martes, 31 de julio de 2012

MY (¿lost?) GENERATION


puede que escritores 
de tercera o cuarta fila 
políticamente incorrectos
pero ver cómo se consigue
con palabras sin armas
lo que tantas veces 
sin cobrar por ello 
hemos logrado
estas lecturas magia
estos momentos
no lo paga babilonia 
con toda su parafernalia
de dólares euros 
mis compañeros poetas
 se hacen grandes crecen 
mientras todo alrededor 
naufraga esta civilización
 se hunde marchita 
y estamos aprendiendo
 a orientarnos juntos
entre los escombros 
ganando una guerra 

orgullo por mi generación
 frente a la debacle

que conjuren
los necios

v

STRIGOI: 25 poemas vampíricos.



Este es el título de la antología que Sonia San Román ha coordinado y publicado en la colección Planeta Clandestino, de Ediciones del 4 de agosto, para homenajear el centenario de la muerte de Bram Stoker.

Una selección de poemas dedicados al padre de todos los vampiros, el inmortal Drácula, en la que he participado con un poema titulado Déjame entrar.

Esta es la nómina de autores:

Antonio Alfaro, Adriana Bañares, Luis Bagué Quílez, Mar Benegas, Carlos Cabezón, Enrique Cabezón (Kb), Agustín Calvo Galán, Carmen Camacho, Sofía Castañón, Luis Alberto de Cuenca, Joaquín Juan Penalva, Txus García, Octavio Gómez Milián, Nerea Ferrez, Raquel Lanseros, Iván Mariscal, Maria José Marrodán, Iván Mendoza, Vicente Muñoz Álvarez, Ana Pérez Cañamares, Adrián Pérez Castillo, José Luis Pérez Pastor, Joaquín Piqueras, Lucas Rodríguez, Almudena Vidorreta. Ilustración interior: Aitor Lafuente Benejam.

Esta, la ficha técnica del libro:

Strigoi. 25 poemas vampíricos. Un homenaje a Bram Stoker. Ediciones del 4 de agosto, 2012. 
Selección y nota: Sonia San Román. 

Y esto, lo que Sonia nos cuenta al respecto:

Nací a mediados de los setenta, por lo que la mayor parte de los programas de mi primera infancia fueron regulados por la censura de los rombos y por el dedo índice de mi madre indicando que había que irse a la cama.
Los rombos no sólo estigmatizaban películas con contenido de tipo erótico sino también otras mucho más interesantes y atractivas para los ojos de una niña fantasiosa: las de terror
Pero hubo un programa emitido en 1984 que consiguió burlar a la temible censura rombística: Mazapán.
Bajo el ingenuo celofán infantil con el que Teresa Rabal y Torrebruno envolvían la programación de la época se escondía un espacio para las mañanas de aquellas navidades que intercalaba actuaciones musicales con películas y dibujos animados.
La mentalidad del momento (pongo en duda que la actual haya cambiado tanto) confiaba plenamente en que el contenido de los dibujos animados, sólo por el hecho de serlo, ya era adecuado para el público infantil. Y entre los tigres y los leones de Torrebruno y el veo-veo de Teresa Rabal se les coló un largo animado japonés basado en los cómics de Marvel “La tumba de Drácula” que contemplé con la fascinación y el terror de mis tiernos ojos de niña de ocho años.
Ese fue mi primer vampiro, el que me infectó y el que me llevó a desobedecer a mi madre y a fingir estar en la cama mientras espiaba por la rendija de la puerta paralizada y con absoluta fascinación a los vampiros de El misterio de Salem’s Lot flotando al otro lado de la pantalla.
Luego vinieron las películas de Christopher Lee, el Nosferatu de Murnau, el baile de los vampiros de Polanski o el vampiro que sorbía el texto de los libros en El planeta imaginario.
Pero llegó el momento de poner orden al caos, de buscar la fuente, de localizar el origen del vampiro primigenio, al padre de todos los no muertos, al hijo del dragón: a Drácula.
Así cayó en mis manos por primera vez una edición de Anaya de la colección Tus libros destinada al público adolescente que me mostró al personaje en todo su esplendor a través de una novela-collage formada por grabaciones de fonógrafo, por telegramas, por recortes de periódico y por diarios personales.
Y de ahí al cine nuevamente: El Ansia con David Bowie, Bram Stoker’s Dracula de F.F. Coppola, Déjame entrar de Tomas Alfredson, y un larguísimo etc.
Como explico en el prólogo de Strigoi, 25 poemas vampíricos, el 20 de abril de 1912, a la edad de 64 años, Bram Stoker murió a consecuencia de la sífilis en el cuarto de una pensión londinense.
Hay quien cuenta que la muerte le llegó mientras señalaba aterrorizado una pared gritando strigoi, strigoi, una palabra rumana que hace referencia a las almas en pena que salen de sus tumbas para atemorizar a los vivos.
Puede que otros lo hicieran antes que él, puede que otros lo hayan hecho después, pero lo que es cierto es que Stoker fue quien propinó el primer mordisco que contagió de vampirismo a nuestra memoria colectiva.
Esta antología no es sino una reunión de poetas dispuestos a reavivar el mito del vampiro con la excusa del 100º aniversario de Stoker.
Estos versos pretenden desclavar la estaca del corazón al vampiro que descansa en nuestra imaginación. Ése que recordamos más vivamente gracias a los libros, al cine, a la pintura o, desgraciadamente, a las noticias.
Este libro se presenta fragmentado, individual y coral a un tiempo, como el propio Drácula de Stoker: plagado de cartas, recortes de periódicos y diarios personales que fueron capaces de construir uno de los personajes más míticos de la historia de la Literatura.
Un siglo después, Ediciones de 4 de agosto homenajea y recuerda a Stoker a través de las magníficas aportaciones de los autores que aparecen a continuación.
Una antología vampírica que surgió con nocturnidad y con respeto hacia el padre de un vampiro cuya sombra se prolonga y propaga en el tiempo.
Déjense, por tanto, contagiar por estos poetas noctámbulos, mitómanos, cinéfilos, sangrantes, observadores de la vida y de la no-muerte, arraigados a la tierra y al asfalto e inmunes al ajo y a las cruces.

