistema, la casta más baja de todas, me dejo la piel por intentar salir adelante día a día, y tengo decir que con este en concreto nos están exprimiendo y sangrando como nunca antes pasó: esfuerzo privado versus público, 0 a 10: qué pena...

Vicente Muñoz Álvarez

NO ES PAÍS PARA AUTÓNOMOS



escribir poesía

vender zapatos

ser estar sentir

cómo pasan los días

cómo se esfuma

la vida

debe ser eso

Vicente Muñoz Álvarez

lunes, 3 de octubre de 2022

REGRESIONES 2022

 

En 1986 yo tocaba la batería con Veredicto Final (y unos platillos Paiste verdes) en los Estudios Cascabel de León, para grabar este tema, Fiesta Gitana, que será la banda sonora de la nueva edición ampliada de Regresiones (de la primera lo fue Desesperación, otro de nuestros "grandes éxitos"), ya casi al caer de la mano de LcLibros: de un modo u otro, 36 años después, el ritmo continúa: