viernes, 31 de diciembre de 2021

HAPPY NEW YEAR



Tiempos realmente extraños, estos,
y aun así celebrando estar vivos,
todavía

Feliz finde, hermanitos, 
y guardaos de los bichos malos

miércoles, 29 de diciembre de 2021

LAS SETAS: Fragmentos (1)



NADIE me hizo caso. Les advertí cientos de veces, pero a todos les dio igual. Se limitaron a llamarme melenudo y drogadicto y loco, pero no me hicieron caso.

Yo sabía que todo estaba a punto de estallar, de joderse y bien, si se me permite la expresión. Me lo decían las últimas visiones: terremotos, cataclismos, grandes fuegos, una mano purulenta que abría la caja de Pandora y ¡¡PUUUM!!, todo al carajo: la tierra desolada, calcinada y hecha trizas.

Es que siempre era lo mismo, no fallaba, la cosa, comerme un par setas y visionar muerto de miedo aquel desastre. Nada de ingravidez y luces de colores, como antaño, aquella extraña paz, aquella beatitud, aquel estar fuera del mundo, desnudo entre las flores, sin dormir pero soñando... Ahora todo era caos y destrucción, una gran bola de fuego, el mundo entero en llamas, el fin de nuestra raza...

Vicente Muñoz Álvarez,
de Las setas y otros relatos de la Era Pulp
(Versátiles, 2021)



jueves, 23 de diciembre de 2021

ARTE BOWIE



Mi colaboración para Arte Bowie,
de Carlos Luxor.

martes, 21 de diciembre de 2021

TELÓN DE ACERO



la gente quiere
verte sonreír
estar aparentar

en el momento
en que no es así
desaparece

lenta
mente

el telón cae

Vicente Muñoz Álvarez

lunes, 20 de diciembre de 2021

EL MERODEADOR: Prólogo.



(o una ventana que se abre a una vida ajena)

Hace tiempo que reflexiono sobre la naturaleza de los prólogos y su importancia, así que cuando comencé a pensar en la obra de Vicente Muñoz lo hice desde el convencimiento de que un prólogo no hace mejor un libro (al igual que una crítica, sea de quien sea, no nos engañemos), en contra de lo que se crea en algunos círculos, pero sí puede hacerlo peor, no cabe duda, así que asumí el reto de intentar que estas líneas no desluzcan la obra que preceden.

Vicente Muñoz Álvarez es uno de esos autores que requieren de pocas explicaciones a priori, pues su identidad literaria está más que definida y una larga lista de títulos lo avalan, creando así una trayectoria firme y una obra consistente como pocas lo son en gente de su edad (muchos son los casos de autores que no entienden el ritmo propio que sustenta el mundo literario y que se dejan llevar por las prisas o el exceso de sed de notoriedad, y es exactamente en esto donde Vicente Muñoz se distancia y con enorme perspectiva sabe que es una carrera de fondo este universo literario, y que a cada libro pone una baldosa más para sus seguidores y quizá para su camino de retorno, nunca se sabe).

El autor de este merodeador posee una innata capacidad para narrar escenas de la vida cotidiana, algo que inexorablemente lo une a la corriente realista; Eloy Fernández Porta ya incide sobre la peculiar percepción del mundo de Vicente Muñoz en el prólogo de Golpes. Ficciones de la crueldad social (edición de Vicente Muñoz Álvarez y Eloy Fernández Porta, Barcelona, DVD, 2004) y lo sitúa como uno de los cultivadores del nuevo realismo en España; “obsesivo” y “bernhardiano” son otras de las características por él señaladas, y aunque sí hay mucho de esto en la obra de Vicente Muñoz Álvarez, existen en ella muchas cosas más, como ahora veremos detenidamente.

Poeta de la conciencia, autor adscrito al nuevo realismo, poeta intimista, editor de fanzines… quizá estemos ante uno de los autores más camaleónicos en los tiempos que corren, y esa conjunción de géneros y estilos le hacen a su vez más equilibrado para el lector, más cercano también, capaz de contar con precisión cualquier tipo de situación. Esta conjunción estilística y de maneras de contar se puede ver con claridad en su libro Perro de la lluvia (Irún, Iralka, 1997); allí, un compendio desmesurado de formas narrativas toman forma y viajan de la más cristalina realidad al delirio sin mostrar fragilidad alguna, consistente siempre, mostrando un dominio del arte de la narrativa propio de los grandes del género, grande también en cuanto que es capaz de reírse de su propia vida. Los que vienen detrás (Barcelona, DVD, 2002) cuenta con todo lo ya mencionado (como es propio de todo autor de voz reconocible) e inaugura una de las “marcas de la casa” en la obra de Vicente Muñoz Álvarez: la fusión de prosas e ilustraciones en un mismo libro (un magistral Miguel Ángel Martín pone rostro e imágenes a las narraciones); éste es, sin duda, uno de los libros más significativos en la bibliografía del autor y, por qué no decirlo, en el nuevo realismo español del s.XXI.