2012 (año del Dragón)

domingo, 29 de julio de 2012

PEPPERMIT FRAPPÉ


Siento una fascinación especial por las películas de Carlos Saura de los años 60 y 70 (el resto me interesan más bien poco), La caza, La madriguera, Ana y los lobos, Cría Cuervos, Elisa, vida mía, o esta que ahora reseño, Peppermit Frappé (1967), paradigmática de la doble moral española, hipócrita y morbosa, de aquel período final del régimen franquista.

Después de la impactante y ultraviolenta La caza, (también representativa, aunque de otro modo, de la brutalidad y represión de la dictadura), Saura sorprendió con Peppermit Frappé, no menos crítica ni asfixiante pero con unas influencias muy distintas, más al estilo Hitchcock (Vértigo, por el argumento) o Antonioni (Blow Up, por la estética), plagada de guiños surrealistas y psicoanalíticos (no en vano está dedicada expresamente a Buñuel), elegante, hipnótica e introspectiva.

Las interpretaciones magníficas de José Luis López Vázquez, Alfredo Mayo y Geraldine Chaplin (adorable y etérea), los tambores de Calanda (homenaje a Buñuel) y el temazo de Los Canarios (contraste magistral entre lo folclórico y lo pop, o lo que es lo mismo, entre la tradición y la modernidad), la  cuidada fotografía y puesta en escena y lo escabroso del argumento, hacen de esta película una rara avis a tener muy en cuenta dentro del cine español de la época, que gustará especialmente a los nacidos en aquel período de transición y de cambio y a los amantes del cine de autor.

Que ustedes la disfruten.

Vicente Muñoz Álvarez

Trailer in You Tube:

sábado, 28 de julio de 2012

EL CALOR DE LA POESÍA EN UN BAR


me tiemblan aún las neuronas de cansancio y resaca y falta de sueño tras el ajetreo de los días pasados, llenos de poesía y buenos latidos, desde que llegaron el miércoles Pablo Cerezal y Sabah, hasta el entrañable coloquio ayer por la noche en Búnkerfest, pasando por la fiesta Origami del jueves en el Belmondo Bar...

tres intensos días de acción y un montón de escritores y amigos dándolo todo por amor al arte con una sonrisa en los labios: Abel Aparicio y Toño Morala, Ángel Fernández, Julio César Álvarez, Xen Rabanal, Rafa Saravia, David González y Pablo Cerezal, magníficos todos en sus respectivos papeles, y Carlos Salcedo, Eloísa Otero, Yago Belmondo, Andrés y Juancho López, Javier Menéndez Llamazares, la peña de Búnkerfest y Santos M Perandones y Julia D Velázquez, cómo no, cámara en mano, inmortalizando retratos...