Pero hablar de Vicente Muñoz no es hacerlo solo de prosa, es también hablar de poesía. Privado (Tenerife, Ediciones de Baile del sol, 2005) es una magnífica antología que recoge la esencia poética del autor y da testimonio de su capacidad para redescubrirse y mostrar bien una conciencia social admirable, bien un estilo exteriorista, bien un lirismo que arranca de lo más hondo para llegar a lo más hondo del lector, algo que experimenta también en Parnaso en llamas (Tenerife, Ediciones de Baile del sol, 2006). Canciones de la gran deriva (Gijón, Ateneo Obrero de Gijón, 1999) y 38 Poemash (León, Vinalia bolsillo, 2000) ya habían mostrado los distintos perfiles del autor, pero en la mencionada antología una nueva identidad, oculta bajo el título “vidas paralelas”, se aproxima con tanta consistencia que uno no puede más que sorprenderse ante tanta capacidad de innovación y a su vez tanto dominio del ritmo narrativo.

Vicente es, además, motor de proyectos como Tripulantes. Nuevas aventuras de Vinalia Trippers (Eclipsados, 2007), Resaca/Hankover (Caballo de Troya, 2008), 23 Pandoras. Poesía Alternativa española (Baile del sol, 2009), Beatitud. Visiones de la Beat Generation (Baladí, 2011) o El descrédito. Viajes narrativos en torno a Louis Ferdinand Céline (Lupercalia, 2014). La vinculación de Vicente Muñoz a estos proyectos colectivos dice mucho de sus intenciones literarias, de esa necesidad de mostrar al público a aquellos autores a los que considera cerca y de devolver a la literatura lo que ésta le da cada día en forma de atinadas invitaciones al lector.

El merodeador es uno de esos libros en los que el lector puede verse reflejado, en él puede sentir que observa tras una ventana las aventuras y desventuras vividas por el protagonista del mismo, como si de un mirón se tratara, sintiendo el corazón palpitar a cada instante ante la siguiente página. Ese reflejo se deriva de una sensación que le recorre de principio a fin, como si reconociera con claridad el tono, como una canción que conoce y no puede dejar de tararear, un grato aroma que reconforta, una canción que dice amor (y desamor), desasosiego (y paz) y ternura (y desolación).

El lector se va a sumergir en un espacio en el que ya habitan autores como Pavese, Castaneda, Bernhard (sí, sí, sí), Osho, Céline, Unamuno (también), Pascal… y este hecho y pluralidad en el uso de las citas no hace más que definir la propia identidad de Vicente Muñoz Álvarez, abierto siempre a todo aquel que diga algo y lo diga bien, expuesto sin recelos a todas las tendencias y a todos los vaivenes de la propia vida. Y en él también habita Pessoa, y con él su desasosiego, el mismo o uno semejante al que domina el libro, el que introduce al lector sin previo aviso en una cadencia musical de sentimientos. Este tono constante no termina con la última de las páginas del libro, pues su estructura circular le llevará de nuevo a la primera página, a la primera cita, a la primera presencia.

Para aquel que sea amante de las clasificaciones y que no pueda soportar la presencia de la duda antes de iniciar la lectura de un libro, debo añadir que nos encontramos ante una novela, compuesta de capítulos que podrían ser leídos de forma independiente, eso sí. En ella el autor parece distanciarse de la acción a través de la voz de su narrador (en tercera persona), pero no debe engañarnos este juego de manos, pues no es otra cosa que convertirse a sí mismo en personaje, capaz de ficcionar su propia vida. Esta distancia es una de las características propias de los autores exterioristas, aquellos que pueden narrar aspectos vividos con una mirada casi ajena, de aquel que presencia la escena pero no la vive, de un mirón, de un merodeador. El uso puntual de la inicial como muestra de identidad asume la presencia de otros autores y otras lecturas en la propia obra (otras visitas); Kafka, Blanchot, Auster… desfilan por estas páginas y nos ayudan a entender la cadencia del desasosiego, el tono constante del que vive y es observado. Una vida para ser observada, una ventana para entender una vida. ¿Alguien será capaz de no mirar?

Ignacio Escuín Borao

Tercera edición revisada, a la venta en LcLibros:



viernes, 17 de diciembre de 2021

CINEXÍN 1974



La secuencia podría ser, si cierro ahora mismo los ojos e intento reproducirla en mi mente, más o menos así: después de varios días de llamadas, compras y preparativos, saldríamos de la Calle del Carmen 12, en pleno centro de León, mi hermana, mis padres y yo (pongamos que, para esta regresión en concreto, con ocho años), sobre las nueve, ya noche cerrada y gélida en la tierra, abrigados hasta las cejas, iríamos en coche, un Simca 1000 de color granate, por La Condesa hasta el Hostal de San Marcos, iluminado especialmente para la ocasión, cruzaríamos el puente (ahora peatonal) sobre el Bernesga hacia El Crucero, y giraríamos en la rotonda del Bar Ferroviario a la derecha, dejando a un lado el Parque de Quevedo (por aquel entonces solo un destartalado vivero), hasta llegar a la Glorieta de Pinilla, donde vivían mis abuelos y, aquella noche en particular, Noche Buena de 1974, nos estaría ya esperando el resto de la familia: el tío Antonio, la tía Tere y el tío Miguel, tía Geli, tía Rosi y tía Casil, Marcos, Jorge, Óscar, Alma y Sonia, mis primos, todos más o menos de mi edad, mi padre, mi madre, mi hermana y yo, y mis abuelos, Manolo y Consuelo: diecisiete personas, nada más y nada menos, en aquel tercer piso de la Glorieta de Pinilla, de unos cien metros cuadrados, no sé, realmente, cómo lo podíamos hacer... Y justo al entrar, después de haber aparcado lo más cerca posible el coche y subir tiritando en el ascensor, lo primero de todo y como un gigantesco abrazo de bienvenida, aquel maravilloso olor: a consomé dorado y humeante y langostinos recién cocidos y cabrito y pimientos asados, un aroma delicioso y embriagador, diferente al de cualquier otro día del año, a familia y reencuentro, a total Navidad... Y a continuación, en tromba y caóticamente, los besos y abrazos (de los de antes del Covid, de los de verdad): diecisiete personas besándose y abrazándose y celebrando, con una sonrisa en los labios y el corazón al desnudo (que diría mi querido Baudelaire), el hecho de estar, un año más, juntos y vivos... Y el jaleo, acto seguido, de colocar los bolsos, paquetes y abrigos, las carreras de mis primos por el pasillo y las risas de mis tías en el comedor, las bengalas y serpentinas, las primeras copas de cava o de fino, los villancicos, los chistes y las confidencias, el ponerse todos apresuradamente al día de todo... Y justo antes de cenar, ya algo achispados los mayores, la hora de los regalos de los niños, que, con tanta gente en casa, eran muchos y muy sorprendentes: Monopoly, Madelmanes y Geypermanes, Quimicefa y Magia Borrás (mis favoritos), Scalextric, Juegos Reunidos Geyper, Exin Castillos, Cinexin... todo un mundo, en suma, de diversión y prodigios... Salvo, claro está, y como en cada Nochebuena, el regalo del tío Antonio, hermano soltero de mi abuela Consuelo, sin duda el más peculiar: nos reunía en fila india en el salón por orden de edad, nos preguntaba cuántos años teníamos, y nos daba un duro (con el omnipresente jerol de Franco estampado, aun estando ya casi en las últimas), cinco pesetas por cada año que cada uno tuviera, una pequeña fortuna para cualquier joven castor... Pura magia y ensoñación todo aquello, para mí al menos, evocado hoy, aquí y ahora, con cincuenta y cinco y en plena pandemia, aquellas gloriosas navidades de los años 70, al borde ya de la Transición y de una España nueva, todos felices en aquel pequeño piso de las afueras, embriagados por aquel olor a consomé y langostinos y cabrito y pimientos asados, y arrebatados, como diría el mago Iván Zulueta, por el espíritu de la Navidad... Cierro ahora los ojos para intentar reproducir en mi mente aquellas Nochebuenas, la de 1974 en particular, y es como saborear y oler y sentir y ver y escuchar otra vez todo aquello, mi magdalena de Proust personal, pura sinestesia y desorden de los sentidos, las risas de mis tías y primos, el sabor de aquel consomé y el olor de los langostinos en los dedos, los villancicos sonando de fondo, las conversaciones cruzadas, las serpentinas y las bengalas, las burbujas del cava y el crujir del turrón, la pierna chirriante de madera de mi abuelo (mutilado de guerra), el tacto gomoso de las cartas de la baraja tras la cena y los reflejos caleidoscópicos de las bolas navideñas y el espumillón... 

No tenía ni la más remota idea, si he de ser sincero, de sobre qué iba a ir este cuento cuando me he sentado hace un rato frente a la pantalla del ordenador a escribir, pero al cerrar los ojos y pensar en la Navidad, en las que yo por aquellos años viví, fellinianas y entrañables, mágicas y memorables, mis dedos se han independizado de mi cabeza sobre el teclado y han sido mis cinco sentidos los que les han dictado automáticamente estas líneas, lo que yo recuerdo de aquella Nochebuena de 1974, mi familia al completo en casa de mis abuelos, aquella mixtura de olores y música y sabores y colores, aquel cinexin de emociones y sensaciones: el espíritu de mi Navidad. 