días para no olvidar
escritores de culto
corazones rebeldes

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MORE FRIENDS


Con Julio César Álvarez
 Rafa Saravia & Xen Vinalia
en Búnkerfest

Photo by Javier Menéndez Llamazares

viernes, 27 de julio de 2012

FRIENDS


Con Xen Rabanal, Ángel Fernández, David González, Toño Morala & Abel Aparicio en el Belmondo Bar

jueves, 26 de julio de 2012

JARDÍN INTERIOR



cómo me enerva y debilita el alma y el cuerpo este delirante mundo podrido, la debacle, el egoísmo, la hipocresía, la mentira, la sinrazón, los políticos, los bancos, los jueces, los ejércitos, los papas, los periódicos, la policía, la caja tonta, las noticias, la caída de la bolsa, del sistema, del estado de bienestar, de la civilización, del imperio...

menos mal que tengo mi lugar de poder (según Castaneda), mi jardín interior, donde cada planta fluye pausadamente con la tierra y el tiempo, tomates, cebollas, ajos, cilantro, romero, higos, ciruelas, pepinos, calabacines, pimientos, guindillas, puerros... donde la lectura se convierte en meditación (ah, qué maravilla El tiempo del hombre muerto, de mi hermano Xen Rabanal, el manual definitivo de supervivencia para el nuevo milenio) y ejercito pacientemente el arte no remunerado de la ensoñación...

dicen que algunos emperadores romanos, cuando se retiraban, se dedicaban a la horticultura en sus jardines y huertos... y aunque yo no soy ni quiero ser emperador de nada ni nadie, ni siquiera de mí mismo, y por supuesto no estoy retirado, tengo un minúsculo espacio sin leyes donde, como diría el Des Esseintes de Huysmans, refugiarme del incesante diluvio de la tontería humana...

mientras en el exterior
babilonia naufraga
por un puñado de euros

v

miércoles, 25 de julio de 2012

FIESTA ORIGAMI en LEÓN


Este Jueves a partir de las 21:00 Alfonso Xen Rabanal, Abel Aparicio, Toño Morala, Ángel Fernández Fernández, David González, Vicente Muñoz Álvarez & Julio Eléctrico estarán en nuestro local presentando sus libros de la Editorial Origami

Solo deciros que hemos hecho un esfuerzo titánico (en todos los sentidos del término) para que esto suceda...

lunes, 23 de julio de 2012

EL AOJADOR




Se llamaba L. y fue destinado a nuestro pueblo para sustituir la ausencia del maestro, postrado a causa de una larga enfermedad. Era un hombre enigmático y escuálido. Tendría unos cincuenta años y tanto su piel como sus cabellos eran de un color cetrino y deslustrado. Tal vez fueran todo coincidencias, pero lo cierto es que desde su llegada los niños y las reses más endebles comenzaron a languidecer. Hechos que llenaron al pueblo de estupor, sembrando en el corazón de los vecinos la semilla del odio y de la duda. Un detalle crucial jugaba en su contra, haciendo recaer sobre él las sospechas: tenía la vena del entrecejo en exceso prominente y abultada, lo que tradicionalmente delataba en nuestra tierra a los llamados aojadores. Poco después las cosas se agravaron con la muerte de un niño, nieto del alcalde del pueblo, que confesó en su lecho que el maestro le atormentaba noche tras noche en sus sueños. Esa fue, sin duda, la gota que colmó el vaso al respecto. Poco después lo apresaron, comprometiendo aún más su situación los extraños libros y utensilios que encontraron en su cuarto. 

En la plaza se hizo una gran pira sobre la que incineraron al maestro, que para el asombro de todos no se quejó ni gritó al contacto del fuego. Sólo él pudo confirmar o negar su culpa y no lo hizo, lo que fue considerado prueba fehaciente del crimen. Lo cierto, en cualquier caso, es que desde entonces los niños y las reses más endebles recobraron la salud.


Vicente Muñoz Álvarez, de Marginales (Eje Ediciones, 2008).

Ilustraciones by Mik Baro.


domingo, 22 de julio de 2012

THE YELLOW SEA


El nuevo cine surcoreano de suspense y acción no deja de sorprendernos con maravillas como I saw the devil, Memories of murder o la memorable Old boy, de Park Chan-Wook, paradigmática y ya clásica en su género.

The Yellow Sea (2010), de Na Hong-jin, en la línea de las anteriores, tampoco os defraudará: un thriller ultraviolento, inmisericorde y frenético, que retrata una sociedad deshumanizada y cruenta y nos regala innumerables secuencias de acción: persecuciones y salvajes peleas (cuchillo y machete en mano), un ritmo endiablado y un guion de lo más nihilista y desesperanzado, que hará las delicias de los amantes de las emociones fuertes.

Aunque por momentos pueda resultar abrumadora y poco creíble (la ineptitud ridícula de los policías o la truculencia excesiva de algunas escenas), el film de Na Hong-jin mantiene clavado frente a la pantalla al espectador desde el primer al último minuto del metraje y ofrece algunas de las más trepidantes secuencias de acción que he videado en los últimos tiempos.

Para chuparse los dedos.

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Trailer in You Tube:

sábado, 21 de julio de 2012

ESCRITORES SUCIOS

Photo by Jul
 Montaje by Vara
Para una antología de Carlos Salcedo

jueves, 19 de julio de 2012

FINITUD


9:15 am
de otro día 
que comienza

uno menos
en la cuenta atrás

sé de la finitud
la impermanencia
de lo efímero
lo pasajero

sé de los límites
del tiempo esquivo
la transitoriedad
de las horas contadas

sé que habrá 
un final
no si habrá 
otro principio

y pese a todo
no logro evitarlo

se me escapa 
el sentido


Vicente Muñoz Álvarez

cover by Vladimir Kush

martes, 17 de julio de 2012

URÓBOROS: Mi enemigo íntimo.


sí, eso es, tal cual, mi enemigo íntimo, como en la peli de herzog pero sin kinski, contra mí mismo y por dentro, siempre igual o parecido, mi lucha interior, mi conflicto, mi eterna deriva, mis continuas dudas y naufragios y nervios y suspicacias y miedos y turbulencias y derrumbes y problemas e incertidumbres, esos paseos kilométricos por el bosque vacío hasta agotarme para limpiarme por dentro, para domesticar mi bestia interior, para liberarme y ser yo mismo, directo a la esencia, uróboros, aunque la esencia en mi caso, qué duda cabe, esté disputada, cómo son las cosas, cómo soy en el fondo, cuánto me toco los huevos y cómo me martirizo... 

y todo, quizás o en parte y en gran medida, por esta innata tendencia infructuosa a juntar palabras e intentar darlas sentido y sonido, el virus que desde siempre me ha contagiado, que me atenaza y condiciona y seduce y mantiene en vilo, alerta, consciente o inconsciente, no lo sé (basta de tantra), pero siempre en guardia siempre, libreta y boli en mano con la cabeza volada soñando versos, modelando quimeras, lucha que te lucha contra mi caos interior... 

menos mal 
que está 
mi musa 
cerca
para apagar 
los incendios

v

lunes, 16 de julio de 2012

MI ENEMIGO ÍNTIMO



el que hostiga traiciona 
 engaña golpea
el que incita amenaza
transforma bloquea
el que miente conspira
pelea se obstina
el que induce destruye
maldice asesina
el que explota deshace
  se oculta aniquila
el que anula vacía
 enciende atenaza
el que irrita examina
tortura rechaza
el que asfixia confunde
prejuzga enloquece
el que incendia discrepa
disputa blasfema
el que arruina intimida
ajusticia incomoda
el que atenta ironiza
critica extorsiona
el que arrasa conjura
subvierte viola
el que huye persigue
 atrapa estrangula
el que asusta mutila
 deshace estremece
el que lucha pervierte
disiente maltrata
el que instiga carcome
discute maquina
el que enferma contagia
conquista domina

mi bestia
interior

yo
mismo


Vicente Muñoz Álvarez


domingo, 15 de julio de 2012

LA CAMPANA DEL INFIERNO


Otra de la joyas ocultas del fantaterror hispano, injustamente olvidada y maldita por méritos propios: el director, Claudio Guerín, se cayó del campanario de la iglesia de Noia en una de las últimas secuencias del rodaje, falleciendo instantes después, lo que ha conferido a la película, ya de por sí truculenta, una aura de fatalidad y tragedia añadida.

Aunque, al margen de todo ello, La campana del infierno (1973) es una atípico y desconcertante film de terror gótico (casi al estilo de Poe), costumbrista a veces, psicodélico y surrealista otras, elegantemente sangriento (en especial las secuencias del matadero) y bastante alejado de los tópicos y clichés de la época, lo cual no es decir poco.

El guion de Santiago Moncada (autor también del de la no menos inquietante La corrupción de Chris Miller), los fantasmagóricos paisajes gallegos donde se desarrolla la acción, la mixtura de influencias y estilos, los sorprendentes giros argumentales y la crueldad de la historia que narra (una venganza implacable y tremenda), hacen de esta película (que finalmente terminó Juan Antonio Bardem) una perla negra dentro del cine español de la época.

Aunque, por supuesto, haya que videarla hoy (como casi todos los  largometrajes que reseño en esta sección) con cierta indulgencia, salvando las distancias y condicionantes del tiempo y pasando por alto sus limitaciones e incongruencias. 

Sólo así puede apreciarse el malsano poder de evocación y la atmósfera enrarecida de las películas españolas de aquel período de transición casposo y oscuro (aunque quizás, en el fondo, no más que este) en el que a muchos nos tocó crecer.