Vicente Muñoz Álvarez, 
de Contamos la Navidad: Fiesta 
(Impresión Punto y Seguido, 2021)

Cover by Álvaro Collar Muñoz


lunes, 13 de diciembre de 2021

EL MERODEADOR: Ya a la venta en LcLibros.



El merodeador
describe una visión: la de un narrador enfrentado en soledad a sus propios fantasmas.

Durante casi una década, huyendo del esplín de la ciudad, viví en viejas casas de pueblo aisladas y me dediqué, entre otras cosas, a escribir una ficción relacionada con mis percepciones y experiencias de ese cambio de entorno y lapso de vida, cuando menos, alienante y confuso. Lo que en principio iba a ser un retiro creativo y una expansión sensorial, se convirtió paulatinamente en una especie de laberinto de tinieblas y cárcel de sombras que, finalmente, me forzó a regresar de nuevo a la ciudad…

Novela fragmentada y en construcción, diario existencial, monólogo interior, libro de ensueños… El merodeador narra el desasosiego bernhardiano de aquellos días y la sensación de vaciamiento y deriva, de extrañamiento, que a partir de entonces se hizo habitual en mí.

Vicente Muñoz Álvarez,
de El merodeador
(LcLibros, 2021)

Tercera edición revisada, en papel y en ebook, a la venta en LcLibros:



Portada y booktrailer por Marlus Leon

sábado, 11 de diciembre de 2021

CONTRA LAS CUERDAS



Así, me imagino, querido y magullado lector, habrás llegado hasta aquí, punto final de este tremendo poemario: contra las cuerdas: conmocionado, noqueado, estremecido, sin aliento y maltrecho... Más aún si, como es mi caso, conoces personalmente a la autora, su vida, obra y circunstancias, sufriendo doblemente el impacto de cada golpe y el vértigo de la caída... Pero al mismo tiempo, supongo, igual que yo también, maravillado por lo contundente y preciso de cada verso y el torrente de sensaciones y emociones que provocan: pasión y belleza en estado puro, y valor y coraje frente a la adversidad en tiempos de herrumbre y coronavirus: un salmo al desastre y el caos, al dolor y la esperanza, cuando todo se desmorona a nuestro alrededor, y un exorcismo y catarsis mediante el sortilegio sanador de las palabras: un viaje sin paracaídas al fin de la noche, en suma, y un amanecer, agotado y exhausto, como Lázaro resucitado, a la luz... Eso ha sido para mí, pese a sus tormentas y sombras, precipicios y abismos, este poemario cristalino y feroz, el más indisciplinado y transparente de Julia: luz de vida, luz de lucha, luz de entrega, luz de arrojo, de Madre, de Amor: tuyo será el Reino de los Cielos.

Vicente Muñoz Álvarez,
epílogo a Zapatos sin cordones,
de Julia Navas Moreno
(Chamán Ediciones, 2021)


martes, 7 de diciembre de 2021

RAZÓN DEL POEMA



día tras día

verso tras verso

libro tras libro

busco dentro de mí
la razón del poema

cómo
y para quién
escribir

con qué
sentido intención
con qué fin

eterno dilema

Vicente Muñoz Álvarez

viernes, 3 de diciembre de 2021

EL DEMONIO



PARA mí, sin duda, una de las mejores películas sobre posesiones satánicas de la historia del cine.

Dirigida por Brunello Rondi y con la gran Daliah Lavi como protagonista, El demonio (aka Demonia,1963) es un filme impactante y sobrecogedor, que combina lo folclórico con lo fantástico, lo ancestral con lo sobrenatural, y mantiene en vilo al espectador desde el primer hasta el último minuto del metraje.

Rodada a modo de documental en la región de Lucania (en el espectacular pueblo de Matera) y siguiendo en parte la estética del neorrealismo, El demonio nos sumerge de lleno en el mundo de las tradiciones y los ritos paganos de la Italia profunda, en sus cultos y ceremonias, donde magia y religión conviven en inquietante armonía.

Todo en esta película, su desconcertante guion, su nítida fotografía, la banda sonora, los paisajes y actores (muchos de ellos habitantes del pueblo) y el sincretismo de los rituales que muestra, encaja a la perfección, sin sensacionalismos ni estridencias, dando como resultado una sobria obra maestra.

Aunque si por algo merece ser reivindicada hoy en día, al margen de lo anterior, es por la abrumadora interpretación de Daliah Lavi, que deja al espectador boquiabierto.

William Friedkin debió empaparse muy bien de ella antes de rodar El Exorcista, hasta el punto de calcar una de sus más memorables secuencias: os toca (no os costará demasiado) descubrir a cuál me refiero.

Vicente Muñoz Álvarez,
de Películas que erizan la piel
(Canalla Ediciones, 2019)