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La campana del infierno in You Tube:

viernes, 13 de julio de 2012

VEDA


Una lata de guisantes
con tomate
y todo por hacer
mientras la noche respira
y soy un animal cansado

y estoy vivo.

Conductores insomnes
atraviesan la autovía
mientras la música
de la feria de julio
resuena en mi terraza
con lánguida tristeza

y estoy vivo:

40 años de naufragios
no han sido bastante
para sofocar
la llama de mi corazón.

Un piso de alquiler vacío
y cientos de libros por el cuarto
mientras la noche se agita
y los jóvenes persiguen su visión
en la calurosa feria 
de domingo en la tierra.

Las siluetas 
de los edificios de hormigón
que iluminan los camiones al pasar
me recuerdan de dónde vengo 
y dónde estoy
pero no responden 
mis preguntas:

todo es esta noche 
extraño absurdo
y el vino corre por mis venas
como el flujo cálido 
de una madre herida.

Se pelean los vecinos gritan
pasan los coches vomitan
los borrachos los perros ladran.

¿Dónde el milagro la rosa
el amor el misterio la fe?

Afuera, en el exterior,
en la melancólica feria
de la noche estrellada,
los perros del amo
olfatean el rastro
mientras la yerba
crepita en mis labios
como el fuego
de la esperanza rota.

La cena está servida
la víctima atrapada.

Cierro los ojos

me siento a respirar

y espero.


Vicente Muñoz Álvarez, de Parnaso en llamas (Baile del Sol, 2006).

martes, 10 de julio de 2012

ANIMALES PERDIDOS


revisando estos días
Animales Perdidos:

corrigiendo recitando tachando sustituyendo ampliando releyendo puliendo comparando juzgando eliminando rematando cuestionando  reestructurando... 

y volviendo a vivir, también, todas las sensaciones y recuerdos que cada poema del libro evoca, los años oscuros, mi descenso particular al infierno, la catarsis y mi posterior renacer a la vida y al mundo...

pronto estará en la calle (con prólogo de José Ángel Barrueco e ilustraciones de Jul) de la mano de Baile del Sol (espero que aproximadamente en otoño) y se cerrará con él otro círculo de experiencia y de vida, otra etapa quemada, consumida, otro ciclo que termina y otro período que, definitivamente, queda atrás...

gajes de la escritura
autobiográfica

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domingo, 8 de julio de 2012

CRIMEN EN LA NOCHE


Atípica, desconcertante y morbosa, Crimen en la noche (Dead of night, 1972), de Bob Clark (que recordaréis por la saga de Porky's, lo más opuesto a este film), ha resistido con sobresaliente los estragos del efectismo y del tiempo, convirtiéndose en una pieza de culto del cine de horror setentero, una rara avis dentro del género, que aún hoy descoloca y pone los pelos de punta.

Una vuelta de tuerca más a las películas sobre las secuelas de la guerra de Vietnam y la reinserción de sus combatientes, que comienza como un drama doméstico, evoluciona sutilmente hacia la denuncia social y se convierte finalmente en una pesadilla delirante y sangrienta, a la altura de las mejores muestras del género.

Injustamente olvidada, Dead of night está muy por encima de casi todos los films de vampiros y zombies de aquel período, tiene momentos verdaderamente angustiantes y nos regala algunas de las mejores secuencias de horror de la década, además de un guion  perfectamente hilvanado, una crítica social corrosiva y unas interpretaciones magníficas.

Ideal para videar a oscuras cualquier anochecer tormentoso y otra de mis recomendaciones 5 estrellas 5.

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Dead of night (completa) in You Tube:

jueves, 5 de julio de 2012

LA CARTA



Ya me son odiosas todas las historias de la andante caballería; ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído. 

Quijote 

La mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni mas, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. 

Sancho 


Delante de mí tengo la carta. 

Cerrada. Bajo el flexo. Sobre el escritorio. 

Y no me atrevo a abrirla. 

La he recogido del buzón esta mañana, a medio día, junto a algunos recibos y folletos de publicidad, y aún no he tenido valor para abrirla. De hecho, dadas las circunstancias, no creo que finalmente me decida a hacerlo. 

Afuera sigue lloviendo intensamente. Hace días que no para de llover. Una lluvia oblicua y densa. 

Y ladran sin descanso los perros. 


La carta es de mi amigo L y está sellada el día once de noviembre de 2006 en V. Hoy es diecinueve. Ha tardado, por lo tanto, más de una semana en llegar. Lo que se dice un servicio eficaz de correos... 

El día nueve de noviembre, dos días antes de la fecha en que fue sellada la carta, L me llamó por teléfono en plena crisis para decirme que no aguantaba más, que no podía seguir así, que estaba ( son palabras suyas ) al límite de sus posibilidades: que había tocado fondo. Dijo que no era capaz de soportar ya a nadie ni nadie le podía soportar ya a él, que no era capaz de pintar, de crear, que su mujer no le entendía, que ya no le gustaba leer, viajar, salir, escuchar música, que estaba vacío, agotado, estresado, y que necesitaba urgentemente un cambio. Que si podía, en suma, venir a mi casa a pasar unos días. Yo le dije que sí, por supuesto, que podía venir cuando le apeteciera, que charlaríamos tranquilos y que aquí, en el pueblo, podría descansar. Y él balbució que de acuerdo, que vendría a verme, a pasar conmigo unos días, si verdaderamente no me resultaba engorroso. En absoluto, le dije, mi mujer no está, nos hemos separado momentáneamente, y tu compañía me ayudará a descongestionarme a mí también del trabajo... 

Eso le dije, porque no podía, al escucharle en tal estado, decirle otra cosa. Conocía a L lo suficiente como para entender que necesitaba mi ayuda y le invité sin vacilar a venir a mi casa. 

El día nueve de noviembre. 


Quedó en venir, pues, el once, dos día más tarde, y en llamarme de nuevo para confirmarme la hora de su llegada, después de agradecerme en reiteradas ocasiones mi ayuda. 

Espero que le sirva de algo, recuerdo que pensé al colgar el teléfono, que mi compañía y mi casa le sirvan de algo, si es que algo, efectivamente, le puede en este momento ayudar... Te encierras en tu mundo, pensé, y ese mundo, el imprescindible y más querido, te devora y anula para disfrutar y entender otros mundos hasta que de pronto, un día, ese mundo se vuelve hostil y extraño y deja de llenarte por dentro y te asfixia y oprime. Eso es, seguramente, lo que le ha pasado a L, lo que le está pasando a fuerza de encerrarse en casa a pintar, de olvidarse de todo pintando, y de creer que no necesita nada exterior para su evolución personal. Su mundo, como el mío a veces, como el de tantos y tantos creadores, le ha devorado por dentro hasta dejarle en su lamentable estado actual. Por eso necesita un cambio y por eso se ha acordado de mí, ha recurrido a mí cuando ya nadie alrededor le entendía, como yo otras veces he acudido a él cuando a mi alrededor nadie ya me entendía. De hecho, fui yo quien por primera vez ( y en más de una ocasión ) me trasladé a su casa de V con el mismo pretexto, con idéntica excusa, bloqueado y exprimido por dentro, seco y vacío, y él me ayudó y atendió y logró devolver a la tierra. Y ahora es él, L, quien está en el mismo punto de partida ( o de llegada ), en el mismo lugar, y necesita urgentemente salir de su mundo para no enfermar en él de tedio y hastío. Salir de su mundo para entrar en el mío y viceversa, entrar yo en el suyo para salir a veces del mío. 

Extraña forma de vida. 


Pasé la mañana del día diez arreglando la casa y preparando una habitación para L, la de los invitados, bajé a la ciudad, hice la compra, aproveché para ir a correos y al banco y pensé una y otra vez en la forma de afrontar aquella visita, de ayudar a L sin resultar artificial o indiscreto, teniendo presente su estado. La clave, en cualquier caso, era yo mismo, mis propias depresiones y crisis, y a ellas, o a lo que yo esperaba de la gente entonces ( y casi nunca encontraba ) me debía remitir. 

En cualquier caso, me dije, le vendrá bien un cambio, dejar la ciudad unos días y descansar en el pueblo, olvidar su trabajo, su pintura, y respirar aquí aire puro. Le vendrá bien el campo, como me viene a mí bien la ciudad cuando me empacho del pueblo, bares, coches, parques, gente, ruido... Él necesita ahora silencio, largos paseos y horizontes abiertos. Por eso me ha llamado y por eso quiere venir, porque todo, cualquier cosa ( la pintura, la escritura ), por más que nos llene, se convierte tarde o temprano en rutina y la rutina en tedio y el tedio, finalmente, en enfermedad y hastío. Por eso, me repetí hasta autoconvencerme, le sentará seguramente bien un cambio. 

De nuevo en casa, al volver de la ciudad, preparé la comida, dormí la siesta un rato y me senté a leer en el sofá esperando la llamada de L para confirmarme la hora de su llegada al día siguiente. Leí unas páginas de Corrección, de Bernhard, pero su dureza y frialdad, a diferencia de otras veces, me helaron la sangre y tuve que cambiar pronto de libro. Releí a continuación un pasaje de Castaneda ( en el que Don Juan habla de los pinches tiranos, inteligentísimo, sarcástico y divertido ) y varios poemas de Fonollosa hasta que, a media tarde, ya impaciente, decidí yo mismo llamarle a su casa. 

Cogió el teléfono S, su mujer, y me explicó, alarmada y nerviosa, que L no había ido a comer esa mañana; que había salido pronto, sobre las diez, a consultar en la estación los horarios de trenes, y que no había regresado ni llamado desde entonces; que estaba cada vez más preocupada, teniendo en cuenta su estado, que había llamado sin éxito a varios familiares y amigos y que estaba a punto de llamarme a mí para preguntarme si sabía algo al respecto. Nada, le dije, no sé nada al respecto, esperaba su llamada para confirmarme la hora a la que iba a llegar su tren, pero no sé nada más al respecto... Eso le dije. Y ella contestó que me tendría al corriente, que me avisaría si L llegaba a casa, y que si no lo hacía en unas horas, antes de que anocheciera, llamaría finalmente a la policía. 

Me puse a ver una película, un documental sobre Arthur Cravan, con el único fin de no pensar en él, en lo que S me acababa de contar por teléfono, pero no logré terminarla. Las imágenes pasaban delante de mí como fantasmas, Cravan, Jhonson, Blaise Cendrars, superpuestas a su vez sobre el rostro de L, que mi subconsciente proyectaba nítidamente en sus caras. 

Dejé la película y salí a pasear con los perros. La tarde estaba ventosa y fría y espesos nubarrones comenzaban a cubrir en el horizonte el cielo. Recordé lo mucho que le gustaba a L caminar por el campo, los paseos que solíamos dar juntos, y deseé que no se pusiera a llover cuando él llegara. Si está lloviendo no podremos salir a caminar, recuerdo que pensé, y todo será para los dos más complicado. Aunque primero tiene que aparecer, volver a casa y llamarme para confirmar la hora a la que llegará mañana su tren... Seguramente se haya quedado a comer con alguien, con algún amigo, me dije, y esté a punto de aparecer... 

Cuando llegué a casa con los perros estaba ya anocheciendo. Me di un baño de agua caliente escuchando a Tom Waits (Rain dogs) y preparé a continuación algo de cena. Acto seguido, frente al televisor sin voz, llamé por teléfono a S. 

L aún no había aparecido y ella había llamado ya a la policía, suplicándoles que le buscaran por la ciudad. A su vez, ella iba a salir con su hermano para recorrer en coche los bares y zonas por las que habitualmente solían moverse. Eso me dijo. Y que me llamaría, a la hora que fuese ( insistí ), si tenían alguna noticia suya. 

Comenzaba a temer lo peor, pero no quería pensar en ello. Mejor no pensar ni decir lo que no quieres que pase... 

Volví a Cravan. El poeta boxeador contra Jack Jhonson. Golpe a golpe. Seis asaltos. La Barcelona dorada de entreguerras, su obsesión por Wilde y aquella despedida fantasmal de Mina, esos dos minutos de metraje robados al olvido que preceden, como un epitafio, a su desaparición en el Golfo de México... Logré terminar la película, pero su final, el de Cravan, me desazonó por completo y me hizo pensar de nuevo en L, en ese instante también desaparecido, en dónde estaría, qué le habría pasado, y en otras cosas a las que mi cabeza, pese a intentar evitarlo, se obstinaba una y otra vez en volver. 

A las doce y media, cada vez más intranquilo, me tomé un somnífero y me tumbé en la cama, aunque tardé un buen rato en dormirme, intentando, en todo momento, no pensar en mi amigo ni en lo que le hubiera podido pasar. 

No quería, durante la noche, filtrarlo bajo ningún concepto en mis sueños. 


El teléfono me despertó a las ocho y diez de la mañana. Era un policía. Desde V. Me hablaba en nombre de S, que estaba siendo en ese momento trasladada a su casa desde la estación. 

L se había arrojado al tren hacía aproximadamente una hora, sobre las siete, y había fallecido prácticamente en el acto. 

Eso me dijo el policía. 

Mientras afuera, tras la ventana, en el mundo exterior comenzaba el diluvio. 


De camino a V en el coche, esa misma tarde, la del once de noviembre, recordé cómo había conocido a L hacía más de quince años y cómo había evolucionado nuestra vida y nuestra amistad. Yo editaba entonces una revista de relatos y él ilustraba los textos, así contactamos. Luego él terminó Bellas Artes y yo Derecho, dejamos de editar la revista, él se dedicó profesionalmente a pintar y yo a vender con mi padre zapatos ( frustrado y alienado por unas oposiciones que no logré nunca aprobar ) y a intentar escribir todo lo que, como un vendaval, rugía incesante en mi mente. Desde entonces, periódicamente, cada dos o tres años, yo me trasladaba a V para desahogarme del campo y él a mi casa en el pueblo para decongestionarse a su vez de la ciudad. Los dos, de alguna manera, buscábamos lo que no teníamos cerca y lo que el otro nos podía ofrecer, compartiendo de fondo la misma necesidad de extrañamiento y de olvido. L había nacido en un pueblo y se había trasladado a la ciudad, yo en una ciudad y me había trasladado a un pueblo. Pero, de cuando en cuando, L necesitaba unos días de campo y yo de ciudad, y era entonces cuando nos reuníamos. Así periódicamente, desde hacía más de una década. 

Pero en ese momento L estaba ya muerto, se había arrojado a las vías del tren justo antes de venir a mi casa, y yo me trasladaba bajo la lluvia en coche hacia V para algo muy diferente a otras veces. 


Llegué al velatorio al caer la tarde, después de buscar hotel, y encontré allí a S, que a duras penas guardaba la compostura. Apenas hablamos de L. Me dijo que no sabía nada, que no había encontrado nada, notas o mensajes o indicios que pudieran, de alguna manera, justificar los hechos. L estaba deprimido y huraño desde hacía meses, en tratamiento, pero ni por un instante había dejado entrever sus intenciones. No se lo podía explicar. En casa, me dijo conteniendo las lágrimas, aún está su maleta, preparada para ir a verte... Lo tenía ya todo listo... 


El funeral fue al día siguiente, el doce, y se ofició en la más estricta confidencialidad, con S y unos pocos familiares y amigos. 

A continuación, en el crematorio, mientras afuera llovía sobre la tierra, se incineraron para siempre sus restos. 

Y yo regresé a casa. 


Delante de mí tengo la carta. 

Cerrada. Bajo el flexo. Sobre el escritorio. 

Y no me atrevo a abrirla. 

La he recogido del buzón esta mañana, a medio día, junto a algunos recibos y folletos de publicidad, y aún no he tenido valor para abrirla. De hecho, dadas las circunstancias, no creo que finalmente me decida a hacerlo. 

Afuera sigue lloviendo intensamente. Hace días que no para de llover. Una lluvia oblicua y densa. 

Y ladran sin descanso los perros. 


L debió echar la carta al correo la noche antes de morir ( a juzgar por el matasellos, fechado el once de noviembre ), justo cuando yo le estaba esperando. 

En algún momento del día diez, durante las horas que estuvo ausente de casa, debió escribirla, justificando tal vez lo que estaba ya a punto de hacer. 

La carta, por motivos que ignoro, ha tardado más de una semana en llegar, tiempo durante el cual no he podido dejar de pensar en él ni un sólo instante. De maldecir la pintura y la escritura y ese Arte en mayúsculas que nos secuestra del mundo, deslumbrándonos con sus quimeras. De preguntarme una y otra vez por qué lo hizo. De rezar a cualquier dios por él. 

Y ahora tengo frente a mí su carta, su última carta, bajo el flexo, en mi escritorio, y no me atrevo a abrirla... 

Temo que al hacerlo, descubra motivos y razones que sospecho, pero que de momento prefiero ignorar. 

No me siento con fuerzas. 

La guardaré entre mis papeles y esperaré hasta que algún día, si es que supero el trauma, me decida finalmente a abrirla. 

Cuando dejen de ladrar los perros. 

Cuando cese esta lluvia densa y oblicua y vuelva a brillar el sol. 

No antes. 

Ni quizás entonces. 

Nunca ahora.


Vicente Muñoz Álvarez, de El merodeador (Baile del sol, 2007).
Ilustraciones by Toño Benavides. 

martes, 3 de julio de 2012

CABO DE GATA



yo es otro, casi siempre otro (sobre todo cuando, en los días de ruta, intento vender zapatos), pero en Cabo de Gata, al menos por un tiempo, me reencontré: sol y playa y Mare Nostrum y lecturas magníficas (Pablo Cerezal, Esteban Gutiérrez Gómez y Jack Kerouac, o lo que es lo mismo: Los cuadernos del Hafa, 13.0.0.0.0. y Tristessa, tres joyas para engarzar) y baños balsámicos y amaneceres en el bosque y ocasos dorados y noches de furgo y ensoñación y mi adorada Jul al lado y yo, bajo las estrellas, 
mucho más cerca de mí

poco más 
puedo pedirle 
al cielo

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